Trump convocó una rueda de prensa inesperada y urgente. Lo que siguió fue un delirio febril
Con la energía de un jubilado de Florida, Trump gritó por encima del ruido de los taladros y las sierras eléctricas sobre la construcción de su nuevo salón de baile durante más de una hora, mientras la crisis de Medio Oriente se agudizaba y su popularidad caía en picado, escribe Holly Baxter
Cada presidente de EE. UU. ha abordado las crisis de manera diferente. En medio de la escalada de la guerra de Vietnam, Lyndon B. Johnson habló de EE. UU. como “guardián de la democracia”, con un sentido de obligación forzado. Tras el 11-S, George W. Bush habló de terroristas que sacudían los cimientos de los edificios, pero que jamás “sacudirían los cimientos de EE. UU.”.
Ambos líderes utilizaron su retórica para justificar actos muy malos e injustos, pero al menos los llevaron a cabo fingiendo tener decoro. Quienes escuchaban sus discursos percibían que se tomaban la situación en serio e intentaban comprenderla.
Y luego está Donald J. Trump, quien hoy, tras lanzar más amenazas a Irán, convocó una rueda de prensa improvisada que se desarrolló como un delirio febril. ¿Se trataba de Medio Oriente, de Cuba, o quizás de las relaciones con China tras la visita de Estado de la semana pasada a Xi Jinping? ¡Ni hablar! Se trataba, por supuesto, del salón de baile.
Sí, el salón de baile. El presidente se dirigió a la nación desde la obra de construcción de su flamante espacio para eventos en la Casa Blanca, un salón financiado en parte con fondos públicos y en parte con inversión privada, con escasa o nula transparencia, que según los expertos podría costar a los estadounidenses más de mil millones de dólares. Menos mal, entonces, que tienen dinero de sobra y no están despilfarrando millones cada día en una guerra inútil, geopolíticamente imprudente y económicamente devastadora en Medio Oriente.
Así que ahí estaba Trump, hablando absurdamente por encima del ruido de los taladros y las excavadoras, haciendo comentarios sobre la altura que finalmente tendría el salón de baile.
Las cadenas de televisión dejaron de transmitir la comparecencia del fiscal general interino —el antiguo abogado personal de Trump, Todd Blanche— ante el Senado sobre el presupuesto de 2027 debido al repentino anuncio del presidente sobre este grupo de personas. Y cuando las cámaras enfocaron a Donald, estaba hablando de logística. Logística de la construcción.
Señaló con un gesto dónde se ubicaría la fachada del salón de baile ante un pequeño grupo de periodistas de la Casa Blanca, y añadió que jamás habría otro edificio tan grandioso como este, y que él lo sabía bien, puesto que había construido muchísimos a lo largo de su carrera. El salón de baile tendrá un techo plano de acero, a prueba de drones, dijo Trump, con la voz apenas audible por encima del ruido de las sierras eléctricas.
“Aquí abajo se pueden ver las enormes tuberías y otras cosas; es un edificio muy complejo”, continuó, señalando hacia abajo, donde los trabajadores con chalecos reflectantes recorrían la obra con sus herramientas. Mientras tanto, la audiencia del Senado seguía su curso.
A los 12 minutos, un reportero gritó una pregunta por encima del creciente sonido de los martillos, cuestionando por qué el Congreso estaba aprobando fondos para el edificio cuando el presidente inicialmente dijo que se pagaría “de su propio bolsillo”.
“El Congreso está destinando fondos para seguridad. Es posible que parte de ese dinero se destine aquí para seguridad adicional, no lo sé”, replicó Trump mientras continuaban los golpes de martillo.
Luego volvió a hablar de la logística del edificio, señalando las vigas de madera que se encontraban debajo de él y cómo estas sostendrían las grandes columnas blancas que aparecían en un póster gigante colocado sobre un caballete a su lado. Tras 20 minutos de rueda de prensa, su equipo de seguridad le entregó el póster. “Es precioso”, dijo, tomándolo entre sus manos. Después bromeó diciendo que parecía más delgado cuando sostenía un póster gigante a la altura de la cintura.
Un reportero interrumpió los chistes sobre su figura para preguntarle si pensaba hacer un trato con Cuba. “Oh, sí, creo que sí”, respondió rápidamente, con la enorme fotografía del salón de baile aún en sus manos, una clara muestra visual de sus prioridades.
“La comunidad cubanoestadounidense de Miami es increíble”, agregó, moviendo el cartel de un lado a otro mientras los sonidos de taladros se reanudaban a sus espaldas. Aclaró que quería ayudarlos porque supuestamente había obtenido el “97 % de sus votos” en las últimas elecciones.
Cinco minutos después, el cartel volvió al caballete y Trump despotricaba contra uno de sus rivales republicanos, el representante Thomas Massie, y sobre su postura en contra de la transexualidad. El ruido de la construcción alcanzó su punto álgido cuando comenzó su habitual diatriba sobre la inmigración ilegal, y se vio obligado a gritar. “¡No vamos a acoger a nadie!”, exclamó, agitando las manos mientras el estruendo de los martillos, los taladros y la maquinaria de excavación aumentaba.
A los 35 minutos, aún no había terminado. Respondió una pregunta sobre si prefería el azul claro u oscuro en la decoración de interiores (él quería el claro, pero optaron por el oscuro tras algunos consejos), seguida inmediatamente de otra pregunta sobre si el movimiento MAGA estaba dividido (¡no, está “más fuerte que nunca”!). Tardó más de 40 minutos en llegar a Irán, donde las preguntas sobre los precios de la gasolina y los problemas del mercado de valores llevaron a la vieja y conocida afirmación de la Administración Trump: que Irán tenga un arma nuclear es peor que cualquier otra cosa que pudiera suceder. Dijo que se alegraba de que “todos pudieran soportar [la situación] un tiempo”, y, por cierto, hay petróleo en todo el mundo, incluso en Alaska.
“Algunas personas no están de acuerdo con el tema de Irán. Algunas personas piensan que no debería haber fronteras, que no debería haber muros… Yo creo que sí hay que tener fronteras”, expresó.
A los 45 minutos, se desahogó sobre cómo supuestamente había transformado la sanidad estadounidense, terminando con: “Miren: vayan a desayunar, pásenlo bien. La próxima vez que vengan, esas columnas estarán aún más altas”. Se oyó un fuerte estruendo en la planta baja cuando añadió que la “parte inferior” del edificio era “más compleja que la superior”. Puede que la inflación sea alta, que la situación en Medio Oriente sea inestable, que las normas constitucionales se estén derrumbando, pero ¿han visto los cimientos de seis pisos del nuevo salón de baile?
Pues bien, gracias a lo ocurrido esta mañana, sin duda hemos escuchado sobre ellos.
Es evidente que Trump es un hombre que escuchó el término “construir un legado” y se lo tomó al pie de la letra. Pero también es un hombre con la inconfundible energía de un jubilado adinerado que aterroriza a los contratistas durante una ampliación de su casa. Pasa la mayor parte del tiempo en el club de golf de Florida, se obsesiona con los techos y los colores de las paredes, despotrica sobre cómo los jóvenes simplemente tienen que aguantarse cuando la economía no les favorece, y habla a gritos de los enemigos incompetentes que supuestamente conspiran para derrocarlo, mientras la gente a su alrededor sonríe, asiente y trata de recordar sus días de gloria para calmar su creciente ansiedad.
Y ahora, exige la atención de todo EE. UU. al adentrarse en los detalles más tediosos y minuciosos de su último proyecto de renovación. Los índices de aprobación demuestran que a la gente no le gusta, ni siquiera a los seguidores de Trump, pero a él ya no le importa.
Todo esto nos lleva más allá de la escena de la construcción, alrededor de las imponentes columnas del cartel, hasta la pregunta crucial: ¿Le darías acceso a los códigos nucleares a tu abuelo paranoico, en decadencia y completamente desconectado de la realidad, cuya idea más brillante hoy fue que “a los romanos les gustaban los techos planos y a los griegos los triángulos”?
Traducción de Sara Pignatiello





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