China advierte a Trump que se mantenga fuera de “su patio trasero” y eleva tensión por Taiwán
Trump ignorará las advertencias sobre Taiwán y también hará la vista gorda frente a la expansión de China en otras regiones, una postura que podría agravar aún más las tensiones internacionales, escribe Sam Kiley, editor de asuntos internacionales
Con los límites del poder estadounidense expuestos por la guerra impulsada por Donald Trump contra Irán, China lanzó una advertencia inusualmente directa: el conflicto con Estados Unidos por Taiwán podría convertirse en una posibilidad real.
Para un presidente estadounidense temperamental y vulnerable, de visita en Pekín, el mensaje representó una humillación diplomática. Sin embargo, es poco probable que Trump lo vea de esa manera. Y para la región, donde China ya mantiene otra campaña de expansión territorial, el escenario podría resultar especialmente peligroso.
Rodeado por ceremonias, guardias de honor, niños agitando flores y banderas, además de reuniones en el Gran Salón del Pueblo, Trump pareció cómodo con la recepción china. Según distintas interpretaciones, el mandatario nunca mostró demasiado interés por Taiwán, cuestionó compromisos previos de Washington para defender la isla y tendió a considerar la región como parte del área de influencia natural de Pekín.
“Eres un gran líder. A veces a la gente no le gusta que diga eso, pero igual lo digo. Hay quienes creen que esta podría ser la cumbre más importante de la historia”, afirmó el presidente estadounidense.
Más tarde, comunicados difundidos por la oficina de Xi Jinping señalaron que el líder chino advirtió a Trump que Taiwán representaba “el asunto más importante” en la relación entre ambos países y que un mal manejo del tema podría llevar las tensiones “a una situación extremadamente peligrosa”, incluso hasta un choque o conflicto directo entre Estados Unidos y China.
La Casa Blanca evitó mencionar a Taiwán en su resumen oficial de la reunión de dos horas entre ambos mandatarios, en un aparente intento por no empañar una cumbre que Trump buscó presentar como histórica y que un choque diplomático habría debilitado internacionalmente.
Además, Trump sostuvo en distintas ocasiones que Estados Unidos debía ejercer liderazgo sobre el hemisferio occidental, mientras Rusia dominaba Asia central y China extendía su influencia sobre gran parte del resto del continente asiático.
En paralelo, Washington y Pekín alcanzaron una tregua temporal en su reciente disputa económica, después de que Estados Unidos suspendió aranceles de tres dígitos ante las amenazas chinas de restringir el suministro de minerales de tierras raras esenciales para la industria tecnológica.
Desde entonces, la guerra con Irán disparó el precio del petróleo. Aunque el impacto afectó a ambas potencias, China continuó importando crudo ruso bajo sanciones y esperaba retomar también las compras de petróleo iraní a precios reducidos.
Trump llega a este escenario mientras enfrenta un panorama interno complicado: el Partido Republicano se prepara para las elecciones de medio mandato, su imagen cae en las encuestas y todavía no encuentra una salida clara al conflicto con Irán, sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que se propuso para la guerra.
En paralelo, Estados Unidos mantiene desde hace décadas una política de “ambigüedad estratégica” respecto de Taiwán, surgida después de que la isla quedara separada de China continental tras la victoria comunista de 1949.
Washington conserva influencia como principal proveedor de armas de Taiwán y respalda el derecho de la isla a defenderse. Al mismo tiempo, reconoce formalmente la política de “Una sola China” impulsada por Pekín, que sostiene que ambos territorios deben reunificarse.
Esa ambigüedad le otorga a Trump cierto margen político y la posibilidad de distanciarse de los históricos compromisos de apoyo estadounidense hacia Taiwán.
Sin embargo, el mensaje de Xi Jinping —“manténganse fuera de nuestro patio trasero”— parece ir mucho más allá de la isla. Para China, ese “patio trasero” también incluye el mar de China Meridional, donde Pekín modifica de manera rápida y agresiva el equilibrio territorial a su favor.
Para alarma de Indonesia, y también de países como Australia, Japón y los once miembros de la ASEAN, China lleva años construyendo islas artificiales en el mar de China Meridional con el objetivo de ampliar sus aguas territoriales y reforzar el control sobre una ruta estratégica por la que circula cerca de un tercio del comercio mundial.
En respuesta, buques de guerra y aviones militares de distintos países patrullan regularmente la zona y sobrevuelan las islas construidas por Pekín, en defensa del derecho internacional de navegación y como forma de desafiar las crecientes reclamaciones territoriales chinas alrededor de los atolones militarizados ubicados entre el sur de China e Indonesia.
Pekín sostiene que posee soberanía sobre la totalidad —o casi la totalidad— de esa región marítima. Además, exige que los países de la ASEAN, cuyo comercio depende en gran medida del mar de China Meridional, acepten “resistir las perturbaciones”, una fórmula que, en la práctica, apunta a excluir a potencias externas como Estados Unidos de cualquier disputa sobre las normas internacionales que regulan esas aguas.
China también impulsa un código de conducta regional que no sería vinculante para Pekín, pero que sí limitaría la cooperación militar entre los países de la ASEAN y actores extranjeros.
La semana pasada, Filipinas acordó crear el Centro Marítimo de la ASEAN en la provincia de Cebú para monitorear el mar de China Meridional.
Así, al advertir a Estados Unidos que se mantenga alejado de Taiwán, una isla que ni siquiera está bajo ataque, China también parece enviarle a Donald Trump otro mensaje: apartar la mirada de una expansión territorial que ya está en marcha sobre el mar.
Traducción de Leticia Zampedri







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