Trump no me permitió cubrir su viaje a Iowa hoy, pero no puede silenciarme
El corresponsal en la Casa Blanca, Andrew Feinberg, explica por qué no cubrirá el mitin de Donald Trump en Sioux City, Iowa, esta noche —después de que el presidente lo atacara de forma muy personal y luego lo desinvitara del Air Force One— y por qué los intentos del equipo de Trump de intimidarlo no detendrán su labor periodística
Escribo esto porque no tengo otra opción.
Durante casi dos décadas como reportero en Washington, D. C., Estados Unidos, siempre he intentado no convertirme en el protagonista de la noticia; nuestro trabajo es informar, no crear las noticias. Los ensayos en primera persona simplemente no son mi estilo.
Pero dado que el jefe del Poder Ejecutivo estadounidense decidió hacerme partícipe de su historia (y porque este es el tema central aquí), no puedo darme ese lujo ahora mismo.
Tenía previsto prepararme el jueves para un breve vuelo a última hora de la tarde a Sioux City, Iowa, para cubrir la última de las giras multitudinarias del presidente Donald Trump, en las que intenta evitar que su partido —y él mismo— sufran una gran humillación en las elecciones de mitad de mandato. Esto se debía a que The Independent tenía previsto ocupar un asiento en el grupo de prensa a bordo del Air Force One, formado por un equipo de 13 periodistas que acompaña al mandatario cada vez que sale de Washington.
En cierto modo, es una tarea prestigiosa: somos solo uno de los 15 medios de comunicación que comparten esta responsabilidad, rotándonos por orden alfabético.

Ayer, por ejemplo, un reportero del periódico HuffPost fue el representante del grupo de periodistas que cubrió el viaje de Trump a Carolina del Sur para un mitin en apoyo de la senadora Darline Graham. Eso significaba que The Independent estaba en la lista para cubrir el próximo viaje del presidente, cuandoquiera que fuera.
Por eso, cuando vi que el presidente tenía previsto celebrar mitines todos los días de esta semana, hice unos cálculos rápidos para averiguar qué día viajaría y el lunes le envié un correo electrónico a un asesor de la Casa Blanca preguntándole si tenían previsto que yo viajara a Iowa el jueves. Poco después recibí una respuesta que confirmaba que mis cálculos eran correctos.
Pero, al final, no voy a ir a Sioux City hoy.
El miércoles, fui a la Casa Blanca para grabar un video para el canal de YouTube de The Independent y para reconfirmar que me encargaría de las tareas de prensa escrita durante el viaje del jueves. Pero horas después, ya en casa, recibí un correo electrónico anónimo de la oficina de prensa informándome de que me habían excluido del viaje.
El correo electrónico anónimo no explicaba el motivo, pero era obvio que me estaban castigando por lo sucedido el martes, cuando estuve en la Oficina Oval para la presentación de una “línea telefónica de denuncias” que otorgaba recompensas de hasta 30.000 dólares a los llamados “denunciantes” por exponer lo que la Administración considera “fraude”.
En ese evento, tanto Trump como el vicepresidente J. D. Vance se molestaron por una pregunta que hice sobre la necesidad del programa. Continué levantando la mano e interviniendo cuando, desde mi posición privilegiada, justo en línea con el presidente mientras él estaba sentado en el escritorio Resolute, parecía que Trump me estaba dando la palabra una vez más.
Pero cada vez, el presidente se enfurecía más y más, llegando incluso a llamarme “enfermo” y a añadir: “De verdad creo que algo anda mal contigo”.
Poco después, el aparato de comunicación oficial de la Casa Blanca se puso en marcha para empezar a denigrarme. La cuenta de “respuesta rápida” del Gobierno me llamó “m*******o idiota” —un insulto para referirse a alguien con discapacidad intelectual, una expresión que yo jamás usaría— y el vicepresidente, en su cuenta gubernamental oficial en X, me calificó de “imbécil”.
Claramente, el acoso no fue suficiente porque no me quedé callado.
Aunque solicité a la Casa Blanca que explicara la decisión de no incluirme en el viaje del jueves, aún no he recibido respuesta. Me cuesta creer que a alguien en el Ala Oeste le molestaran realmente mis intentos de hacer preguntas adicionales.
Trump se topa frecuentemente con periodistas que se interrumpen entre sí y aprovechan la menor oportunidad para interrogarlo. Esto sucede prácticamente cada vez que responde preguntas. Ha sido así desde el día en que juró el cargo, la primera vez, hace casi una década.
Y aunque la Casa Blanca insista en que simplemente actúan para preservar el decoro en torno al presidente, en realidad están intentando crear un espacio seguro donde el jefe no tenga que enfrentarse a preguntas incómodas de los periodistas.
Desde que la Casa Blanca decidió usurpar la gestión de la rotación del grupo de prensa, que hasta entonces estaba en manos de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca (una decisión tomada en parte para evitar acatar una sentencia judicial que bloqueaba su intento de prohibir la entrada de Associated Press a la Oficina Oval), la oficina de prensa se ha asegurado de que, cada vez que Trump responda preguntas, muchos, si no la mayoría, de los “periodistas” presentes provengan de medios de comunicación con una marcada ideología, más dedicados a apoyar a los republicanos y denigrar a los demócratas que a informar sobre noticias.

Para ser justos, muchas de las personas que trabajan en esos medios sí hacen buenas preguntas de vez en cuando. Y la mayoría parecen ser buenas personas.
Pero ellos se dedican a un negocio diferente al mío.
No estoy aquí para entablar amistad con este presidente ni con este Gobierno. ¿Y saben qué? Tampoco estaba allí para entablar amistad con el anterior.
Con frecuencia, tenía roces con los portavoces de la Casa Blanca de Biden, ya fuera por cuestionarlos sobre si Joe Biden padecía demencia o por qué EE. UU. no presionaba más a Israel para que dejara de bombardear a civiles y matar a trabajadores humanitarios.
Tras esta Administración habrá otra. Es muy probable que vuelva a haber un presidente demócrata en la Oficina Oval.
Y yo estaré allí, haciendo exactamente lo mismo.
Traducción de Sara Pignatiello


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