He pasado décadas cubriendo los disturbios en Francia; nunca había visto este nivel de violencia
Se eleva humo cerca de la Torre Eiffel, las escuelas están en llamas y las protestas que comenzaron en las aulas con quejas sobre los horarios se están convirtiendo en un caos que solo puede ser un regalo para la extremista Marine Le Pen, dice Emma-Kate Symons
Es innegable la fascinación, y la actitud casi indiferente, que los franceses pueden tener hacia la protesta violenta.
He presenciado la última revuelta masiva del país —esta vez protagonizada por estudiantes de secundaria— y su repentino giro hacia la hiperbrutalidad y el incendio provocado, con una inquietante sensación de déjà vu. Cubrí los disturbios suburbanos de 2005, que causaron cientos de millones de euros en daños, y las manifestaciones estudiantiles de 2006 contra los nuevos contratos laborales, que también se tornaron ultraviolentas. Veinte años después, con los chalecos amarillos y los disturbios urbanos de 2023 aún recientes, Francia está atrapada en su ciclo de ira y lucha, bloqueos, barricadas y autos en llamas, y edificios destrozados. El mismo debate se repite desde 1789, la Comuna de París y mayo del 68: ¿es legítima la violencia, o incluso necesaria, para obligar al Estado a actuar? Para una minoría ruidosa, incluidos algunos políticos oportunistas, la respuesta sigue siendo: “¡Sí!”.
Esta vez, TikTok es la plataforma que utiliza cínicamente el partido de extrema izquierda La France Insoumise (LFI, o Francia Insumisa) de Jean-Luc Mélenchon (imaginen a Jeremy Corbyn con más astucia y carisma). El partido, ahora acusado de insurrección, envía a sus diputados, con sus bandas tricolores, directamente a las manifestaciones para incitar a los adolescentes, junto a grupos revolucionarios trotskistas y, según se informa, islamistas. Se trata de una técnica de reclutamiento: muchos de estos jóvenes votarán por primera vez en las elecciones presidenciales de la próxima primavera.
Guarda cierto parecido con la ola de la generación Z impulsada por las redes sociales que ha arrasado Nepal, Bangladesh, Kenia, Indonesia, Serbia y Madagascar, aunque difícilmente podría ser más francesa: hoy, frente al colegio de mis hijos, los manifestantes imitaron conscientemente el cuadro La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix.
En cuestión de semanas, las protestas aisladas frente a escuelas de los suburbios se extendieron desde Toulouse a Marsella, Lille y Bretaña, llegando incluso al centro de París. El jueves, más de 1.200 secundarias sufrieron interrupciones o bloqueos. Hoy, 400 permanecen cerradas. Se observó humo cerca de la Torre Eiffel tras un ataque incendiario a una escuela en el distrito 15, y varias escuelas resultaron dañadas en el moderno barrio del Marais.
En Louis le Grand, la prestigiosa y selectiva escuela pública situada frente a la Sorbona, donde estudió Robespierre, vi a un estudiante enmascarado con una camiseta del Che Guevara y una kufiya. Las pancartas decían: “Sí a la juventud, no a los fascistas”, “Nuestros privilegios deberían ser derechos” y “Macron, que se j**a tu profesora, no los nuestros”. En el cercano Lycée Montaigne, los carteles iban desde “Ocúpense de los violadores, no del velo” hasta quejas sobre una “prisión educativa” con jornadas de “8:00 a. m. a 6:00 p. m., sin tiempo ni para masturbarse”.
Muchos de estos líderes estudiantiles revolucionarios se llaman Philémon y Eustache, tienen currículos impresionantes y padres con buenos contactos. Seguro que todos se decantaron por el teatro. El socialismo de salón no es ningún insulto en Francia. Ser un joven francés es lucir una kufiya a la salida de tu colegio de élite y quejarte de la prohibición de los teléfonos inteligentes.
Es muy fácil burlarse del estilo performativo, pero las quejas de estudiantes y profesores son reales. Las jornadas escolares se prolongan más allá de las 6:00 p. m., las clases están abarrotadas con 35 o más alumnos, los profesores ausentes no son reemplazados, los edificios están en ruinas y el personal está mal pagado. La cuestión es quién se está aprovechando de esta situación.
Louis Boyard, diputado de LFI de 26 años e ídolo de TikTok, ha recorrido escuelas bloqueadas con un megáfono, grabándose con adolescentes que lo idolatraban como si estuviera en un concierto de rock. Asimismo, la líder parlamentaria de LFI, Mathilde Panot, realizó un baile viral de TikTok con jóvenes manifestantes. Raphaël Grably, de BFMTV, calcula que las visitas de los diputados de LFI a las escuelas acumularon alrededor de 10 millones de visualizaciones.
Mi colega Nora Bussigny informó en el semanario Le Point sobre redes de extrema izquierda y algunas vinculadas al islamismo que también alimentan las protestas, incluido el colectivo RED Jeunes, que hace campaña contra la “islamofobia”.
Según el periódico Le Parisien, los servicios de seguridad rastrearon el movimiento hasta la ciudad de Créteil entre el 18 y el 19 de septiembre, y tras la reunión de emergencia del jueves, el Gobierno lo calificó de “operación organizada por LFI y sus aliados de extrema izquierda”. LFI lo niega rotundamente.
Algunas respuestas policiales han sido represivas. Un joven de 14 años resultó gravemente herido por un lanzagranadas y otros sufrieron lesiones oculares. Pero solo el jueves, 305 policías y gendarmes resultaron heridos y 1.949 personas fueron arrestadas. Además, 65 empleados del Ministerio de Educación resultaron heridos, entre ellos 40 directores de escuela, y el ministro de Educación, Édouard Geffray, afirma que la mayoría le dijo que sus atacantes no eran sus alumnos. En la secundaria Nelson-Mandela de Nantes, un incendio destruyó el vestíbulo. Mis propios hijos no tienen escuela. Un movimiento que exige una mejor educación está privando a los chicos de ella.
Luego está el culto a las barricadas: ¿por qué no marchan o protestan frente al Ministerio de Educación? Porque bloquear la entrada es el performance: “Solo queremos mostrar nuestro descontento, y la única manera, como ha demostrado la historia, es a través de la violencia”, declaró a la radio pública un estudiante de bachillerato tecnológico de Le Havre, y continuó: “Francia cambió en 1789 con la Revolución, y fue violenta, porque cuando hablamos, cuando votamos, nada cambia”. Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis y figura destacada de LFI, coincide: “¡Por supuesto que puede ser legítima!”.
Mientras tanto, en el distrito 20 de París, un video muestra a un grupo de jóvenes matones enmascarados persiguiendo a una joven policía, tirándola al suelo y pateándola, mientras le gritan “puta” y “mátenla”. En Belfort, un agente vestido de civil fue golpeado en la cabeza hasta perder el conocimiento, y la Fiscalía ha abierto una investigación por intento de asesinato.
Se ha convocado otra movilización nacional para el martes. No veo cómo esto no pueda terminar como lo de los chalecos amarillos o lo de 2005.
Lamentablemente, todo esto le viene como anillo al dedo a la líder de extrema derecha Marine Le Pen, quien puede desviar la atención de las acusaciones de antisemitismo contra su aspirante a primer ministro, Jordan Bardella. La juventud de Mélenchon genera el caos y la extrema derecha arrasa en las urnas.
¿Y los líderes estudiantiles? Eufóricos, coreando “La juventud j**e a la Agrupación Nacional (el partido de Marine Le Pen)” y lanzando diatribas manidas contra los “macronoistas”. ¿Qué dirán cuando Le Pen y Mélenchon lleven a un país, que ya se tambalea al borde de una crisis de deuda, al colapso financiero y social? ¿A quién culparán?
Podría desempolvar un reportaje de hace diez o veinte años y nadie se daría cuenta. Excepto que ahora sería un video en TikTok.
Emma-Kate Symons es una periodista y columnista radicada en París.
Traducción de Sara Pignatiello


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