El discurso de Trump ante la ONU pasó de la campaña a la negación, y luego dio un giro oscuro
Leyendo entre líneas —y a pesar de un comentario impactante sobre “aniquilar” a Irán— parece que Trump podría sentirse un poco cansado y algo asustado, escribe Holly Baxter
Nadie tenía grandes esperanzas puestas en el discurso de Donald Trump en la Asamblea General de la ONU; mientras el presidente de Estados Unidos se dirigía con paso lento al atril y comenzaba a despotricar con cansancio: “Puedo informarles con orgullo que EE. UU. está de vuelta y nuestro país está mejor que nunca”, la mayoría de los diplomáticos y periodistas se disponían a escuchar una especie de mitin improvisado.
Las típicas afirmaciones de Trump se sucedieron sin cesar. “Nuestra economía es la envidia del mundo”, les dijo a los líderes mundiales allí reunidos, quienes no parecían sentir envidia alguna. “Somos líderes en prácticamente todo”, añadió, como si los primeros ministros y presidentes de Canadá, Francia, el Reino Unido y Corea del Sur fueran a aplaudirlo, y mucho menos a creerlo.
Habían transcurrido menos de cinco minutos cuando Trump comenzó a enumerar sus logros personales: la cantidad de empleos que había creado; que Washington D. C. volvía a tener restaurantes llenos de gente; y que había enviado a sus agentes de seguridad a Memphis, Tennessee y Nueva Orleans, Luisiana. La Administración anterior, por supuesto, recibió una buena reprimenda de su parte durante un largo monólogo que concluyó con: “Hace dos años, nuestro país estaba muerto, y ahora tenemos el país más candente (en inglés, hot) del mundo”.
La inmadura elección de palabras resultaba extraña y fuera de lugar entre la pompa y la ceremonia del edificio de las Naciones Unidas engalanado con banderas, los líderes reunidos con sus auriculares de intérprete y la seriedad de la ocasión. Pero ¿a quién le importa eso? ¡Porque EE. UU. ha resucitado y está que arde! ¡Un cadáver reanimado, humeante y hirviente! ¡Claro que sí!
O tal vez hubiéramos dicho “¡claro que sí!”, si el presidente no hubiera parecido estar a punto de quedarse dormido.
Como es lógico, presentarse en la Asamblea General de la ONU para presumir de tener “el país más candente del mundo” es un poco como presentarse en la reunión de padres y madres para alardear de que, en tu opinión imparcial, tu hijo es el más inteligente del colegio; pero la inteligencia emocional nunca ha sido uno de los puntos fuertes de Donald. La superinteligencia, sin embargo, sí que estaba en la agenda —y, por cierto, ese es el nuevo término para la inteligencia artificial, que el mandatario anunció de forma indirecta durante un par de párrafos repletos de teorías conspirativas sobre la globalización.
El presidente afirmó que personas malvadas habían intentado “crear un plan globalista” para controlar la IA, la cual, por cierto, ya ni siquiera se llama IA porque él la está “cambiando de nombre” a superinteligencia. “En otras palabras”, añadió, “bienvenidos al nuevo mundo de la superinteligencia (SI)”. Pronunció el “entre paréntesis” en voz alta, presumiblemente leyendo con demasiada fidelidad del papel que tenía delante.
No se dio ninguna explicación de por qué ahora debemos llamar a la tecnología SI en lugar de IA; o mejor dicho, la única explicación que ofreció Trump fue: “Veamos si tengo algún poder. Tal vez sí, tal vez no”. Desafortunadamente, ni siquiera él parecía del todo cómodo con la nueva etiqueta, y luego añadió que “quien gane en la carrera de IA... quien gane en SI liderará el mundo”. Y, por cierto, “llevamos mucha ventaja sobre China y todos los demás... Vamos a mantenernos firmes y ser muy fuertes”.
Esta divagación sobre IA/SI estuvo salpicada de alusiones ocasionales a un supuesto “engaño en Ucrania”, el cambio climático, las “fronteras abiertas” y la “mutilación transgénero”: una extraña combinación de inglés chapucero y alianzas incómodas que, presumiblemente, se mencionaron porque forman parte de la estrategia de ataque de los republicanos en las elecciones de mitad de mandato. Pero en la ONU, todo parecía un galimatías. Incluir referencias a la guerra cultural transgénero mientras hablaba de mantener la IA “muy heterosexual” dio la extraña impresión de que esperaba que la inminente revolución de la superinteligencia se mantuviera heterosexual.
Junto a la maraña de palabras, vinieron los discursos habituales sobre cómo los burócratas anónimos y sus grandes conspiraciones nunca detendrían a EE. UU. (entre ellos, los globalistas “malvados” de la Corte Penal Internacional que llevaban a cabo “juicios farsa por un tribunal antiestadounidense”; los activistas que buscan un impuesto al carbono; y la UNESCO) y promesas de que no impondrá ninguna regulación sobre la IA —perdón, la SI— porque eso “frenaría el crecimiento”.
Entre ambas cosas, nos obsequió con un discurso demasiado largo y sorprendentemente efusivo sobre Melania Trump, en el que hizo una pausa para los aplausos y luego intentó, sin éxito, conseguir que la sala volviera a aplaudir.
De esta forma, el discurso de Trump se extendió hasta los 45 minutos, un tiempo relativamente corto para sus intervenciones habituales. Tuvo el tono de un discurso sobre el Estado de la Unión, aunque aprovechó para agradecer en dos ocasiones al Consejo de Seguridad de la ONU algunas resoluciones que le habían sido favorables durante el último año. Pronunció unas palabras bastante moderadas sobre Gaza, agradeciendo a los países presentes su ayuda para impulsar el plan de paz estadounidense.
Solo hubo un momento que provocó un gran revuelo, y fue cuando mencionó a Irán. “Eran los matones de Medio Oriente, pero ya no lo son”, comenzó diciendo, algo bastante habitual; luego alardeó un poco de sus triunfos militares y señaló que Irán ahora sufría una inflación descontrolada. Pero ahora, insinuó, “[tenía] que tomar una decisión importante. ¿Se [llegaría] a un acuerdo con Irán” que lo convirtiera en uno de los países más grandes del mundo”? Hizo una pausa para crear expectación, antes de dar un giro repentinamente sombrío: “¿O aniquilo a la República Islámica, y lo hago rápidamente?”.
Mientras los jefes de Estado reunidos analizaban estas palabras, Trump añadió: “¿Acaso los mando al infierno sin ninguna posibilidad de supervivencia?”, y comenzaron a oírse murmullos en la sala.
“Están esperando a ver cómo me va en las elecciones de mitad de mandato”, afirmó el presidente refiriéndose a Irán, como si lo que le preocupa a él también pudiera preocupar a otro país que está siendo diezmado sin contemplaciones. Rápidamente añadió otro dato revelador: “El Partido Republicano se presenta a las elecciones… pero yo no”. Y, de todos modos, “a los cobardes y traidores les encanta decir que ‘EE. UU. tiene escasez de municiones’, pero eso no es cierto”. Hizo una voz graciosa para referirse a los cobardes y traidores.
Fue una digresión extraña, de la que el presidente estadounidense pasó rápidamente a otro tema y retomó lo que se considera propio de un estadista cuando habla: agradeció a la ONU un par de veces, no amenazó a la organización con su propia destrucción, y no arremetió beligerantemente durante una hora y media de contenido adicional. Parecía cansado en todo momento; se aferraba al atril, se apoyaba en él por momentos, y su energía parecía estar disminuyendo incluso desde el principio. Mencionó a Mark Rutte por su nombre, pero parecía ser consciente de que no estaba precisamente entre amigos.
El hecho de que no haya sido tan combativo como podría haber sido parece implicar que se ha dado cuenta de que necesita más aliados. La aprobación de la guerra en Irán está en su punto más bajo, y los republicanos, en particular, están hartos del conflicto, sin que nadie se crea la retórica de “yo no lo llamaría guerra” que actualmente goza de popularidad entre los funcionarios de la Administración Trump. Las elecciones de mitad de mandato están a la vuelta de la esquina, a poco más de seis semanas, y el presidente ya se está distanciando de los resultados y de los candidatos.
Los intentos de redefinir palabras como un mero ejercicio ególatra resultan interesantes para los psicólogos, pero no para quienes realmente desean hablar sobre la IA y sus posibles consecuencias para el planeta. Son tan útiles como cambiar el nombre del lago Ontario y tan populares como el del “Golfo de América”.
En otras palabras, Donald Trump tiene el listón muy bajo. Así que, teniendo en cuenta las expectativas, no logró alienar del todo a la gente hoy. También parecía —bajo la grandilocuencia y la jactancia, fruto de unas reservas de entusiasmo y energía claramente menguantes— que tal vez, solo tal vez, estuviera asustado.
Traducción de Sara Pignatiello




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