Irán pone en evidencia las limitaciones del poder de Trump
Una “pausa” de cinco días permite a los países del Golfo evaluar sus debilitadas defensas aéreas, da un respiro al sistema militar descentralizado de Irán y le ofrece a Trump la oportunidad de replantear cómo salir del escenario complejo que Teherán le planteó, escribe el editor de asuntos internacionales Sam Kiley
Al aplazar su amenaza de “aniquilar” el sistema energético de Irán si Teherán no abría el estrecho de Ormuz, Donald Trump dejó en evidencia los límites del poder estadounidense, una realidad que, según distintos analistas, sus adversarios parecen comprender mejor que el propio presidente.
En ese contexto, Trump sostuvo que la “pausa” de cinco días en sus planes para atacar la infraestructura eléctrica iraní respondió a “conversaciones muy buenas y productivas” con Teherán. Sin embargo, Irán negó que esos contactos hayan tenido lugar.
No obstante, la decisión también parece haber estado influida por la reacción iraní ante la amenaza. En su primera respuesta, Teherán advirtió: “Si lo hacen, destruiremos las plantas desalinizadoras que sostienen a sus aliados del Golfo, cerraremos el estrecho de Ormuz hasta que reparen los daños y responderemos con mayor fuerza contra Israel”.

Posteriormente, Teherán moderó su postura y evitó reiterar esas amenazas, en un movimiento poco habitual orientado a preservar cierta legitimidad moral, luego de que la ONU advirtiera que atacar sistemas de agua podría constituir un crimen de guerra.
En ese contexto, Irán señaló que centraría sus objetivos en las centrales eléctricas del Golfo, instalaciones que, además, abastecen de energía a las plantas que convierten agua de mar en agua potable.
“El presidente de Estados Unidos miente al afirmar que la Guardia Revolucionaria pretende atacar plantas desalinizadoras y causar sufrimiento a la población de la región”, sostuvo el gobierno iraní en medios estatales.
Asimismo, advirtió: “Responderemos a cualquier amenaza de manera proporcional… Si atacan nuestro sistema eléctrico, atacaremos el suyo”.
En paralelo, la “pausa” anunciada abre una ventana para que los países del Golfo refuercen sus sistemas de defensa aérea, actualmente bajo presión. También da margen al sistema militar iraní, cada vez más descentralizado, ante un eventual ataque. Al mismo tiempo, le ofrece a Trump espacio para evaluar una salida al conflicto.
Mientras tanto, los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán, que ya llevan cuatro semanas, han impulsado un fuerte aumento en los precios del petróleo y del gas natural, y elevan el riesgo de una recesión global.

Ante las elecciones de mitad de mandato en noviembre, Trump enfrenta una fuerte presión interna: no puede permitirse un aumento sostenido en los precios de la gasolina en Estados Unidos.
En ese contexto, el ciclo de ataques al sector energético comenzó con Israel, que, siguiendo una estrategia similar a la empleada por Rusia en Ucrania, bombardeó el yacimiento de gas South Pars, en Irán. Este campo también es clave para Catar, cuya riqueza depende en gran medida de esos mismos recursos. A medida que los precios del gas natural licuado continuaban en alza, Trump pidió a Israel que detuviera este tipo de ofensivas.
Según diversos análisis, estos ataques podrían constituir crímenes de guerra. Sin embargo, ese debate quedó relegado frente a una lógica más amplia: tanto Estados Unidos como Israel apostaron a que los bombardeos podrían forzar un cambio de régimen en Irán.
No obstante, esta estrategia pasa por alto lecciones recientes. La historia muestra que la amenaza de una superpotencia suele ser más efectiva que el uso directo de la fuerza.
Un ejemplo claro es la invasión de Irak en 2003, liderada por Estados Unidos. Aquella intervención expuso los límites de las operaciones militares para alcanzar objetivos políticos. Además, la gestión posterior del conflicto generó las condiciones para una insurgencia violenta que, con el tiempo, facilitó la aparición del llamado Estado Islámico.
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Además, este escenario permitió que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI) y sus aliados en Irak, Damasco —bajo el régimen de Bashar al Assad— y Líbano, con Hezbolá, consolidaran su influencia durante dos décadas.
En ese período, la Guardia Revolucionaria combatió en Irak y observó el desgaste de las fuerzas lideradas por Estados Unidos en Afganistán. A partir de esas experiencias, concluyó que incluso una superpotencia puede ser derrotada con el tiempo.
Entre las señales que reforzaron esa percepción se encuentra la advertencia del entonces presidente Barack Obama, quien amenazó con usar la fuerza si el gobierno sirio empleaba armas químicas. Sin embargo, cuando el régimen de Assad utilizó este tipo de armamento prohibido, Washington no intervino.
Es posible que esa decisión respondiera al temor de abrir más espacio a grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico. Aun así, para Damasco y sus aliados en Teherán, el mensaje fue otro: asumieron riesgos y obtuvieron resultados sin enfrentar una respuesta directa de Estados Unidos.
En esa línea, tras la amenaza de Trump de “arrasar” los campos petroleros iraníes, Teherán advirtió: “Cualquier intento de atacar las costas o islas de Irán provocará que todas las rutas de acceso en el Golfo sean minadas con distintos tipos de explosivos navales, incluidas minas flotantes que pueden ser desplegadas desde la costa”.

“En ese caso, prácticamente todo el Golfo quedará en una situación similar a la del estrecho de Ormuz durante un período prolongado…”.
Se trata de una táctica propia de escenarios insurgentes que, pese a su experiencia en este tipo de conflictos, Estados Unidos e Israel no parecen haber considerado plenamente.
Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la amenaza no refleje la capacidad real de Irán. Algunos analistas sostienen que Teherán podría no estar en condiciones de paralizar la economía global de ese modo.
Aun así, el mensaje funcionó como un desafío directo: ¿está dispuesto Estados Unidos a arriesgarse a comprobar si Irán puede cerrar una ruta por la que circula cerca del 20 % del petróleo mundial y gran parte del gas destinado a Europa? ¿Y si la Guardia Revolucionaria logra afectar las plantas del Golfo que generan la mayor parte del agua potable de la región?
En paralelo, Trump mantiene un estilo de comunicación impredecible, marcado por una presión constante. Por un lado, sugiere que busca poner fin al conflicto; por otro, amenaza con una escalada.
Además, alterna pedidos de apoyo a sus aliados para garantizar la apertura del estrecho de Ormuz con críticas a esos mismos socios. En algunos casos, incluso minimiza su papel, como ocurrió con Gran Bretaña, a la que calificó de innecesaria.

Los países del Golfo observan este escenario con preocupación y se ven arrastrados al conflicto con Irán debido a la presencia de bases militares estadounidenses en su territorio. Sus ciudades dependen en gran medida del gas y el petróleo para sostener su funcionamiento, mientras que el acceso al agua potable se garantiza mediante la desalinización del agua de mar.
En paralelo, la política exterior iraní, bajo distintos ayatolás, se basa en una interpretación fundamentalista del chiismo duodecimano. Según esta visión, el país debe mantenerse como una teocracia conservadora para propiciar la llegada del Mahdi.
Este marco ideológico alimentó durante años una fuerte hostilidad hacia Estados Unidos e Israel. En ese contexto, Irán se consolidó como el eje del llamado “Eje de la Resistencia”, integrado por actores como los hutíes, Hezbolá, Hamás, el régimen de Bashar al Assad y diversas milicias en Irak.
En la actualidad, Teherán no solo ocupa un lugar central en esa red, sino que se presenta como su principal núcleo de poder. Al mismo tiempo, la postura de Washington muestra señales de contención, posiblemente influida por la presión de sus aliados en el Golfo.

Irán parece haber permitido el paso de algunos petroleros de India y Pakistán por el estrecho de Ormuz, en una señal de control selectivo sobre la ruta.
En ese contexto, aunque Teherán podría haber quedado golpeado por los ataques aéreos que, según reportes, mataron al líder supremo Ali Khamenei y dejaron herido a su posible sucesor, Mojtaba, el régimen también parece aprovechar la situación para aislar políticamente a Trump.
Por ahora, no hay señales de un colapso interno y tampoco se observan indicios de un levantamiento de una población que durante años ha estado sometida a fuertes restricciones y represión.
Más bien, la estrategia parece orientada a imponer un costo a la guerra impulsada por Trump y Benjamin Netanyahu, un costo que, según esta lectura, ni siquiera sus aliados estarían dispuestos a asumir.
En esa lógica, emerge una idea de fondo: así es como se desgasta y, eventualmente, se derrota a una superpotencia.
Traducción de Leticia Zampedri







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