Trump se convierte en decorador en jefe y llena la Casa Blanca de lujos y demoliciones sin medida
No intente decirle a Donald Trump que no todo lo que brilla es oro.
Desde su regreso a la Casa Blanca hace un año, el presidente invocó con frecuencia a antiguos mandatarios como referencia para algunas de sus acciones o políticas más controvertidas.
Cita con regularidad a William McKinley para justificar su uso desmedido de aranceles y ha hablado con admiración de Andrew Jackson y otros presidentes expansionistas que adquirieron nuevos territorios para Estados Unidos, como él mismo quisiera hacer, posiblemente mediante la anexión de Groenlandia.
Pero para quienes siguen de cerca lo que ocurre dentro y alrededor de los muros históricos de la Casa Blanca, el primer año de Trump de vuelta en el poder bien podría evocar otro nombre: el del mítico rey griego Midas.
Y así como Midas es recordado por su habilidad mítica de convertir en oro todo lo que tocaba, Trump transformó por completo los espacios más icónicos de la Casa Blanca. Reemplazó la decoración sobria pero elegante por lo que The New York Times describió como un enfoque “maximalista” en el diseño interior, dominado por el metal precioso amarillo que también distingue a sus propiedades en la Trump Tower y Mar-a-Lago.


Desde su construcción hace más de cien años, como parte de la ampliación del ala oeste de la Casa Blanca, el Despacho Oval se mantuvo como uno de los espacios más icónicos del país.
A lo largo del paso de distintos presidentes, cada uno ha sumado o retirado cuadros y mobiliario para adaptar el espacio a su gusto. Esto suele hacerse eligiendo entre varias alfombras ovaladas y cortinas de distintos colores, disponibles en un catálogo que se les presenta durante el periodo de transición entre el día de la elección y el día de la investidura.
Durante la agitada mudanza de enero pasado, en la que se retiró al expresidente Joe Biden y se reinstaló a Trump, el personal de la Casa Blanca reemplazó la alfombra azul usada por Biden por la de color topo que Trump —y antes, Barack Obama— había utilizado.
También devolvieron la sala a una configuración muy similar a la que tenía cuando Trump salió de allí a regañadientes cuatro años antes, tras perder las elecciones de 2020 frente a Biden.
Los trabajadores retiraron el imponente retrato de Franklin D. Roosevelt que Biden había mantenido en la pared y volvieron a colocar las banderas de las cinco ramas del Ejército de Estados Unidos, que habían estado allí durante el mandato anterior de Trump.

Junto con varias banderas estadounidenses y la bandera presidencial azul oscuro (la misma que adorna su limusina blindada cuando se desplaza por la ciudad), ahora hay diez banderas en la sala, cinco veces más que las que solían tener la mayoría de los demás presidentes.
Las cortinas doradas y el papel tapiz que habían quedado de la gestión de Biden permanecieron en su lugar; ambos se instalaron por primera vez durante el primer mandato de Trump.
Sobre el icónico escritorio presidencial, fabricado con madera recuperada del barco británico de exploración antártica H.M.S. Resolute, el personal restauró el infame botón de asistencia, que Trump utiliza para pedir vasos de Coca-Cola Light.
Un modelo del Air Force One, decorado con el esquema de colores rojo, azul oscuro y blanco que Trump prefiere —y que la Fuerza Aérea criticó por su alto costo y por poner a prueba el sistema de refrigeración del avión— volvió a ocupar la mesa de centro frente a la chimenea del salón. Esta maqueta apareció por primera vez durante su mandato anterior y lo acompañó a su residencia de Mar-a-Lago durante sus cuatro años de exilio político en Florida.
Pero a medida que avanzaron los meses del caótico primer año de Trump de regreso al poder, algo más empezó a aparecer en las paredes del Despacho Oval. Poco a poco, como una enredadera, fue cubriendo cada superficie visible: ornamentos dorados y detalles en oro.


Primero, lo que el presidente describió como pintura con pan de oro puro comenzó a aparecer sobre superficies que antes eran blancas, como los marcos de las puertas, las molduras del techo y el Gran Sello de los Estados Unidos, que desde hace tiempo está instalado en relieve en el techo del salón.
Luego se extendió a los marcos de los cuadros, que se multiplicaron hasta ocupar prácticamente cualquier espacio libre en las paredes, a medida que el presidente incorporó más obras de arte de la extensa colección del gobierno a su despacho. Entre ellas se incluyó una copia centenaria de la Declaración de Independencia, colocada a pesar de las objeciones de expertos del Archivo Nacional, quienes advirtieron que exponer el documento podría hacer que se desvaneciera. Eso llevó a instalar un juego de cortinas opacas para bloquear la luz solar que entra por las ventanas detrás del escritorio presidencial.


Donde no había espacio suficiente para colocar fotografías, aparecieron apliques llamativos y adornos recargados, como medallones de vermeil y jarrones sobre la repisa de la chimenea, donde, desde el gobierno de Ford, había una planta de hiedra sueca debajo de un retrato de George Washington.
Al menos dos decoraciones doradas —unas estatuillas de ángeles ahora visibles sobre un par de puertas— llegaron a la Casa Blanca desde Mar-a-Lago, la residencia que Trump adoptó como base durante su primer mandato tras dejar su natal Nueva York.
En conjunto, un análisis de las superficies del salón realizado por The New York Times determinó que aproximadamente el 33 % de las paredes, puertas, molduras y el techo del Despacho Oval está ahora cubierto de oro. Según un funcionario de la Casa Blanca, ese acabado fue aplicado por John Icart, un artesano radicado en Florida a quien Trump llama su “hombre del oro” y a quien ha contratado durante años en Mar-a-Lago —todo, según se indicó, pagado por el propio presidente.
El cambio en la decoración, respecto al estilo sobrio e incluso utilitario que había predominado en la sala hasta el rediseño de Trump, refleja el gusto del 47.º presidente por una estética más cercana a la de Luis XIV que a la de un jefe de Estado republicano elegido por el voto.
Pero el presidente ha defendido el nuevo aspecto del Despacho Oval como una mejora necesaria. En marzo, declaró a Fox News que la sala necesitaba “un poco de vida”.
Y su recargado rediseño de la Casa Blanca no se ha limitado al Despacho Oval.
Hace varios meses aplicó el mismo tratamiento a la Sala del Gabinete, donde añadió decoraciones doradas en las paredes y más obras de arte enmarcadas en oro al emblemático espacio.
Fuera del Ala Oeste también ha habido nuevas incorporaciones, cambios y algo de destrucción.
En junio del año pasado, supervisó con orgullo la instalación de dos mástiles de bandera de 30 metros de altura: uno en el Jardín Norte y otro en el Jardín Sur de la Casa Blanca. Cada uno sostiene una bandera estadounidense de gran tamaño, que empequeñece la que ondea habitualmente en la parte superior del edificio. A diferencia de una instalación similar frente a su residencia en Florida —que generó conflictos con las autoridades locales—, en este caso no enfrentó trabas burocráticas para erigir los mástiles en los terrenos de la Casa Blanca.
Dos meses después, Trump dejó atónitos a los conservacionistas cuando ordenó a los contratistas excavar el césped emblemático frente al edificio: el jardín de rosas que había sido plantado allí desde el Gobierno de Kennedy.


Aunque en su momento los funcionarios del Gobierno se esforzaron por destacar que los rosales que habían definido el espacio permanecían intactos, el gran césped que durante años se usó para conferencias de prensa y otros eventos fue reemplazado por un patio de piedra blanca, con mesas y sombrillas que recuerdan al patio de Mar-a-Lago, donde el presidente suele recibir a invitados durante sus frecuentes estancias allí.
Desde entonces, Trump ha aprovechado ampliamente este espacio rediseñado, al que ha llamado “Club del Jardín de Rosas”, para organizar almuerzos y cenas con aliados republicanos y donantes.
Junto al nuevo patio, también se han añadido más elementos con su sello personal.
En la emblemática columnata que cubre el camino que Trump recorre cada día desde la residencia presidencial hasta el Ala Oeste, se instalaron fotografías de cada uno de sus predecesores —incluyendo dos por cada uno de los mandatos no consecutivos de él y de Grover Cleveland— como parte de lo que ha denominado el “Paseo de la Fama Presidencial”.
Debajo de cada imagen, Trump colocó pequeñas placas que resumen el legado de cada presidente y que, en el caso de sus antecesores más recientes, emplean descripciones con un tono partidista y despectivo.


También aprovechó la instalación para lanzar una indirecta a Biden, la única persona que lo ha derrotado en una elección, al negarse a colgar un retrato suyo y colocar, en su lugar, una fotografía de una firma hecha con autopen, imitando su rúbrica.
Sobre y entre los retratos enmarcados hay más apliques dorados, y por encima de ellos, un gran letrero de bronce que recuerda a todos que están frente al “Paseo de la Fama Presidencial”.
¿Y sobre la propia columnata? Otro letrero, con la inscripción: “Jardín de Rosas”.


Hay un tercer letrero —también diseñado con una tipografía que recuerda en gran medida a la señalética del club de Trump en Florida— que indica que la entrada al Despacho Oval es, en efecto, el “Despacho Oval”.
Pero el cambio más drástico que Trump hizo en la Casa Blanca no se encuentra en el Ala Oeste ni en sus alrededores.
En el extremo opuesto del complejo de 18 acres, entre la propia Casa Blanca y el edificio del Departamento del Tesoro, ahora hay un enorme agujero en el suelo donde antes se ubicaba el Ala Este.
En julio, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, informó a los periodistas que la construcción de un salón de baile de 8.361 metros cuadrados comenzaría en septiembre. Lo describió como “una adición muy necesaria y exquisita”, un espacio “diseñado con sensibilidad y elaborado con cuidado”.
Leavitt presentó el proyecto como una mejora sustancial al complejo, adyacente a lo que llamó un Ala Este “profundamente modificada y reconstruida”. Trump, por su parte, aseguró más tarde que el salón de baile no interferiría con la estructura ya existente.
Sin embargo, ni Leavitt ni Trump cumplieron con esas promesas.
En octubre, los estadounidenses quedaron impactados por informes que mostraban que equipos de demolición habían derribado rápidamente la fachada del Ala Este, por donde antes salían los visitantes en dirección al edificio del Tesoro.




Días después, quedó claro que toda la estructura, que databa de principios del siglo XX, sería demolida por completo. Y así fue.
El edificio histórico, construido en 1902 y ampliado con un segundo piso durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt en 1942, tradicionalmente albergaba la Oficina de la Primera Dama y otras dependencias de la Casa Blanca, como la Oficina de Viajes y la Oficina Militar.
Además, se encontraba sobre un búnker de la Segunda Guerra Mundial, construido originalmente para Roosevelt y utilizado de manera célebre por el entonces vicepresidente Dick Cheney durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
Funcionarios de la Casa Blanca justificaron la decisión al señalar que el Ala Este “fue renovada y modificada en numerosas ocasiones”, incluyendo la reforma de 1942 que incorporó el segundo piso y el refugio antiaéreo.
Según la Casa Blanca, la estructura del salón de baile —valorada en 400 millones de dólares— está siendo financiada por múltiples entidades corporativas y donantes del Partido Republicano. Entre los patrocinadores figuran gigantes tecnológicos como Amazon, Apple, Google, HP y Microsoft.
También destacan compañías del sector cripto como Coinbase y Ripple, así como los hermanos Winklevoss. Otros nombres relevantes incluyen a Comcast, Lockheed Martin, Palantir Technologies, T-Mobile, Union Pacific Railroad, el magnate petrolero Harold Hamm, la familia del secretario de Comercio Howard Lutnick y miembros de la familia Glazer, propietaria del Manchester United y los Tampa Bay Buccaneers.
Toda la iniciativa ha sido calificada como “una pesadilla ética” por Richard Painter, exjefe de ética de la Casa Blanca durante el gobierno de George W. Bush. En declaraciones a la BBC, afirmó: “Se está utilizando el acceso a la Casa Blanca para recaudar dinero. No me gusta. Todas estas corporaciones quieren algo del gobierno”.
La iniciativa también recibió críticas del National Trust for Historic Preservation, que presentó una demanda para detener la construcción. Desde la organización argumentaron que la Casa Blanca no entregó los planos a la comisión ni a la Comisión de Bellas Artes para las revisiones obligatorias por ley, después de que el Ala Este fuera demolida para dar paso al salón de baile, el cual, según el presidente, podría incluso superar en tamaño a la propia Casa Blanca.
Y si se toma como referencia las representaciones arquitectónicas del espacio difundidas por la administración, no queda duda de que el oro tendrá una presencia destacada.
Traducción de Leticia Zampedri







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