Kim Kardashian descubrió que el territorio de su pareja tiene reglas propias
La estrella de reality generó revuelo al apoyar a Lewis Hamilton en el Gran Premio de Mónaco. Al parecer, ni siquiera los multimillonarios hechos a sí mismos escapan al incómodo escrutinio que supone entrar en el universo de una nueva pareja, escribe Helen Coffey
¡Pobre Kim Kardashian! No es común ver fuera de lugar a la estrella de reality, empresaria y multimillonaria. Durante años fue un símbolo aspiracional y rompió barreras sociales y culturales que antes parecían infranqueables, así que resultaba fácil asumir que casi nada podía hacerla sentir incómoda. Sin embargo, si sus primeros pasos, algo vacilantes, en el mundo de la Fórmula 1 dejaron una lección, es que sigue siendo tan propensa como cualquiera a equivocarse cuando pisa terreno desconocido.
Lo admito: sorprende un poco. Estamos hablando de la persona que “rompió internet” con una foto de su trasero, apareció más de diez veces en la portada de Vogue y parece sentirse igual de cómoda hablando sobre reforma judicial en la Casa Blanca que promocionando microtangas con vello púbico falso para Skims.
Ya sea por años de bótox o por una capacidad extraordinaria para mantener la compostura, Kardashian rara vez deja ver incomodidad. Ni siquiera pareció alterarse cuando prácticamente la cosieron dentro del icónico vestido de cristales de Marilyn Monroe para la Met Gala. La vergüenza parece resbalarle; casi como si estuviera cubierta de teflón.
Pero su aparición en el Gran Premio de Mónaco este fin de semana, donde acompañó a su nueva pareja, Lewis Hamilton, recordó algo mucho más universal: ni el dinero, ni la fama, ni la confianza personal te protegen del todo del desafío, y del escrutinio, que supone entrar en el mundo de otra persona.
Con su estética californiana maximalista y una silueta imposible de ignorar, Kardashian estaba destinada a llamar la atención en su debut extraoficial como pareja de un piloto de Fórmula 1. Además, su estilo contrastó con el llamado “lujo silencioso” asociado a la élite monegasca, lo que llevó a algunos medios a acusarla de convertir el Gran Premio en una alfombra roja ambulante.
Y entonces llegó el momento decisivo. Cuando Hamilton celebró el segundo puesto con el clásico ritual de rociar champán sobre todo lo que estuviera cerca, las cámaras captaron a Kardashian intentando abrirse paso entre la multitud para escapar de la lluvia de alcohol. Su séquito trató —sin demasiado éxito— de proteger con un paraguas su vestido Gucci hecho a medida.
Quizá Hamilton olvidó advertirle. Quizá ella pensó que era una broma. O quizá simplemente descubrió, como cualquier persona que entra en el universo de una nueva pareja, que siempre existen códigos no escritos. En cualquier caso, pocas expresiones encajan mejor que “pez fuera del agua”.
Pero quizá el momento más incómodo llegó cuando Kim y su hermana Khloé, también presentes en Mónaco, rompieron una de las tradiciones no escritas más conocidas de la Fórmula 1: ignorar a Martin Brundle.
El expiloto y periodista británico de Sky Sports es casi una institución dentro del deporte gracias a sus ya tradicionales recorridos por la parrilla antes de cada carrera, donde busca celebridades e invitados para breves entrevistas en vivo. Con el tiempo, esos encuentros se convirtieron en parte del espectáculo, y la mayoría de las figuras invitadas suelen seguir el juego, sin importar su nivel de fama o estatus. El domingo, por ejemplo, participaron la protagonista de Wicked, Cynthia Erivo; el príncipe Salman de Baréin; y Karen Gillan, actriz de Jumanji.
Sin embargo, cuando Brundle se acercó a las hermanas Kardashian con su habitual tono relajado y les preguntó si estaban disfrutando de la experiencia, la interacción no salió como esperaba. En videos que circularon en redes sociales se ve cómo intentó acercarse mientras el equipo de seguridad trataba de abrir paso entre la multitud. En un momento, incluso pareció recibir un empujón. “No hace falta empujarme, amigo”, se le escucha decir.
Finalmente, el presentador optó por seguir adelante con resignación: “Así que, Kim y Khloé… hoy no hablaremos con ellas”.
La reacción de muchos aficionados de la Fórmula 1 en redes sociales fue inmediata. Kardashian recibió críticas y algunos usuarios la calificaron de “grosera” y “arrogante”, además de acusarla de mostrar una “completa falta de clase”.
“Ella no tiene cabida en nuestro mundo”, escribió un espectador molesto.
Además, otro video que se viralizó mostró a la presentadora Holly Willoughby y al comediante Michael McIntyre siendo apartados mientras daban una entrevista, aparentemente por miembros del equipo de seguridad que acompañaba a las Kardashian.
Parte del problema podría ser que Kim está acostumbrada a marcar tendencias en lugar de seguirlas. El mundo gira a su alrededor y el de su familia, no al revés: eso es lo que significa ser la dinastía original de influencers. Pero, como bien sabe cualquiera que haya iniciado una nueva relación, en el terreno de tu pareja, tienes que jugar según sus reglas.

Sí, quizá aquí no haya tanto en juego, y desde luego el público suele ser menos hostil, pero, en esencia, se parece bastante a conocer por primera vez a los compañeros de fútbol de tu pareja y aceptar que, en ese grupo, te llamen “la señora” sin convertir cada comentario incómodo en un debate sobre los códigos internos de otra gente.
A veces, simplemente toca adaptarse. Volver a su casa y soportar tres horas de concursos diurnos interminables mientras su madre te muestra 3.000 fotos de bebés. Sonreír tanto que te duela la mandíbula. O inventarte una risa ligeramente exagerada para sobrevivir a los malos chistes del jefe en la fiesta de Navidad de la empresa.
Su territorio, sus reglas.
Eso no significa transformarse por completo para encajar. Pero sí implica aprender cuándo adaptarse, cuándo ceder y cuándo aceptar dinámicas ajenas si queremos que nuestras relaciones funcionen a largo plazo. Y, claro, eso aplica en ambos sentidos.
Si Kim no aprende esa lección pronto, su primera aparición en la parrilla podría terminar siendo también la última.
Traducción de Leticia Zampedri






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