Ed Sheeran afronta la mayor crisis de su carrera: ¿podrá superarla?
El cantautor británico quedó envuelto en una polémica que involucra al rapero Macklemore, al multimillonario Robert Kraft y al conflicto entre Israel y Palestina. Una declaración ambigua no hizo más que agravar la situación. Adam White analiza qué puede hacer ahora
Sheeran atraviesa el momento más crítico de su carrera. Pero para un artista que siempre ha hecho de la cautela su sello personal, una polémica como esta probablemente era inevitable. Cuando te dedicas a hacer baladas agradables y procuras no exponerte demasiado, ni en lo personal ni en lo político, cualquier controversia puede convertirse en un problema mucho mayor. Y tampoco es fácil desviar la atención cuando tu música está pensada precisamente para no hacer demasiado ruido.
Esa estrategia de mantenerse al margen de la política se vino abajo esta semana, después de que el rapero Macklemore fuera apartado como telonero de su gira por Estados Unidos tras expresar opiniones propalestinas y antiisraelíes sobre el escenario. Según Macklemore, varios propietarios de recintos amenazaron con cancelar el resto de las fechas de Sheeran si seguía formando parte de la gira. Uno de ellos, el multimillonario Robert Kraft, de 85 años, acusó al rapero de pronunciar “discursos de odio” durante su actuación.
Sheeran negó haber sido “cómplice” de la decisión de apartar a Macklemore, pero explicó que no quiere política en sus conciertos y reconoció que había cedido ante las exigencias de los propietarios para no defraudar a sus fans y proteger el trabajo de sus otros teloneros. El argumento no envejeció demasiado bien: apenas unas horas después, esos mismos artistas abandonaron la gira en solidaridad con Macklemore.
Es, por decirlo suavemente, lo peor que le ha pasado a Sheeran desde su breve aparición en Yesterday, de Danny Boyle. Quienes compraron entradas están pidiendo reembolsos y el cantante lleva días siendo blanco de burlas en internet. Mientras tanto, la declaración de Macklemore en Instagram recibió el apoyo de una larga lista de estrellas (¡Florence Pugh! ¡Penélope Cruz! ¡Zara Larsson! ¡Hozier!), mientras que los aliados famosos de Sheeran brillan por su ausencia. Básicamente, están Kraft y Pink (su hermana musical en las melodías de espera de los centros de atención telefónica), cuyo apoyo inicial a una petición para expulsar a Macklemore de la gira la convirtió en la fiel escudera de toda esta polémica.

En su cuidadosamente redactada declaración sobre la polémica con Macklemore, Sheeran explicó que evita utilizar su plataforma para pronunciarse sobre cuestiones políticas porque entre su público hay “jóvenes, muchas veces niños, de todo tipo de orígenes”. Dijo también que desea “paz”, que busca ofrecer un espacio de “seguridad y refugio” y que quiere “mantener abiertas las conversaciones, no cerrarlas”. Curiosamente, publicó el mensaje en Instagram con los comentarios desactivados. Una explicación poco convincente en cualquier momento, pero especialmente difícil de defender en el contexto actual.
La respuesta también dejó en evidencia hasta qué punto Sheeran parece ajeno a lo que hoy implica ser una celebridad y a las expectativas de una generación joven, políticamente comprometida y criada en internet, que quiere saber qué piensan sus artistas favoritos sobre los grandes temas del momento. Gaza ocupa hoy ese lugar, como lo hicieron Black Lives Matter en 2020 y la elección de Donald Trump en 2016. Mantenerse al margen con una neutralidad cuidadosamente calculada, por mucho que esa estrategia le haya funcionado en el pasado, ya no resulta tan sencillo.
Incluso Beyoncé, que durante años pareció inmune a este tipo de cuestionamientos, ha recibido últimamente críticas de algunos fans por no pronunciarse sobre Gaza, por asistir el año pasado a un evento benéfico junto a Jared Kushner e Ivanka Trump y, más recientemente, por vender en su tienda de productos oficiales una caja de madera vacía por 948 libras. Taylor Swift y Harry Styles también reciben críticas frecuentes en internet por evitar en gran medida pronunciarse sobre cuestiones políticas, sobre todo porque hacerlo difícilmente tendría para ellos las mismas consecuencias económicas que para, por ejemplo, las pequeñas bandas irlandesas que esta semana abandonaron la gira de Sheeran.

En el caso de Sheeran, hay otra complicación: buena parte de su imagen pública se construyó en torno a la idea de que era un tipo común y agradable. Su carrera despegó en una época que el periodista Peter Robinson bautizó en 2011 como “el nuevo aburrimiento”. Junto con Adele, Mumford & Sons y los concursantes de The X Factor que cantaban con “el estilo vocal deliberadamente inexpresivo de Tom Waits en plena escasez de Strepsils”, Sheeran formaba parte de una tendencia que Robinson consideraba una plaga para la cultura pop británica.
Pero la fórmula resultó tremendamente rentable. Con su imagen de músico callejero, sus canciones de amor empalagosas —y algún que otro ritmo de hip-hop, por supuesto—, Sheeran se convirtió en una estrella mundial. Llevaba el cabello desaliñado. No paraba de contar que dormía en sofás ajenos. Era simplemente un tipo normal. Desde entonces vendió más de 200 millones de discos y, álbum tras álbum, apenas se apartó de la fórmula que lo llevó al éxito. ¿Para qué cambiar algo que funciona?
El problema es que esa misma imagen resulta más difícil de sostener cuando las cosas se complican. La cautelosa neutralidad que mostró esta semana no sorprende demasiado si se tiene en cuenta su trayectoria. Pero cuesta más presentarse como una persona común y cercana cuando se sabe que tienes una relación estrecha con al menos un multimillonario. Sheeran actuó en la boda de Kraft en 2022 y, según contó en su propio comunicado, ambos tienen sus números de teléfono personales.
Kraft también es aliado de Trump y financió campañas contra el movimiento BDS en Israel, lo que llevó a Benjamin Netanyahu a afirmar que “Israel no tiene un amigo más leal que Robert Kraft”. Además, retiró su apoyo financiero a la Universidad de Columbia durante las protestas estudiantiles contra las acciones del Gobierno israelí.
Y, al margen de la postura política de cada uno, seguramente hay algo en lo que podemos coincidir: no parece demasiado saludable que un puñado de personas inmensamente ricas pueda decidir qué se puede decir sobre un escenario simplemente porque, entre sus muchos negocios, también son propietarias de algunos recintos de conciertos.
Este, lo admita o no Sheeran, es el mundo en el que vive ahora. No uno regido por el arte o por cierta idea de humanidad compartida, sino por la jerga empresarial y los multimillonarios. (Incluso su promesa, junto con Kraft, de donar dos millones de dólares en “ayuda para la región” de Israel y Palestina resultó curiosamente vaga, sobre todo frente al compromiso de Macklemore de donar un millón de dólares a organizaciones concretas, como el Fondo de Ayuda para Niños Palestinos y el Comedor Social de Gaza).
Los conciertos de Sheeran sin Macklemore seguirán adelante este mes (ya que cancelarlos por completo a estas alturas tendría un costo astronómico) y él seguirá haciendo música. También podría decirse que buena parte de las críticas y burlas que recibió esta semana provienen de personas a las que nunca les cayó demasiado bien. Después de todo, es muy fácil boicotear a un artista al que ni siquiera escuchabas en Spotify.
Pero para su reputación, el golpe es serio y deja al descubierto ese pequeño vacío que siempre estuvo en el centro de la imagen pública de Sheeran. Hace 15 años, ser aburrido era un gran negocio. Hoy es un campo minado.
Traducción de Leticia Zampedri






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