Hora de admitirlo: ‘Cumbres borrascosas’ es un libro malísimo
Con una nueva adaptación cinematográfica de gran presupuesto en cartelera, la novela clásica del siglo XIX vuelve a estar en boca de todos. El problema, dice Helen Coffey, es que sigue siendo una lectura difícil de defender
“Creerles a las mujeres” es una consigna que hemos escuchado mucho en los últimos años, y con razón. Pero hay una situación puntual en la que, lo admito, no les creo: cada vez que una mujer me dice que Cumbres borrascosas es su libro favorito.
Recuerdo perfectamente la primera vez que tomé en mis manos el tan venerado clásico de 1847 de Emily Brontë. Me había fascinado Jane Eyre, de Charlotte, la hermana mayor, y había desarrollado un particular afecto por el silencioso radicalismo de La inquilina de Wildfell Hall, de Anne, la menor. Ya en mis veintitantos, sentía que había llegado el momento de enfrentarme al más exagerado y gótico de los supuestos grandes títulos, escrito por la extraordinaria hermana del medio.
Amantes condenados a separarse, deseándose a través de paisajes desolados del norte, una pasión tan intensa que trasciende la muerte: estaba preparada para suspirar con esta “trágica historia de amor” entre Cathy y Heathcliff, donde los páramos de Yorkshire representan la naturaleza salvaje del “carácter de Heathcliff” —dato que, confieso, había aprendido en un episodio de Friends en el que Phoebe y Rachel se suman a un club de lectura—.
Y ese tal Heathcliff sonaba como “muy de mi gusto”, como dirían en Love Island: una mezcla intensa del encanto oscuro y taciturno del señor Darcy con el magnetismo arrogante de Rhett Butler. Lo confieso: estaba lista para que un galán de época me hiciera perder la cabeza. Júzguenme.
Pero bastaron pocas páginas para que esa expectativa se desinflara. Me encontré con el equivalente literario de arreglarse de punta en blanco para no ir a ningún lado. Cada personaje resultó ser, sin excepción, profundamente e irremediablemente detestable: cruel, mezquino, egoísta, apático y, a veces, patético.
Este grupo de inadaptados fue muriendo uno tras otro por fiebres, partos, alcoholismo y una vaga decadencia general que podría haber provocado alguna emoción… si me hubiera importado el destino de alguno. Pero no. Frente a cada muerte, la reacción más honesta era simplemente: “mejor así”.
Y para hacerlo todo aún más insoportable, parecía que todos compartían una combinación endemoniada de los mismos apellidos —Linton, Earnshaw, Heathcliff— mezclados de tal manera que me dejaban la cabeza hecha un lío. El único antecedente comparable es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, por la cantidad de veces que obliga a volver al árbol genealógico para no perderse.
El colmo llega, sin dudas, con Catherine Linton, hija de la infame Cathy Earnshaw, que primero se casa con un primo y luego con otro, para pasar a llamarse Catherine Heathcliff y después Catherine Earnshaw. Todo el asunto se siente como una forma de troleo literario de alto nivel por parte de Emily Brontë.

A eso se suma la estructura narrativa no lineal de la novela, con narradores múltiples y relatos encajados unos dentro de otros: una suerte de El origen primitivo, pero sin el espectáculo disfrutable de Christopher Nolan.
Este recurso, que en su momento fue ampliamente cuestionado, con el tiempo pasó a celebrarse como un golpe de genialidad. Una prueba más de que, con suficiente paciencia, casi cualquier cosa termina volviéndose tendencia, como el desafortunado regreso del sombrero bucket.
En medio de ese entramado de historias, Emily también optó por escribir extensos pasajes de manera fonética para reflejar los acentos regionales de ciertos personajes. En medio de ese entramado de historias, Emily Brontë además decidió escribir largos pasajes de forma fonética para marcar los acentos regionales de algunos personajes.
Como si el lector no pudiera imaginar un fuerte acento del norte de Inglaterra, se nos obliga a atravesar diálogos prácticamente indescifrables, en los que frases simples como “el patrón está en el campo”, “no les gusta nuestra compañía” o “la patrona no va a abrir si siguen haciendo ese ruido” aparecen deformadas hasta poner a prueba la paciencia.
Es suficiente, sinceramente, como para hacerme reconsiderar mi postura sobre la quema de libros.
Es suficiente, sinceramente, como para hacerme reconsiderar mi postura sobre la quema de libros
Y en el centro de todo, esa famosa “historia de amor” entre Cathy y Heathcliff. Durante años ha sido romantizada y presentada como una tragedia de amantes destinados al desastre, tanto en el cine como en la televisión. La última reinterpretación es la próxima “Cumbres borrascosas” de Emerald Fennell, protagonizada por Jacob Elordi y Margot Robbie —las comillas son deliberadas, porque todo indica que esta versión, tan alineada con el espíritu de la época, se alejará bastante del libro original—.
El estreno está previsto para el fin de semana de San Valentín y el tráiler la define como “la mayor historia de amor de todos los tiempos”. Frente a eso, solo puedo quedarme desconcertada y preguntar: “¿Cómo?”. No sé qué libro habrá leído Emerald, pero seguro no es el mismo que a mí me viene decepcionando sin falta desde hace más de una década.
Lejos de mí negarles a las mujeres el placer de perder la cabeza por Jacob Elordi con acento rudo de Yorkshire y corbata al cuello, pero conviene dejar algo claro: el Heathcliff que escribió Emily Brontë no es un protagonista romántico. Una descripción más precisa sería “un imbécil de primera categoría”: un abusador cruel y rencoroso que, además, deja fuertemente sugerido que comete violencia sexual contra su esposa Isabella tras casarse con ella por despecho. Es el ex tóxico y profundamente problemático de la literatura al que seguimos “lavándole la cara”, como si colectivamente quisiéramos convencernos de que, en el fondo, no era tan malo. Spoiler: sí lo era.

La relación de Heathcliff y Cathy tiene tanto que ver con el amor como un nido retorcido de serpientes venenosas: una mezcla nociva de posesividad, celos y obsesión enfermiza que envenena todo lo que toca. Alguien podría decir que son una versión retorcida de almas gemelas, pero solo en el mismo sentido en que las dos peores personas que conociste parecían estar “hechas la una para la otra”.
De hecho, me parece que lo único realmente valioso que dejó Cumbres borrascosas es la casi perfecta canción homónima de Kate Bush, de 1978, que captura lo mejor de la novela —y te permite gritar “¡Soy yo, soy Cathy, he vuelto a casa!” como una banshee mientras improvisas una danza interpretativa— sin tener que leer el condenado libro.
Por supuesto, todos tenemos gustos y opiniones distintas —qué aburrido sería el mundo si no—, pero me temo que me niego a tomar en serio la idea de que alguien haya disfrutado de verdad abrirse paso por esta historia interminablemente lúgubre.
Solo me queda esperar que la nueva adaptación se aleje del texto tan radicalmente como sugieren esas comillas; al menos así habría una mínima posibilidad de que resulte algo disfrutable.
‘Cumbres borrascosas’ llega a los cines el 13 de febrero.
Traducción de Leticia Zampedri







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