Desde los eslóganes hasta el uniforme de Greg Bovino: no hay que subestimar la nazificación de ICE
Puede que la historia no se repita, pero deja huella, y los años treinta nos enseñaron la importancia del simbolismo. El fascismo no se implementó con un gran desfile militar, advierte el historiador Guy Walters, sino de manera gradual normalizando la brutalidad, incluso haciéndola pasar como noble. No hace falta ver tanques ni soldados marchando para entender hacia dónde vamos: las señales están por todas partes
Primero la estética y luego la política: es uno de los trucos más viejos del manual autoritario. Antes de las detenciones masivas, de la violencia callejera o de que la burocracia se solidifique como una máquina, se prepara el terreno con imágenes que hacen que las medidas represivas que se avecinan parezcan justas, necesarias, inevitables incluso. Por eso es tan importante, y urgente, que el aparato encargado de hacer cumplir las leyes de inmigración en Estados Unidos esté ahora reclutando personal con un tono visual y retórico incómodo por lo mucho que se parece, suena y se siente como el de la década de 1930: la década en la que el fascismo dejó de ser una ideología excéntrica y se convirtió en una realidad gobernante.
Seamos claros: los anuncios y gráficos de las redes sociales que engatusan a la gente para aceptar los puestos de trabajo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) no son simplemente un poco anticuados. Están saturados de la retórica de la propaganda nazi y de extrema derecha: siluetas heroicas, dicotomías morales tajantes, el inminente declive nacional y la llamada a defender una “patria” mítica. Encima, parte del contexto es que agentes federales están matando a ciudadanos estadounidenses en las calles de Estados Unidos.
El mundo se conmocionó ante la muerte de Alex Pretti, enfermero de la unidad de cuidados intensivos de 37 años y ciudadano estadounidense, tiroteado por agentes de la Patrulla Fronteriza estadounidense en Minneapolis (Minnesota) el fin de semana. Sus colegas y familiares lo describen como un profesional de salud compasivo. Según Kristi Noem, secretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), él había blandido una pistola cuando los agentes federales lo rociaron con gas pimienta, lo sometieron y le dispararon. Pero él llevaba en la mano un teléfono, no un arma.
Por otro lado, Renee Good, ciudadana estadounidense de 37 años, también fue asesinada a tiros en Minneapolis (Minnesota) a manos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos dos semanas antes de la muerte de Alex Pretti. Es poco probable que vayan a ser casos aislados de asesinatos a manos de agentes de ICE, considerando que muchos más ciudadanos estadounidenses han resultado y resultarán heridos. Para el creciente número de espectadores, todo esto es el sangriento resultado de una campaña de reclutamiento que da prioridad a la fuerza antes que a la formación, y cuyos mensajes tienen serias connotaciones fascistas.
Puede que la historia no se repita al pie de la letra, pero sin duda se asemeja. Una de las imágenes de reclutamiento para ICE más difundidas muestra al Tío Sam, pero en lugar de movilizarse para una guerra en el extranjero, aparentemente contempla un dilema: una dirección etiquetada con conceptos abstractos virtuosos (“PATRIA”, “SERVICIO”, “OPORTUNIDAD”) y la otra con temores (“INVASIÓN”, “DECLIVE CULTURAL”). Es el clásico arte de la movilización: una personalidad nacional simplificada que se enfrenta a una elección existencial, reducida a señales y eslóganes.
La imagen fue publicada por el DHS, junto con las palabras “¿Hacia dónde va el hombre de América?”, que era claramente una referencia deliberada al libro “¿Hacia dónde va el hombre de occidente?”, un tomo vil de 700 páginas de William Gayley Simpson y publicado por una prensa neonazi en la década de 1970. Dado que el libro afirmaba que los no blancos son una amenaza para la existencia misma de Estados Unidos, no cabe duda de que las palabras elegidas para acompañar el cartel estaban diseñadas para atraer a quienes deciden quiénes son los “verdaderos estadounidenses” en función de criterios raciales.

Justo un día después de que Renee Good fuera asesinada a tiros por un agente del ICE, el estrado donde Kristi Noem ofreció su rueda de prensa lucía el lema “Uno de los nuestros, todos los de ustedes”. Esta frase está estrechamente relacionada con la ideología nazi y la doctrina de castigo colectivo de las SS, según la cual, durante el Tercer Reich, el asesinato o la detención de un soldado alemán desencadenaba represalias contra la población civil (a menudo expresadas como “por un alemán, diez/cien lugareños”). Aunque el DHS negó haber utilizado literalmente propaganda nazi y calificó de “fastidiosa” la acusación de que se trataba de mensajes nazis, los críticos siguen creyendo que la redacción era una retórica agresiva deliberada sobre represalias o castigos colectivos.
También está el póster que muestra a los agentes de ICE como heroicos caballeros medievales, junto con la leyenda: “Los enemigos están a las puertas”. La propaganda nazi también era conocida por representar a los miembros de las SS como caballeros con armadura, listos para proteger de la invasión a su patria sagrada.
¿O qué hay del póster con la silueta solitaria de un vaquero sobre una cadena montañosa, sobre la que vuela un caza furtivo y en el que se lee: “Volveremos a tener nuestro hogar”? La frase es el título de una canción de los Pine Tree Riots (una banda muy querida por los nacionalistas blancos) y en la que aparece la letra:
“In our own towns, we’re foreigners now/ Our names are spat and cursed/ The headline smack, of another attack/ Not the last, and not the worst/ Oh my fathers, they look down on me/ I wonder what they feel/ To see their noble sons driven down beneath a coward’s heel” (En nuestras propias ciudades, ahora somos extranjeros/ Escupen y maldicen nuestros nombres/ Otra noticia impactante sobre un ataque/ No es el último, ni el peor/ Oh, mis padres, me miran con desprecio/ Me pregunto qué sienten/ Al ver a sus nobles hijos pisoteados bajo el talón de un cobarde).

No cabe duda de que se está personalizando la estética del reclutamiento para que resuene dentro de una frecuencia cultural de extrema derecha, en la que “invasión”, “declive” y “patria” no son palabras neutras, sino consignas ideológicas.
¿Por qué importan tanto estas frases? Porque en las subculturas supremacistas blancas, la “patria” rara vez significa un lugar. Más bien es un etnoestado imaginario: una herencia totalmente blanca amenazada por los forasteros y mantenida por la fuerza. “Invasión” no es una mera metáfora de los cruces fronterizos; está sacada directamente del manual de conspiración de la “teoría del reemplazo”, que afirma que la migración no blanca es un ataque coordinado a la civilización occidental. Con semejantes mensajes, el reclutamiento deja de ser para servir a las fuerzas del orden y más bien para desatar una guerra cultural total.

Y todo es muy de los años 30. No solo porque los gráficos toman prestado el aspecto austero y posterizado del arte de reclutamiento de entreguerras, sino porque la estructura emocional es la misma: una comunidad nacional querida que se dice que está al borde del abismo, en peligro por los “forasteros” y la “decadencia”, que requiere un cuadro de hombres rudos para restaurar el orden. Los movimientos fascistas también se vendían a sí mismos como salvadores y no como vándalos.
El ejemplo perfecto de esta estética es Gregory Bovino, la figura de alto rango de la Patrulla Fronteriza que se ha convertido en un rostro representativo de la nueva postura de aplicación de la ley. Su característico abrigo largo hasta la pantorrilla y con botones de latón resuena con una estética “fascista”. Junto con su corte de pelo estilo Himmler, Bovino parece básicamente que está disfrazado de un oficial de las SS, y lo hace mientras supervisa agresivas redadas en nombre de su país.

A medida que crecen las protestas por el asesinato del enfermero de 37 años Alex Pretti, se informa que Gregory Bovino y otros agentes federales abandonarán Minneapolis. Es cierto que los historiadores debemos ser cautos con las analogías, mas no tímidos. Aunque las tropas de asalto de Hitler nunca fueron una unidad de exterminio propiamente dicha, crearon sin duda la atmósfera que evocan actualmente las calles de Estados Unidos. Eran una presencia continua de matones callejeros, que normalizaban la violencia, intimidaban a las comunidades y creaban un miedo constante y atmosférico que hacía que la vida normal pareciera imposible. Aterrorizaron a los barrios judíos, destrozaron negocios, golpearon a opositores y enseñaron a la gente corriente que el Estado no les protegería.
Hay diferencias evidentes entre la Alemania nazi y los Estados Unidos de 2026. Sin embargo, existe una escalofriante familiaridad en el patrón con el que se anima a una fuerza alineada con el Estado, a través de imágenes y retórica nacionalista, a verse a sí misma como guardiana de una nación étnicamente definida, y a imponer de manera intencional el orden a través del miedo.
Con este contexto, las imágenes de reclutamiento se tornan en algo más oscuro. Una cosa es idealizar la aplicación de la ley como un “servicio” en abstracto; otra es hacerlo mientras los agentes, que operan bajo la bandera del control de la inmigración, están, según múltiples informes, desestimando el escrutinio local de la violencia que se está imponiendo a las comunidades. A través de esta lente, es difícil escapar a la sensación de que los pósteres no son mercadotecnia incidental, sino parte de un proyecto político más amplio: crear un organismo autoseleccionado e ideológicamente estricto que vea su trabajo no como papeleo y arrestos, sino como una batalla campal por la nación.
El material de reclutamiento que idealiza una “patria” amenazada tiende, en la práctica, a presentar esa patria como racialmente homogénea. Cuando el enemigo se enmarca en la “invasión”, se entiende que el invasor no es blanco. Cuando la misión es detener a “ilegales”, el imaginario público (formado por años de retórica) se decanta por la piel marrón.

Y gran parte del mensaje que rodea a lo que algunos llaman “el ejército privado de Trump” se lee como una invitación a imponer límites raciales, no solo legales. Promueve de manera implícita la idea de una patria totalmente blanca en estado de sitio y da a entender que los agentes de ICE tienen en la mira a personas no blancas para “salvarla”. No hace falta escribir “blanco” en un cartel para que los supremacistas blancos pongan atención. Llevan mucho tiempo entrenándose para descifrar los mensajes, y el DHS lo sabe.
Los defensores de estas campañas alegan que los críticos ven nazis por todas partes; argumentan que la figura del Tío Sam es simplemente estadounidense y que “patria” es una palabra neutra. Cualquier opinión contraria no es más que paranoia y melodrama. Pero los años treinta nos enseñaron precisamente la importancia del simbolismo. El fascismo no se implementó con un gran desfile militar, sino de manera gradual normalizando la brutalidad, incluso haciéndola pasar como noble.
Cuando las campañas oficiales del gobierno coquetean con la iconografía de extrema derecha y el lenguaje codificado, mientras los agentes federales matan a ciudadanos y las comunidades describen que están siendo aterrorizadas, no estamos obligados a esperar a que lleguen las botas militares para saber a dónde nos dirigimos.
Los pósteres, los uniformes, los eslóganes no son toda la historia, pero son un indicador. Y ahora mismo, todo apunta a un escenario desagradable.
Traducción de Michelle Padilla







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