Cómo decir adiós a un jefe talentoso pero tóxico sin dañar tu carrera profesional
En industrias dinámicas que priorizan el talento por encima de las habilidades interpersonales, resulta fácil quedar bajo la órbita de líderes aclamados pero desequilibrados. En ese contexto, Lydia Spencer-Elliott consulta a expertos en desarrollo profesional para analizar cómo dar el paso y dejar un trabajo que, en apariencia, “un millón de chicas desearían tener”
En uno de mis primeros trabajos como periodista, el editor jefe me obligó a entregar documentos legales a una publicación rival; cuando le pregunté a un colega si eso formaba parte de mis tareas, me respondió, sorprendido: “Al menos no te pidió que le llevaras un regalo de cumpleaños a su amante, como le pasó al reportero anterior”. Meses después, el mismo hombre le arrojó una pila de periódicos a la cabeza a una compañera por atreverse a hacer una pregunta.
Casi todo el mundo tiene alguna historia sobre un jefe horrible, algunas peores que otras. Si se trata de un verdadero monstruo, la salida parece clara: renunciar. Sin embargo, la mayoría de estos líderes tiene matices; combinan momentos de brillantez, creatividad inspiradora, influencia en la industria o ideas innovadoras que pueden hacer que trabajar bajo sus órdenes, como Emily le explica a Andy sobre su puesto como recepcionista de Miranda Priestly en El diablo viste a la moda, sea un empleo por el que “un millón de chicas matarían”, a pesar del desgaste y el maltrato.
La ficción está llena de líderes tóxicos pero talentosos. Don Draper, interpretado por Jon Hamm en Mad Men, se presenta como un genio de la publicidad durante siete temporadas; su talento le permitió faltar a reuniones, beber en el trabajo y ofrecer escaso desarrollo profesional a su equipo sin enfrentar consecuencias hasta el final de la sexta temporada, y aun entonces logró recomponerse.
En esa misma línea, esta semana la despiadada comediante Deborah Vance regresa a la pantalla para intimidar e inspirar a su guionista principal, Ava Daniels, en la quinta y última temporada de Hacks. Es narcisista, abusiva y manipuladora con su equipo, pero, al mismo tiempo, como leyenda de la comedia, resulta divertida, ambiciosa y carismática; por eso, Ava decide quedarse.
Lejos de ser solo un recurso de ficción, distintos estudios mostraron que este patrón también aparece en la vida real. Según investigaciones en comportamiento organizacional, el rendimiento del líder influye en cómo se interpretan sus conductas: cuando se trata de figuras de alto desempeño, los empleados tienden a no calificarlas como abusivas e incluso reinterpretan esos comportamientos como una forma de exigencia o “disciplina”. En consecuencia, los rasgos tóxicos se vuelven más tolerables y pueden mantenerse durante más tiempo sin sanción.

“Exponen a la gente para mantenerse en su puesto y controlar todas las conversaciones”, afirma la asesora profesional Maureen Adams sobre este tipo de supervisor. “Suelen ser problemáticos y bastante astutos. El impacto diario es que la persona a su cargo cree que le enseñarán los trucos del oficio y que aprenderá rápido; sin embargo, en la práctica queda fuera de las reuniones donde se toman decisiones y solo le asignan tareas menores”.
Incluso si alguien logra, con mucho esfuerzo, avanzar hacia un puesto de mayor responsabilidad, las dificultades no terminan. “Una vez que llegan, pierden motivación porque, cuando hacen algo bien, no se reconoce o se les asigna a otro proyecto”, explica Adams. “Así es difícil sentirse valorado, apreciado o comprendido”.
Si te preguntas si este podría ser tu jefe, Adams señala algunas señales claras: “A menudo no puedes prever qué pasará en tu trabajo; estás con una tarea y, de repente, un jefe tóxico te asigna otra”. También menciona frases habituales como “no vengas con problemas, ven con soluciones” o “no me importa cómo lo hagas, solo hazlo”. Cuando algo sale mal, agrega, suelen acusar a la persona de actuar “como un elefante en una cacharrería”; en otras palabras, se trata de manipulación psicológica.

Esto dificulta terminar tareas, desconectarse y ganar visibilidad en la toma de decisiones; en la práctica, la persona queda relegada a un segundo plano, como parte de un coro que acompaña a la figura principal. “Siempre terminan a la sombra del jefe tóxico”, dice Adams. “Y estas relaciones pueden durar años”.
En ese sentido, Adams compara este fenómeno con las llamadas “esposas de oro” de un puesto bien remunerado: cuando alguien trabaja en una empresa prestigiosa o ocupa un cargo que desde afuera parece ideal, renunciar puede sentirse como una pérdida. Sin embargo, también implica reconocer que ya se dio todo lo posible en ese lugar y que es momento de avanzar.
Aun así, saber cuándo parar no resulta sencillo, sobre todo si la jefa es una superestrella. Un momento Deborah insulta a Ava y al siguiente le abre puertas en Las Vegas; esa dinámica, similar a la de una relación tóxica, hace que los momentos positivos pesen lo suficiente como para postergar la decisión de irse.
“Los altibajos extremos no son saludables”, señala Hannah Salton, asesora laboral. “Es normal que haya variaciones, pero si los momentos difíciles afectan la productividad, el bienestar o la salud mental, ahí deberían encenderse las alertas y empezar a considerar otras opciones”.
Cuando finalmente aparece la idea de irse, Adams recomienda actuar con cautela. “Para la mayoría, lo mejor es buscar otro trabajo primero”, explica. También sugiere no exteriorizar demasiado las emociones, ya que muchas personas comienzan a desconectarse apenas inician la búsqueda y eso suele notarse en el equipo, lo que acelera la circulación de rumores. Por eso, mantener la discreción resulta clave.
Como estrategia, propone fijar metas personales antes de dar el paso. “Sugiero establecer plazos”, afirma. Definir objetivos concretos que fortalezcan el currículum permite aprovechar la experiencia, obtener un cierre más sólido y dejar el puesto en buenos términos.

Pero, incluso si te vas sin dramatizar y con la certeza de haber hecho un buen trabajo, reconocer que el empleo soñado no era lo que parecía puede resultar angustiante, coinciden ambos expertos. “Es difícil de asimilar”, dice Salton. “Hay una especie de duelo al darse cuenta de que no era lo correcto”.

Adams sostiene que este malestar puede superarse si la persona se enfoca en los proyectos interesantes en los que participó, como una forma de contrarrestar el resentimiento; además, recomienda hacerlo cuanto antes, ya que los entrevistadores suelen percibir el descontento a través del lenguaje corporal. “Primero, hay que replantear la experiencia: esto no funcionó, pero el próximo sí”, dice. “Dejá atrás el dolor y empezá a sanar”.
Durante años, tanto en el ámbito empresarial como en el creativo, predominó una especie de ciclo de abuso: aunque los empleados se alejaban físicamente de un jefe tóxico, lo arrastraban a nivel mental y luego reproducían ese mismo trato con sus propios equipos bajo la idea de que “así fue como yo empecé”. Sin embargo, Adams considera que esa dinámica perdió fuerza con el tiempo.
“Ya no veo que la gente lo aprenda y lo replique”, afirma. “Era más común en los años setenta, ochenta y noventa, cuando el liderazgo se basaba en el poder y el control; hoy resulta menos visible y hay un mayor énfasis en la colaboración y la inteligencia emocional”.

En definitiva, por más talentosa o respetada que sea una persona, no vale la pena trabajar bajo sus órdenes si no muestra amabilidad ni consideración. Al final, ese es el piso mínimo en cualquier entorno laboral.
“Ser gerente implica una gran responsabilidad y mucha gente no recibe formación formal, pero no creo que eso sea una excusa”, dice Salton. En ese sentido, remarca que, por muy inteligente, exitosa o talentosa que sea una persona, ser un buen jefe —y alguien razonable— resulta igual de importante.
Traducción de Leticia Zampedri







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