Reseña de ‘The Mandalorian y Grogu’: ¿se terminó la era dorada de ‘Star Wars’?
Con apenas unos minutos de Pedro Pascal en pantalla y una interpretación vocal sorprendentemente apática de Jeremy Allen White como el hijo de Jabba el Hutt, esta nueva entrega se siente como la película de Star Wars más vacía, deslucida e intrascendente de toda la franquicia
¿Cuántos clavos más puede soportar el ataúd de Star Wars antes de que desaparezca cualquier esperanza de resurrección? Ya pasaron siete años desde El ascenso de Skywalker, un cierre tibio y complaciente para la trilogía secuela y, desde entonces, la franquicia quedó casi confinada al streaming: a veces con resultados brillantes, como Andor, y otras con producciones olvidables, como la miniserie de Obi-Wan Kenobi.
Por eso, el regreso de Star Wars a los cines prometía algo grande. O al menos eso parecía.
Pero The Mandalorian and Grogu termina siendo justo lo contrario: una película construida sin ambición, como si solo hubieran unido tres episodios descartados de la cuarta temporada de The Mandalorian y decidido lanzarlos en IMAX.
No hay sensación de acontecimiento. No hay riesgo. Ni siquiera demasiada intención de disimularlo.
Como una trama secundaria para el personaje de “la voz cansada y seductora de Pedro Pascal dentro de un casco metálico” y su inseparable criatura verde, quizás habría funcionado dentro de Disney+. Pero como gran regreso cinematográfico de Star Wars, el resultado se siente vacío y sin peso.
Ni siquiera la aparición de Sigourney Weaver —reducida a unas pocas líneas— alcanza para darle fuerza a una película que termina pareciendo una de las entregas más irrelevantes y apagadas de toda la saga.
Y eso resulta frustrante porque la franquicia alguna vez sí encontró algo interesante en Din Djarin. Cuando el personaje apareció en 2019, representaba una idea simple pero efectiva: un cazarrecompensas emocionalmente aislado, criado bajo las estrictas reglas de la cultura mandaloriana y aferrado a un único principio: jamás quitarse el casco.
Era un arquetipo clásico, sí. Pero funcionaba.
Y había algo entrañable en ver cómo ese guerrero endurecido terminaba ablandándose frente a Grogu, ese pequeño ser anciano y balbuceante con apariencia de mini Yoda.

Todo ese desarrollo de personajes ya quedó atrás y la película ni siquiera se toma el trabajo de explicar qué ocurrió con Bo-Katan Kryze, la líder mandaloriana interpretada por Katee Sackhoff, ni con muchos de los personajes que la serie insistía en presentar como piezas fundamentales de este universo.
En The Mandalorian and Grogu, Din Djarin parece existir solo para acompañar a Grogu. Y cuando finalmente le quitan el casco, en un intento evidente por mostrar el rostro de Pedro Pascal, el momento no tiene ningún peso narrativo. Después de todo, el personaje vuelve a romper sus propios principios, pero ya no queda nadie dentro de la historia a quien eso le importe.
La película podría haber compensado esa falta de profundidad con una gran aventura espacial al estilo clásico. Pero Jon Favreau y sus coguionistas, Dave Filoni y Noah Kloor, parecen tan acostumbrados al formato televisivo que perdieron casi por completo el sentido de escala y ritmo que exige el cine.
La trama sigue a Din y Grogu, ahora reclutados por la Nueva República para perseguir los últimos restos del Imperio en el período que conecta la trilogía original con las secuelas, mientras el coronel Ward, interpretado por Sigourney Weaver, les encomienda una misión en el planeta Shakari para rescatar a un agente secuestrado. El problema es que Shakari luce como una reproducción rígida y sin vida de Nueva York, al punto de que el primer alienígena con el que se cruzan, un comerciante ardeniano de cuatro brazos, tiene la voz de Martin Scorsese.
Allí también aparece Rotta el Hutt, hijo del fallecido Jabba, recordado por haber sido estrangulado por Leia en El regreso del Jedi, ahora convertido en una especie de babosa espacial musculosa que, en lugar de hablar con los clásicos sonidos guturales de los Hutt, suena como Jeremy Allen White leyendo un guion sin demasiado entusiasmo.
La interpretación del actor de The Bear transmite un cansancio absoluto y termina chocando con el trabajo de Pascal, quien todavía conserva algo de ese carisma frío que convirtió al Mandaloriano en uno de los pocos aciertos recientes de Star Wars.

Si la primera temporada de The Mandalorian había logrado trasladar con acierto los códigos del western al universo Star Wars, con la música de Ludwig Göransson aportando buena parte de la tensión y la personalidad de la serie, The Mandalorian and Grogu se pierde en referencias al cine de mafias que nunca terminan de funcionar.
Aquí aparece un capo verborrágico escondido en un complejo de lujo que parece más un centro comercial que una guarida criminal, mientras que uno de los supuestos asesinos más temibles de la historia no es más que una recreación digital de un personaje salido de las series animadas de Clone Wars, igual que ocurre con Rotta.
Y aunque Grogu sigue siendo adorable, con sus orejas temblorosas y esa expresión de criatura eternamente confundida, la película lo reduce más a una estrategia emocional que a un personaje real, y cada vez que la historia pierde fuerza o se queda sin diálogos interesantes, Favreau vuelve a utilizar al pequeño alienígena como recurso para generar ternura automática.
El problema es que incluso el encanto de las marionetas empieza a desgastarse por la cantidad de veces que Grogu es obligado a interactuar con personajes creados por computadora, muchas veces de forma torpe y artificial.
Con The Mandalorian and Grogu, Star Wars parece haber perdido aquello que alguna vez la convirtió en un fenómeno: la capacidad de sorprender.
Director: Jon Favreau
Reparto: Pedro Pascal, Jeremy Allen White, Brendan Wayne, Lateef Crowder, Sigourney Weaver
Duración: 132 minutos
Clasificación: 12A
Star Wars: The Mandalorian and Grogu llega a los cines el 22 de mayo.
Traducción de Leticia Zampedri






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