Pete Hegseth muestra señales de duda sobre Irán en una tensa conferencia
Entre una historia cuestionable sobre su hijo adolescente y llamados a dejar de consumir medios, Hegseth se mostró, de forma clara e innegable, desesperado, escribe Holly Baxter
Hay una energía particular que transmite un hombre cuando sabe que lo que dice no termina de convencer, pero aun así decide redoblar la apuesta. En ese registro apareció Pete Hegseth, expresentador de Fox News y actual secretario de Guerra —no de Defensa—, durante su intervención de esta mañana.
La semana pasada se mostró molesto. Esta vez, en cambio, se lo vio más cerca de la desesperación.
No abrió su comparecencia con datos sobre bajas, objetivos estratégicos o prioridades militares. En lugar de eso, dejó de lado los elementos básicos de cualquier conflicto y eligió otro frente: el mediático. Así, afirmó dirigirse al “pueblo estadounidense” —aunque pocos siguen una rueda de prensa del Pentágono a las ocho de la mañana de un jueves— y concentró sus críticas en la prensa.
Primero la acusó de actuar con mala intención y luego la señaló como parcial y “anti-Trump”. Además, sostuvo que los medios mienten sobre las “guerras interminables”. Según dijo, no se puede confiar en los periodistas porque el llamado “síndrome de odio a Trump” forma parte de su ADN.
Esa línea no es nueva. De hecho, se mantiene como eje en la estrategia oficial durante la campaña en Irán. En este contexto, el mensaje resulta directo: los ciudadanos deberían desconfiar de los medios y limitarse a la información validada por el gobierno. Para Hegseth, los periodistas no dicen la verdad, mientras que el presidente Trump —como afirmó esta mañana— “sabe que no es así”.

Ni hace falta decir que se trata de una forma muy particular de marcar distancia con un régimen “malvado” que restringe la libertad de prensa, reprime a los manifestantes y llama a su jefe de Estado “Líder Supremo”. Sin embargo, ese contraste parece secundario. Más tarde, Hegseth aclaró que Estados Unidos no “lucha” para promover la democracia, sino para neutralizar amenazas directas. Y, en todo caso, agregó que “nadie puede aspirar a la perfección en tiempos de guerra”.
Este enfoque no es nuevo. Lo que sí cambió es el tono. Porque Pete, el autodenominado “jefe de guerra”, se muestra cada vez más presionado. Su lenguaje corporal lo delata: aprieta los puños, contiene los gestos, mide cada movimiento. Al mismo tiempo, su retórica pierde firmeza. Lo que antes sonaba enérgico ahora se acerca más a una súplica.
En un momento, incluso apeló a los aliados. “Nuestros ingratos socios en Europa, e incluso sectores de nuestra propia prensa, deberían decirle una sola cosa al presidente Trump: gracias”, dijo. La escena, más que convincente, resultó incómoda.
En términos tradicionales, rechazar una versión de los hechos obliga a ofrecer otra. Pero esa no parece ser la estrategia de Hegseth. Insistió en que la operación “Epic Fury” es distinta a campañas anteriores en Medio Oriente. ¿En qué sentido? No lo explicó. “No vamos a revelar cifras, plazos ni detalles operativos”, señaló. Aun así, aseguró que todo “avanza según lo previsto”.
Con ese marco, la conferencia dejó pocas certezas. Por un lado, el gasto militar seguirá en aumento. “Los 200 mil millones de dólares podrían variar. Se necesita dinero para derrotar a los malos”, afirmó. Por otro, evitó cualquier compromiso temporal: “No queremos fijar un plazo definitivo”. Y reforzó una idea ya evidente: “El presidente Trump no está dispuesto a mantener el statu quo”.
Cada aparición de Hegseth suele incluir algún intento de humor. Esta vez no fue la excepción: “Hemos decidido compartir el océano con Irán. Les daremos la mitad inferior”, bromeó. Pero lo más llamativo llegó después.
Contó una escena personal. Según relató, su hijo de 13 años entró en su oficina la noche anterior, mientras él revisaba sus declaraciones. Entonces le hizo una pregunta tan precisa como oportuna: por qué los soldados estadounidenses caídos son especiales y por qué su sacrificio vale la pena. Hegseth aseguró que respondió sin dudar: “Murieron por ti, hijo. Para que tu generación no tenga que vivir con un Irán nuclear”.
La anécdota deja varias dudas. No importa que su hijo, por su edad, no tenga acceso a información sensible y aun así estuviera presente mientras se preparaban declaraciones de guerra. Tampoco importa lo improbable de la escena. Porque el relato apunta a otra cosa.
Al final, la narrativa ya no busca explicar la guerra. Busca construir un mensaje emocional, casi publicitario. Como si todo pudiera resumirse en una lección lista para compartirse. Una lógica más cercana a una publicación de LinkedIn que a una conferencia del Pentágono.

Todo esto, en definitiva, funciona como un insulto en varios niveles. Es un insulto al público estadounidense, al que se le pide desconfiar de los medios y aceptar sin cuestionamientos la versión oficial. También lo es para las familias que han perdido a sus seres queridos en una operación con objetivos cambiantes, presentada como “clara” pero nunca explicada en detalle. Y alcanza, además, a quienes votaron con la expectativa de una mejora económica y el fin de las guerras prolongadas en Medio Oriente.
En ese contexto, las familias de los soldados caídos apenas ocuparon un lugar secundario. Fueron mencionadas al pasar, como antesala de una nueva crítica a la prensa. Según Hegseth, esas familias le transmitieron un mensaje unificado: “Terminen con esto. Honren su sacrificio. No vacilen. No se detengan hasta que el trabajo esté hecho”. Sin embargo, no hay registros públicos que respalden esas palabras.
Por el contrario, muchas de esas familias han pedido reiteradamente algo más simple: privacidad. Han reclamado que se respete su duelo y que se evite exponerlas en medio del debate político. Esa distancia vuelve más llamativa la versión presentada en la conferencia.
Al mismo tiempo, el relato oficial convive con versiones contradictorias. Persisten dudas sobre el rumbo de la operación, sobre el grado de coordinación con Israel y sobre posibles tensiones internas dentro del propio gobierno. En Washington, circulan versiones de desacuerdos entre Hegseth, JD Vance, Tulsi Gabbard y otros funcionarios, lejos de la imagen de cohesión que se intenta proyectar.
Pero eso, al parecer, queda en segundo plano. Según Hegseth, Irán ha estado en guerra con Estados Unidos durante 47 años, lo haya reconocido o no. La idea resulta, como mínimo, llamativa: una guerra que una de las partes nunca declaró y que la otra sostiene como un hecho continuo. En esa lógica, todo encaja. Incluso la noción de que el conflicto siempre estuvo ahí, aunque no fuera visible.
Cuando otro reportero —esta vez favorable— le planteó si Estados Unidos seguía los objetivos de Israel en lugar de marcar los propios, Hegseth respondió sin rodeos: “Tenemos el control. Tenemos objetivos. Son claros”. Acto seguido, repitió la idea casi como un mantra: “El presidente lo ha dejado claro. Muy claro”. Todo ocurrió en cuestión de segundos. No dio detalles. No explicó qué era exactamente lo “claro” ni por qué. Después cambió de tema, advirtió que Irán no debería atacar a los estados del Golfo y, sin más, dio por terminada la conferencia. Se levantó y se fue.
Así quedó la escena: los restos de una intervención más cercana a una puesta en escena que a una rendición de cuentas. Persistió el ritmo acelerado, la falta de definiciones y una sensación de incomodidad difícil de disimular. Ahí estaba el secretario de Guerra, con los puños tensos, recurriendo a una historia personal forzada, improvisando gestos de autoridad mientras el mensaje perdía consistencia.
El discurso pareció moverse entre etapas: primero la confrontación, luego la justificación, ahora algo más cercano a la negociación. Y en ese tránsito, incluso Hegseth dejó entrever una duda de fondo: la distancia creciente entre lo que dice y lo que el público está dispuesto a creer.
La escena final reforzó esa impresión. Con la voz menos firme, pidió a los estadounidenses que recen por los militares “todos los días, de rodillas, con sus familias, en sus escuelas”. Por un momento, la voz se le quebró. Y entonces la pregunta dejó de ser sobre la guerra o la estrategia. Pasó a ser otra: quién, exactamente, necesita esas oraciones.
Traducción de Leticia Zampedri







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