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Análisis

Pam Bondi demostró, en la última audiencia sobre Epstein, que su prioridad es custodiar el legado de Trump

Fue una actuación reveladora durante la cual la fiscal general de EE. UU. pareció sugerir que el legado del presidente y el mercado de valores eran más importantes que los niños víctimas de abusos sexuales en la isla de Epstein, escribe Holly Baxter

Pam Bondi y Jerry Nadler se pelean a gritos por una pregunta sobre los cómplices de Epstein
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Bajo el resplandor fluorescente de una sala de audiencias del Congreso de EE. UU., la fiscal general Pam Bondi pasó la mañana del miércoles interpretando el género particular de claqué evasivo que ahora se requiere de cualquiera que dirija el Departamento de Justicia de Donald Trump.

Los legisladores estaban allí para preguntar —entre otras cosas atroces— por los archivos de Jeffrey Epstein. Bondi estaba allí para hablar como si estuviera en las noticias por cable y participar en una pieza ligera de arte escénico.

Entre el público había varias víctimas de Epstein. En un momento dado, los supervivientes de abusos sexuales se levantaron y se identificaron. Fue una escena especialmente difícil de ver: la representante demócrata de Washington, Pramila Jayapal, pidió a las víctimas de Epstein que se pusieran en pie si se sentían cómodas. Lo hicieron. Luego les pidió que levantaran la mano si no habían podido reunirse con el Departamento de Justicia de Bondi, y todos lo hicieron.

Cuando se le preguntó si le gustaría disculparse por tal descuido, Bondi empezó a hablar por encima de Jayapal, diciendo repetidamente que debería preguntar al fiscal general de Biden, Merrick Garland, en su lugar. Ni una sola vez miró a las víctimas, y acabó con: “No voy a rebajarme para participar en la teatralidad [de Jayapal]”. Las víctimas de Epstein permanecieron en sus asientos, sin ser reconocidas.

Incluso para Bondi, fue una actuación reveladora.

La fiscal general de EE. UU., Pam Bondi, presta juramento antes de testificar ante una audiencia del Comité Judicial de la Cámara de Representantes sobre la supervisión del Departamento de Justicia, en el Capitolio en Washington, D.C., EE.UU., el 11 de febrero de 2026
La fiscal general de EE. UU., Pam Bondi, presta juramento antes de testificar ante una audiencia del Comité Judicial de la Cámara de Representantes sobre la supervisión del Departamento de Justicia, en el Capitolio en Washington, D.C., EE.UU., el 11 de febrero de 2026 (REUTERS)

“¡El índice Dow está por encima de los 50.000 dólares!”, gritó en un momento dado, antes de añadir, tras las risas sorprendidas del representante Jamie Raskin (demócrata de Maryland): “¡No sé por qué se ríe! Usted es un gran corredor de bolsa, según he oído, Raskin. ¡De eso deberíamos hablar!”.

Efectivamente, de eso es de lo que deberíamos hablar. Claro, podríamos preguntar sobre los correos electrónicos que describen a niños —algunos, posiblemente de tan solo nueve años— que sufrieron abusos sexuales en una isla secreta de pedófilos visitada con frecuencia por miembros de las élites internacionales. Correos electrónicos que dicen cosas como “me encantó el video de la tortura”. Correos que deberían haberse hecho públicos hace tiempo, que el presidente prometió hacer públicos en cuanto llegara al poder y, por alguna razón, simplemente no lo hizo, hasta que empezaron a aparecer de todos modos, todavía fuertemente censurados. ¡¿Pero por qué no, en su lugar, discutir sobre las acciones en ascenso de Boeing?! ¡Claro, Pam!

En un momento de la audiencia, exasperado por el hecho de que Bondi ni siquiera respondiera directamente a una pregunta sobre si es importante proteger las identidades de las víctimas de agresiones sexuales, el representante Hank Johnson (demócrata de Georgia) dijo: “Usted está haciendo una especie de rutina a lo Jekyll y Hyde”. Bondi trató inmediatamente de arrastrarlo a un tira y afloja sobre lo que “significa” Jekyll y Hyde (voy a suponer caritativamente aquí que ella conoce el libro) y no se logró aclarar nada más.

Y así continuó. Interrogada sobre la gestión de los expedientes Epstein, sobre las redadas de inmigración, sobre los arrestos y detenciones de ciudadanos y niños estadounidenses y sobre la presencia de agentes federales en las calles, Bondi se mostró ofendida. Devolvió el golpe a los interrogadores, preguntándoles por qué no le habían preguntado lo mismo a Merrick Garland cuando estaba en el poder. Se negó a responder siquiera a preguntas básicas de “sí” o “no”, insistiendo en cambio en que “ya lo [había dicho] todo antes”.

Quedó claro, muy rápidamente, que se trataba de otro ejercicio de protección del legado de Donald Trump. Las víctimas no eran más que otro hecho incómodo. Todo era una amenaza potencial para el legado presidencial, incluso las cosas que ocurrieron hace décadas en una isla, aunque les ocurrieran a los ciudadanos estadounidenses a los que Bondi ha jurado proteger y representar.

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GettyImages-2260533386.jpg (AFP via Getty Images)

Bondi es uno de los personajes que menos me gustan de la tragicomedia EE. UU. se va al infierno— y sí, hay muchos para elegir: Kristi Noem, asesina de cachorros convertida en apologista de ICE, que sigue en su puesto mientras bebés lactantes son arrancados de los brazos de sus madres; J. D. Vance, cuyos momentos más destacados incluyen la publicación de una novela sobre por qué los pobres merecen ser pobres, y aquella vez que dijo que esperaba que su esposa hindú encontrara a Jesús; Karoline Leavitt, que terminó abruptamente una rueda de prensa esta semana en lugar de responder a una pregunta sobre los vínculos del secretario de Comercio, Howard Lutnick, con Jeffrey Epstein; Stephen Miller, cuyo parecido pasajero con Voldemort se complementó perfectamente al llamar “terrorista doméstico” al enfermero de cuidados intensivos asesinado Alex Pretti.

Así que, en muchos sentidos, parece absurdo sentirse defraudado por la actuación de Bondi. Nunca nos ha dado muchos motivos para creer que es una defensora de la justicia, a pesar de su cargo.

Sus antecedentes, también, son más o menos lo que cabría esperar de este Gobierno: una donación política de $25.000 que le hizo la fundación de Trump, canalizada ilegalmente a través de una organización benéfica. Trabajos de cabildeo para prisiones privadas, el Gobierno de Qatar, Amazon y Uber. Su defensa de Trump durante el primer juicio político de este. Una aparición inolvidable junto a Rudy Giuliani frente al garaje de un negocio de Filadelfia para negar los resultados de las elecciones de 2020.

Sin embargo, hay algo que nos enfurece al verla negarse a hablar ahora, después de lo que todos hemos visto en los archivos de Epstein. La insistencia en seguir el guion, los ojos en blanco, los suspiros irritados y exasperados: todo esto revela una apatía tan calcificada que no se puede romper ni con el más perturbador de los horrores. En última instancia, estamos hablando de niños. Niños vulnerables, utilizados como juguetes por hombres viejos y ricos de todo el espectro político y de otros ámbitos.

Bondi tuvo hoy la oportunidad de estar a la altura de las circunstancias. Ocupa uno de los cargos políticos más importantes de EE. UU., posiblemente el más importante en el contexto de los expedientes de Epstein. En cambio, cuando se le preguntó si Trump —que aparecía en el video de una fiesta con Epstein— había asistido a alguna fiesta con chicas menores de edad, respondió: “Esto es tan ridículo. Ellos están intentando desviar la atención de todas las grandes cosas que ha hecho Donald Trump”.

¿Quiénes son “ellos”? ¿Son los demócratas? ¿Las víctimas? ¿El público en general, que no para de hablar de todo el asunto de la pederastia mundial, ya que parece algo importante, todo sea dicho?

En realidad, no importa. Porque Bondi ya ha decidido que todo el asunto de los “archivos Epstein” funciona como todo lo demás: “nosotros” contra “ellos”, patriotas amantes de la Bolsa contra terroristas domésticos portadores de tarjetas Antifa. Y hoy lo ha dejado muy claro: seguirá ofendiéndose en nombre de las personas que realmente merecen su apoyo.

Traducción de Sara Pignatiello

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