Kash Patel enfrenta al Senado: una insólita audiencia marcada por discusiones de bestialismo e insultos
En una de las comparecencias más insólitas de la administración Trump hasta la fecha, Patel bromeó sobre perros y tuvo que aclarar que no siente atracción sexual por los animales, antes de enzarzarse en un acalorado enfrentamiento con un senador demócrata por las elecciones de mitad de mandato, escribe Holly Baxter
El director del FBI, Kash Patel, testificó este martes ante el Senado en una audiencia que casi de inmediato terminó convertida en una discusión sobre bestialismo. Porque ese es el mundo en el que vivimos ahora.
Para quienes tienen la suerte de no estar familiarizados con Patel, vale la pena hacer un breve repaso. El hombre elegido por Trump para dirigir el FBI sugirió en el pasado que detrás del ataque al Capitolio del 6 de enero hubo una conspiración del “Estado profundo”; despidió a miles de empleados de la agencia tras asumir el cargo; sometió a funcionarios a pruebas de polígrafo para determinar su lealtad al Gobierno de Trump; y supervisó la detención y deportación de miles de personas, la mayoría sin antecedentes penales. También sostiene que no se puede confiar en los medios de comunicación y mantiene una demanda contra The Atlantic por un artículo muy crítico sobre él.
Ah, y además eliminó el requisito que impedía ingresar al FBI a quienes hubieran mantenido relaciones sexuales con animales.
Como muchas de las figuras vinculadas a esta peculiar versión del Gobierno de Trump, Patel combina lo inquietante con lo sarcástico y lo extravagante. Este martes comenzó con el discurso habitual de MAGA sobre cómo transformó el FBI para “dejar que los policías sean policías” y cómo se dedicó a “capturar a los peores criminales”. Después, enumeró las cifras de abusadores de menores y miembros de pandillas encarcelados durante su gestión.
Y entonces comenzaron las preguntas.
“Usted eliminó el requisito que impedía entrar al FBI a personas con antecedentes por robo, prostitución o bestialismo”, le recordó a Patel el senador demócrata Dick Durbin, de Illinois. “¿Eso eleva sus estándares?”. La pregunta llegó justo después de que Patel presumiera de que los estándares de ingreso al FBI nunca habían sido tan altos, en parte gracias a cambios como exigir a los nuevos aspirantes que sean capaces de hacer al menos una dominada. “Nuestros estándares nunca han sido tan altos”, insistió el director.
Cuando Durbin volvió sobre el asunto, Patel explicó que no quería que las “víctimas de bestialismo” quedaran automáticamente excluidas de un puesto en el FBI. La respuesta podría haber sonado razonable de no ser por un detalle bastante evidente: en un caso de bestialismo, la víctima es el animal. “Le ha dado la vuelta a todo”, respondió Durbin con desdén antes de dar por terminada su intervención.
El asunto podría haber quedado ahí, pero el senador republicano John Neely Kennedy, de Luisiana, decidió retomarlo. Primero le pidió a Patel que acercara el micrófono y luego fue al grano: quería entender por qué el FBI había eliminado esas restricciones. “Es para proteger a las víctimas”, respondió Patel. Kennedy puso como ejemplo la prostitución: “Entonces, ¿no se refiere a alguien que frecuentaba prostitutas, sino a alguien que era prostituta?”. Patel asintió. El senador hizo una pausa, pareció aceptar la explicación y, unos segundos después, volvió a inclinarse hacia el micrófono. “¿Y qué hay del bestialismo?”.
A partir de ahí, la conversación se volvió todavía más extraña. Patel repitió que el objetivo era proteger a las víctimas, a lo que Kennedy respondió: “Entonces, ¿no descalifican al animal?”. Patel soltó una risa nerviosa y contestó: “Tenemos perros magníficos, pero no vamos a descalificar a los animales”. Kennedy no parecía encontrarle ninguna gracia. “¿Se da cuenta de que eliminar requisitos como este nos hace quedar mal a todos?”, preguntó. A su juicio, el cambio había perjudicado al FBI porque daba la impresión de que la agencia ya no consideraba el bestialismo un asunto grave.
Fue entonces cuando Kennedy lanzó la pregunta que terminó de llevar el intercambio a un terreno surrealista: “¿Por qué siquiera le interesa el bestialismo?”. Patel respondió casi de inmediato: “No nos gusta el bestialismo”. No es precisamente una frase que uno espere escuchar del director del FBI durante una audiencia en el Senado. “Sé que no”, replicó Kennedy, “pero usted cambió los requisitos e introdujo el tema del bestialismo”.
Patel hizo un último intento por explicar la decisión y señaló que una persona podía haberse visto involucrada con animales de manera “involuntaria”. La aclaración, lejos de resolver las dudas de Kennedy, pareció desconcertarlo todavía más. “¿Cómo puede alguien hacer algo así sin querer?”, preguntó.
Patel acabó por explicar de dónde había salido todo aquello. Según contó, un responsable de reclutamiento le había advertido que una víctima de trata podía ser obligada, como parte de los abusos, a realizar frente a una cámara todo tipo de actos sexuales, incluso con animales. Era un argumento válido, aunque muy específico. Cuesta imaginar que sea una situación habitual entre los aspirantes al FBI y, aun si ocurriera, parece el tipo de excepción que podría contemplarse sin necesidad de eliminar la descalificación automática.
Kennedy seguía sin estar convencido. Si alguien había llegado con una lista de criterios que debían eliminarse y Patel había visto que incluía el bestialismo, preguntó el senador, ¿por qué no le dijo a esa persona, “con todo respeto”, de qué planeta había caído en paracaídas? Patel, quizá consciente de que toda la audiencia empezaba a girar en torno a un único tema, se apresuró a responder: “¡Esa fue mi reacción inicial, senador!”.
La conversación siguió dando vueltas sin llegar a una conclusión clara. Kennedy acabó preguntándole si podía garantizar que una persona que hubiera mantenido relaciones sexuales con animales no podría convertirse en agente del FBI. Patel admitió que no podía dar esa garantía, algo difícil de conciliar con buena parte de lo que había defendido durante los 15 minutos anteriores.
Puede resultar absurdo que una audiencia con el director del FBI dedique tanto tiempo al sexo entre humanos y animales cuando sobran asuntos de mayor peso: las tácticas del ICE, la posibilidad de desplegar agentes federales en centros de votación durante las elecciones de mitad de mandato o los archivos de Epstein, por mencionar algunos. Pero ahí aparece uno de los problemas de interrogar a Patel: rara vez da una respuesta directa. Cuando las preguntas se vuelven incómodas, suele recurrir a una de tres respuestas: hay una investigación en curso, la información que circula no es correcta o él no sabe nada al respecto.
Cuando le preguntaron, por ejemplo, si se publicarían los documentos de Epstein que aún permanecen bajo reserva, Patel se limitó a decir que “siempre investigará” los casos de abuso infantil y añadió: “Así que, si quieren seguir preguntando sobre los archivos de Epstein, adelante”. Sobre si Corey Lewandowski había vendido acceso político para beneficio personal o si el FBI investigaba el asunto, respondió: “No voy a hacer comentarios”. Y cuando le señalaron que cuatro países habían dicho a los medios que no habían recibido todos los documentos relacionados con Epstein necesarios para procesar a posibles responsables, volvió a una de sus respuestas habituales: “La información pública suele ser inexacta”.
Algo parecido ocurrió con las muertes de Alex Pretti y Renee Good, dos ciudadanos estadounidenses abatidos por agentes federales en Minnesota. Patel aseguró que el FBI “apoyará todas las investigaciones”, pero evitó entrar en detalles. Cuando le preguntaron cuántos agentes seguían trabajando en el caso Epstein, contestó que “siempre tenemos varios agentes analizando la información que surge de casos anteriores”. La respuesta no aclaró gran cosa y dejó, además, la impresión de que el FBI considera cerrado el caso Epstein.
Una de las pocas ocasiones en las que Patel pareció dispuesto a dar una respuesta concreta llegó cuando la republicana Marsha Blackburn, de Tennessee, le preguntó qué estaba haciendo para combatir lo que describió como la “atroz práctica” del llamado “turismo de nacimiento”. Esta vez no hubo evasivas. Patel aseguró que trabajaba con el presidente en la redacción de nuevas leyes y que buscaba más recursos y fondos para impedir que ciertos inmigrantes tengan hijos que obtengan la ciudadanía estadounidense por nacimiento.
Esa disposición desapareció cuando Richard Blumenthal, demócrata de Connecticut, le pidió que se comprometiera a no desplegar agentes del FBI en los centros de votación el día de las elecciones. Patel titubeó y Blumenthal aprovechó la vacilación. “¿Está de acuerdo conmigo en que desplegar agentes del FBI sería contrario a la ley?”, preguntó. “No sé si la ley nos permite hacerlo...”, respondió Patel. No era la garantía que el senador buscaba.
Pero el momento más tenso llegó durante el turno de Peter Welch, demócrata de Vermont. Hasta entonces, Patel había alternado evasivas, sarcasmo y algún que otro enfrentamiento. Con Welch perdió la compostura. El senador empezó con una pregunta sencilla: ¿cree que las elecciones de 2020 fueron fraudulentas? Patel guardó silencio antes de refugiarse en que había “muchas investigaciones en curso”. Welch recordó entonces que Trump había afirmado que “la única manera en que los demócratas pueden ganar las elecciones de mitad de mandato es haciendo trampa” y le preguntó si estaba de acuerdo. Patel trató de esquivar la cuestión durante unos segundos hasta que estalló.
“Después del engaño del Russiagate, ¡el presidente tiene todo el derecho a expresar su opinión!”, respondió Patel. Enseguida arremetió contra Welch: “Si quiere seguir mintiendo sobre los hombres y mujeres del FBI solo para conseguir cuatro segundos para su anuncio de campaña...”. Welch intentó retomar las preguntas, pero Patel ya estaba lanzado. En lugar de responder, empezó a repetir, con la voz cada vez más alta, las cifras que había mencionado al comienzo de la audiencia: pandilleros encarcelados, niños desaparecidos encontrados y un país que, según él, era más seguro que nunca.
“Esto es existencial”, insistió Welch. “Se trata de si los ciudadanos de Estados Unidos decidirán estas elecciones o si serán decididas mediante interferencia electoral. ¿Se compromete a no interferir de ninguna manera en las elecciones?”.
“¡Le garantizo que no voy a participar en su farsa de mentiras!”, respondió Patel. “Yo creo en el Estado de derecho. ¿Ya terminó su anuncio de campaña?”. Luego, para sorpresa de muchos de los presentes, cambió de tema y empezó a cuestionar a Welch sobre el crecimiento de su patrimonio mientras ocupaba un cargo público. El presidente del comité tuvo que intervenir.
Welch aún no había terminado. Sacó a relucir la demanda de Patel contra The Atlantic y recibió otra respuesta airada. “Hay una campaña de desprestigio contra mí, en la que usted participa”, dijo Patel. Después volvió a elevar la voz: “¡No puede aceptar que el presidente Trump y su administración hayan hecho de este país un lugar más seguro que nunca!”. Para entonces, aquello se parecía menos a una audiencia de supervisión que a una pelea política.
El minuto que le quedaba a Welch no mejoró las cosas. Patel empezó a repetir que el senador “nunca entenderá” ciertas cosas: que él es muy querido por el equipo olímpico estadounidense, que su gestión ha logrado una reducción histórica del crimen y que Welch era un fraude. Entonces se agotó el tiempo.
La escena resumía bien la jornada: después de horas de interrogatorio, había quedado bastante claro cómo reacciona Kash Patel cuando lo presionan, pero mucho menos qué hace al frente del FBI. La senadora demócrata Mazie Hirono, de Hawái, llegó a una conclusión parecida y decidió ni siquiera formularle preguntas.
“Hoy lo vi esquivar preguntas y negarse a responder”, dijo. También recordó el enfrentamiento con Welch y acusó a Patel de atacar a quienes plantean cuestiones que no quiere contestar. “La lista de sus fallas es larga y, para ser franca, sigue creciendo”, añadió antes de repasar algunos de los problemas personales y estructurales señalados durante su gestión.
“Si creyera que podría obtener una respuesta sincera, le preguntaría cosas como: ¿en qué demonios estaba pensando cuando despidió a 12 expertos en Irán en vísperas de una guerra con Irán?”, dijo Hirono. Pero no veía sentido en hacerlo. Sabía, explicó, que no obtendría una respuesta. Miró al presidente del comité y dio por terminado su turno: “He terminado con este testigo”.
Y ahí está el problema. Uno puede acudir a todas las audiencias que le pidan, pero sentarse frente al Congreso no equivale a rendir cuentas. Si cada pregunta incómoda termina en una evasiva, un eslogan o un ataque personal, la comparecencia se convierte en poco más que una representación.
Se puede hablar de transparencia y evitar respuestas. Se puede denunciar un FBI politizado mientras surgen acusaciones de que la agencia se utiliza con fines políticos. Y se puede responder con indignación cuando una pregunta resulta incómoda. Todo eso deja titulares y escenas insólitas, pero no explica al Congreso ni al público estadounidense qué ocurre dentro del FBI. Cuando quien evita dar esas explicaciones es la persona que dirige la principal agencia federal de investigación del país, el problema va mucho más allá de una audiencia extraña.
Traducción de Leticia Zampedri



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