La vanidad y la paranoia de Trump se reflejan claramente en el deterioro de un estanque en Washington D. C.
La diatriba diaria de Trump sobre la pintura descascarada, la proliferación de algas y las acusaciones de “vandalismo” en el estanque reflectante del Monumento a Lincoln sirven como metáfora de cómo van las cosas en la Casa Blanca estos días, escribe Andrew Feinberg
Si alguien quisiera entender el estado actual de la presidencia estadounidense, no tendría que mirar a la Sala de Crisis, a los cables diplomáticos ni a los pasillos del Congreso. En cambio, solo tendría que mirar las aguas poco profundas, cargadas de químicos y repletas de algas del Estanque Reflectante del Monumento a Lincoln, en el parque National Mall, en Washington D. C.
En una capital que enfrenta numerosas crisis nacionales e internacionales, el 47.º presidente de EE. UU. ha dedicado la mayor parte del último mes a una obsesión cada vez más descabellada con un proyecto de paisajismo que salió terriblemente mal. Es un espectáculo que resume a la perfección el enfoque gubernamental de la actual Administración: una fijación implacable en la estética superficial, una total incapacidad para asumir la responsabilidad por un trabajo mal hecho y la disposición a instrumentalizar al Gobierno federal contra enemigos imaginarios para salvar las apariencias.
La saga comenzó como un clásico acto de vanidad. De cara al próximo 250° aniversario de la independencia del país, el mandatario decretó que el fondo de piedra gris tradicional de la histórica piscina era insuficiente. Mediante un contrato de 14 millones de dólares, supuestamente adjudicado sin licitación a una empresa vinculada a sus clubes de golf, la piscina fue recubierta con una sustancia gomosa bautizada como “azul bandera estadounidense”.
Trump quedó tan encantado con la renovación estética que ordenó que le organizaran una caravana de vehículos para que lo llevara a ver la cuenca vacía y recién pintada en mayo, tratando un monumento nacional sagrado como si fuera el sitio de un posible proyecto de condominios de lujo.
En varios actos celebrados en la Casa Blanca durante las últimas semanas, ha disertado sobre el proyecto durante 10 o 15 minutos seguidos, explayándose (incluso para lo que es habitual en él) sobre cómo el revestimiento duraría años y era tan resistente que no podría dañarse.

Pero las leyes estéticas internalizadas de Trump acabaron cediendo ante las leyes de la física y la biología; casi inmediatamente después de que se volviera a bombear el agua, la gran ilusión empezó a desmoronarse.
El revestimiento oscuro absorbía el calor y mantenía el agua caliente y sellada en la piscina, creando así un sistema cerrado y un entorno favorable para el crecimiento de organismos que han plagado el estanque decorativo durante años.
Unas algas de color verde brillante proliferaron rápidamente sobre el lienzo azul patriótico de Trump.
Los trabajadores del Servicio de Parques de EE. UU. vertieron grandes bidones de peróxido de hidrógeno en el agua en un intento desesperado por acabar con las plantas acuáticas.
La cosa empeoró. El calor del verano, sumado al baño químico, provocó que el revestimiento gomoso recién aplicado a Trump se despegara y se desprendiera en largas y feas tiras.
Lo que Trump esperaba que fuera un triunfo estético que pudiera usar para presumir de cómo está haciendo de Washington una ciudad “segura y hermosa” en su celebración del Día de la Independencia, que coincidiría con un mitin de MAGA la próxima semana, se había convertido en un lodazal vergonzoso en pleno National Mall.

Para un presidente cuya identidad política se basa en proyectar una imagen impecable y dorada de éxito, este fracaso tan público no podría ser más perjudicial.
Sin embargo, en lugar de reconocer lo obvio —que quizás pintar un estanque exterior de 600 m de largo, expuesto al sol, con caucho azul oscuro podría alterar su delicado equilibrio químico y térmico—, Trump, como era de esperar, ha optado por inventar una vasta y nefasta conspiración.
“De las muchas estatuas y fuentes que reconstruimos, renovamos, limpiamos y arreglamos, la única que fue vandalizada fue el estanque reflectante, ¡del cual nos estamos ocupando lo antes posible!”, gritó Trump a sus seguidores en Truth Social.
Según el presidente, la pintura descascarada y la proliferación de algas no son el resultado de un trabajo de contratista apresurado y científicamente deficiente. Son obra de saboteadores.
“Seis personas han sido arrestadas y siete han recibido citaciones por los daños causados al ahora hermoso Estanque Reflectante de nuestro país”, publicó en Truth Social el martes, y continuó, en un discurso cada vez más paranoico: “El tajo de 107 m, hecho con un cuchillo muy afilado o navajas, en realidad está formado por numerosos cortes a lo largo de 107 m. Fue un acto deliberado y criminal, y alguien tuvo que esforzarse mucho, probablemente en la oscuridad de la noche, para crear tal situación”.
“Asimismo, la pequeña área en el fondo del estanque fue cortada y levantada con fuerza de la superficie, dejando bordes muy irregulares y dentados. Las grandes áreas de césped se están reponiendo. En cualquier caso, incluso antes de reparar esas áreas, el estanque reflectante luce tan hermoso como puede lucir. Vaciaremos parte del agua, justo antes o después del 4 de julio, para realizar la reparación definitiva”, añadió.
No importa que semanas atrás se jactara de que el revestimiento de goma no podía dañarse con ningún objeto punzante; ahora ha cambiado de estrategia y acusa públicamente a asaltantes invisibles de haberse colado burlando la estricta seguridad del National Mall, de haber usado “algún tipo de cuchillo o hoja” para hacer una “hendidura de 76 m de largo en la hermosa fachada” y de haber vertido ilegalmente productos químicos corrosivos en el agua para cultivar algas deliberadamente.
Tras una visita personal muy publicitada a la zona afectada, el líder ofreció un diagnóstico definitivo y contundente de la situación: “Acabo de inspeccionarlo y solo pude decirme a mí mismo y a los que me rodeaban: ¡Guau! ¿Quién haría algo así? ¡Gente enferma y desquiciada! ¿Lo arreglaremos?”.
La ironía de que un presidente exija a la nación que se centre en un estanque reflectante literal mientras él mismo se niega a realizar una verdadera introspección resulta casi demasiado obvia para la sátira política moderna. Sin embargo, las implicaciones en el mundo real de este caótico episodio son profundamente preocupantes.
Una cosa es que un promotor inmobiliario se enfurezca por una piscina mal construida en un club de campo. Otra muy distinta es que el presidente de EE. UU. utilice los recursos del poder ejecutivo para resolver sus propias quejas estéticas.
Siguiendo órdenes directas de la Casa Blanca, el Servicio de Parques Nacionales se ha visto obligado a verter litros de peróxido de hidrógeno en el agua en un intento desesperado, y en última instancia destructivo, por eliminar las algas. Mientras tanto, el Departamento de Justicia se ha visto involucrado en el conflicto. La fiscal federal del Distrito de Columbia, Jeanine Pirro, ha advertido públicamente sobre graves cargos penales para cualquiera que sea sorprendido añadiendo productos que generen algas al agua. El propio Trump ha amenazado explícitamente con penas máximas de diez años de prisión federal para los supuestos responsables.
¿Y quiénes son estos supuestos “vándalos” peligrosos que están siendo detenidos por la policía? Uno de ellos es David Hearn, un exciclista olímpico de 67 años que fue arrestado por la policía de parques de EE. UU. por un delito menor simplemente por meter la mano en la piscina por curiosidad para tocar un trozo de la pintura que ya se estaba descascarando.
La yuxtaposición entre la trivialidad de la queja y la severidad de la respuesta institucional es chocante. Mientras la Casa Blanca orquesta una represión interinstitucional contra la escoria de la piscina y los pensionistas curiosos, la gobernanza real languidece. El presidente se pasa los días exigiendo que se vacíe y se vuelva a pintar un estanque, al tiempo que emite revisiones históricas sin sentido, afirmando que el agua ahora tenía un “acabado como un espejo, que refleja a la perfección los dos Grandes Monumentos, ¡algo que nunca antes había tenido!”.
Esta es la realidad del Gobierno estadounidense actual: un poder ejecutivo debilitado donde los caprichos de un solo hombre dictan las prioridades de la aplicación de la ley federal y la gestión ambiental. La reacción al fiasco del Estanque Reflectante aniquila cualquier ilusión de que esta Casa Blanca esté interesada en las tareas más importantes de la presidencia. Trump es un hombre obsesionado con las apariencias, que se enfurece por la pintura descascarada mientras los cimientos estructurales más profundos del país quedan completamente desatendidos.
En definitiva, el estanque reflectante del Monumento a Lincoln ha cumplido exactamente lo que su nombre indica. Ha ofrecido un reflejo perfecto y sin adornos del hombre que actualmente ocupa la Oficina Oval: obsesionado con el espectáculo, alérgico a la realidad y completamente consumido por la superficialidad más absoluta.
Traducción de Sara Pignatiello


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