La “filtración” en un laboratorio ruso hace que las medidas de salud de Trump sean aún más preocupantes
Tras la retirada de Trump de la OMS y el recorte de fondos para la investigación médica, científicos estadounidenses me comentaron su temor a que China se convirtiera en el líder mundial de la ciencia. Situaciones como esta ponen de manifiesto el riesgo que supuso esa decisión, escribe Holly Baxter

Hay mucho que desconocemos sobre lo ocurrido en Siberia, Rusia. Lo que sí sabemos es que una joven de 28 años, trabajadora de laboratorio en un instituto de investigación contra la peste en el óblast de Irkutsk, falleció la semana pasada tras desarrollar una neumonía grave. Las autoridades rusas describieron su enfermedad como una neumonía de origen desconocido y afirmaron que las pruebas no habían arrojado ninguna relación con los patógenos peligrosos con los que trabajaba la mujer. Sin embargo, han circulado rumores de que podría haber roto accidentalmente un tubo de ensayo que contenía bacterias de la peste, y el hospital donde fue tratada ha sido puesto en cuarentena. Alrededor de 200 personas que podrían haber tenido contacto con ella se encuentran bajo observación.
Así que no, no se trata de covid de nuevo. Y puede que ni siquiera sea un brote de peste. Pero la posibilidad de un accidente de laboratorio que involucre a Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste, es lo suficientemente alarmante como para haber atraído la atención internacional.
La peste neumónica es particularmente peligrosa porque se transmite entre personas a través de gotitas respiratorias. Sin embargo, es una enfermedad bacteriana, no viral, lo que significa que generalmente se trata con antibióticos si se detecta a tiempo. Además, no es muy contagiosa: para contraerla, habría que estar en contacto muy cercano con una persona infectada. Nada de esto aplica para el covid-19.
El doctor Simon Clarke, profesor asociado de microbiología celular en la Universidad de Reading, contextualizó la teoría de las fugas en laboratorios: “No es raro que los patógenos escapen de los laboratorios”, afirmó. Los laboratorios de alta contención están diseñados precisamente para esta posibilidad, con múltiples capas de protección, cabinas de seguridad, sistemas de ventilación y procedimientos estrictos. Las infecciones adquiridas en laboratorios son poco frecuentes, y “un tubo roto no provocaría automáticamente una exposición o infección”. Sin embargo, añade, los tubos de ensayo se usan poco hoy en día, lo que plantea preguntas adicionales.
Todo esto significa que “muchísimas cosas debieron haber salido mal” para que una trabajadora se infectara de la manera que se ha informado.
El Instituto de Investigación contra la Peste de Irkutsk es un gran centro de indagación que se ocupa del tipo de bacteria de la peste que todavía circula entre los animales en Siberia (y otras partes del mundo). Irkutsk está muy lejos de las principales ciudades internacionales como Moscú y San Petersburgo: la distancia es similar a la que hay entre Nueva York y Los Ángeles, lo que requiere vuelos de siete horas o viajes en tren de varios días a través de paisajes desolados. Además, la región de Siberia, que limita con Mongolia y China, tiene patrones climáticos muy diferentes a los de las partes europeas de Rusia, que limitan con lugares como Finlandia y Ucrania.
Todo este contexto es importante si se considera la posible eficacia de una cuarentena y por qué un laboratorio de investigación de la peste podría estar ubicado en Irkutsk. De hecho, según informes de los medios locales, todo el instituto se encuentra actualmente confinado con alrededor de 60 personas en su interior. Sin embargo, nada de esto resulta del todo tranquilizador para un mundo que aún se recupera de la pandemia de covid-19.
El Gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirma estar siguiendo de cerca la situación. El secretario de Estado del país, Marco Rubio, declaró el lunes que la estaba monitoreando atentamente y que no creía que fuera motivo de alarma. Por su parte, las agencias estadounidenses, incluidos los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades) y el Departamento de Estado, al igual que todos los demás, siguen buscando obtener más información. Lamentablemente, la Administración Trump se ha perjudicado a sí misma en este sentido.
EE. UU. se retiró formalmente de la OMS (Organización Mundial de la Salud) en enero, poniendo fin a su membresía, financiación y aporte de personal, en medio de acusaciones de motivaciones políticas y falta de transparencia. La OMS no es perfecta —y Rusia ciertamente no es el país más transparente del mundo—, pero fue nuestra mejor opción en lo que respectaba al intercambio de información durante la pandemia de covid-19.
EE. UU., por supuesto, aún puede recabar información sobre la situación actual. Sin duda, puede comunicarse directamente con Rusia. Pero la vigilancia epidemiológica mundial funciona mejor cuando la información se difunde rápidamente y los científicos y funcionarios de salud pública cuentan con canales establecidos para compartirla. Y aunque Putin y Trump han tenido algunas visitas amistosas, el propio Trump se quejó durante los primeros días de la guerra de Ucrania de que, tras una llamada telefónica con Putin que creía que había ido bien, podía enterarse un par de horas después de que Rusia acababa de bombardear un hospital.
EE. UU. está definiendo su papel en la próxima era de la ciencia biomédica. La Administración Trump restringió el apoyo federal a la investigación, desestabilizó los NIH (Institutos Nacionales de la Salud de EE. UU.), dificultó la obtención de visas para estudiantes extranjeros talentosos que desearan estudiar en universidades de élite en el país, y obstaculizó la colaboración entre científicos estadounidenses e internacionales. Al preguntar a investigadores de vanguardia en genética e investigación oncológica en Nueva York sobre el impacto de estas medidas en su trabajo, me respondieron que su trabajo se había ralentizado y fragmentado hasta el punto de creer que China se convertiría en el líder mundial en avances biomédicos. En su opinión, el daño ya estaba hecho.
Como aliados de larga data, China y Rusia ya mantienen una comunicación más estrecha que la que EE. UU. tiene con cualquiera de los dos países. Si China se convierte en líder mundial en investigación médica, Rusia se sumará a este éxito. Compartirán avances y experimentos tanto pública como privadamente, especialmente en tiempos de emergencia y cuarentena. Serán más transparentes entre sí que con el resto del mundo. Las investigaciones actuales sugieren que EE. UU. aún tiene ventajas significativas en la calidad y el alcance comercial de su ciencia biomédica. Sin embargo, China está reduciendo la brecha, particularmente en áreas como los ensayos clínicos, el desarrollo y la fabricación de medicamentos.
El país que logre secuenciar un patógeno más rápido, desarrollar un diagnóstico con mayor celeridad, probar un tratamiento con mayor rapidez y fabricarlo a gran escala, es un país que está construyendo la infraestructura que determinará la rapidez con la que podrá proteger a su población ante un imprevisto. Es aquí donde el enfoque vago y superficial de Trump hacia la medicina comienza a generar gran preocupación entre los estadounidenses.
EE. UU. dedicó décadas a construir una extraordinaria infraestructura científica y de salud pública, en parte porque las enfermedades infecciosas no respetan las fronteras nacionales. Ahora, en un momento en que la tecnología biológica se está volviendo más poderosa, más trascendental y más importante estratégicamente, el país se está distanciando de algunas de las instituciones y estructuras de investigación internacionales que contribuyeron a darle esa ventaja. Una firme creencia en el individualismo desenfrenado ha mermado la capacidad de EE. UU. para ejercer una influencia mayor y más efectiva desde dentro de un grupo.
Mientras tanto, a más de 1.600 km de distancia, los funcionarios rusos no parecen ponerse de acuerdo sobre si hubo o no una fuga en el laboratorio; sin embargo, la presencia de suficientes medios locales (y redes sociales) en Irkutsk ha permitido conocer detalles sobre el cierre de hospitales y el uso obligatorio de mascarillas. Contactos en la ONU me comentaron que la semana pasada habían comenzado a oír rumores sobre una fuga en un laboratorio ruso, pero ningún miembro del cuerpo diplomático del país había confirmado nada concreto. Así es como suele filtrarse la información desde Rusia: a través de rumores, con un intento de control estatal que no se sostiene del todo y mucha fanfarronería sobre la falta de confianza en los medios. No es una estrategia ganadora.
Sin embargo, el incidente de Irkutsk podría resultar ser simplemente una historia escalofriante sobre una trabajadora de laboratorio que murió de una enfermedad que nunca fue la peste neumónica; o tal vez se demuestre que sí fue la peste, y una grave filtración, seguida de cuarentenas exitosas y lecciones aprendidas. Pero no es, ni mucho menos, el único patógeno que debería preocuparnos.
Desde el ébola hasta los demás coronavirus que ya circulan por el mundo, existen virus y bacterias con el potencial de convertirse en epidemias dadas las condiciones adecuadas, o inadecuadas. La única defensa real reside en lo que no es tan atractivo: la comunicación abierta, instituciones que funcionen correctamente y países dispuestos a compartir información antes de que un patógeno cruce sus fronteras.
Cabría esperar que los países más poderosos del mundo lo comprendieran. Pero nada de eso garantiza una frase pegadiza que se pueda compartir, así que quizás la esperanza sea lo único que nos queda.
Traducción de Sara Pignatiello


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