Christa Pike despertó “furiosa” tras sobrevivir a su fallida ejecución. Y, francamente, no puedo culparla
Ninguna sociedad civilizada debería tratar a las personas como si fueran ganado, sostiene Victoria Richards

Si fuera una obra de ficción, la historia resultaría grotesca: la vida de una mujer pende de un hilo mientras el Estado vacila entre ejecutarla o perdonarle la vida. Primero, la ejecución está programada para las 10 a. m. del miércoles, pero una suspensión de última hora detiene el procedimiento y la mujer puede respirar aliviada. Después, otro grupo de personas revoca la decisión y determina que debe morir. Una vez más. El Estado intenta ejecutarla mediante una inyección letal y, cuando no funciona, le administra una segunda dosis, que tampoco da resultado. Como consecuencia, la mujer atraviesa una agonía física y emocional. ¿Quién gana? Nadie.
Pero esto no es ficción, por supuesto. Esta es la historia de Christa Pike, de su vida y de un intento de ejecución que fracasó.
Pike, de 50 años, fue trasladada de urgencia a un hospital el 30 de septiembre, después de sobrevivir a dos dosis de pentobarbital, el fármaco utilizado para las ejecuciones, en la prisión de máxima seguridad de Riverbend, en Nashville. Según su abogado, continúa recuperándose y ya puede ponerse de pie y caminar, aunque su equipo legal aseguró que no recuerda nada de lo sucedido y que se siente “enojada y confundida”. No la culpo.
Pike se convirtió en la mujer más joven condenada a muerte en Estados Unidos cuando, a los 18 años, recibió la sentencia en 1996 por torturar y asesinar a Colleen Slemmer, una compañera de clase de 19 años. Desde entonces, su vida parece haberse convertido en un espectáculo cruel y absurdo, una lucha de gladiadores al estilo de Los juegos del hambre. Es grotesco, inhumano e indecente. Nada de esto la absuelve de su crimen, porque nada podría hacerlo, ni tampoco le devolverá la vida a Colleen. Pero sí nos degrada como sociedad y nos arrastra a un nivel de brutalidad que no es mejor que el de aquella joven que asesinó a otra de forma cruel, fría y sin sentido.
También hay algo profundamente distópico en la manera en que se presenta esta noticia. Me desperté con dos alertas de última hora en el teléfono y, todavía entre sueños, entrecerré los ojos para leer unos titulares que anunciaban que Christa Pike, una mujer de 50 años, de carne y hueso, había sido “elegida para morir” después de todo, como si participara en un macabro concurso televisivo. Decían que había sobrevivido a dos inyecciones letales, que Tennessee había fracasado en su intento de ejecutarla y que, de alguna manera, había logrado sobrevivir a aquel procedimiento medieval en la prisión de máxima seguridad de Riverbend, en Nashville, antes de ser trasladada de urgencia a un hospital.
Los funcionarios le administraron pentobarbital en dos ocasiones y, según los testigos, la cortina de la cámara de ejecución se cerró y volvió a abrirse dos veces mientras el procedimiento seguía en marcha.
El equipo legal de Pike sostiene que fue sometida a una “agonía innecesaria” y que la duración del intento de ejecución le provocó “sufrimiento físico y mental adicional”. También calificó su supervivencia de “un hecho sin precedentes”. ¿No resulta estremecedora la tortura psicológica de decirle a una persona que va a morir y, peor aún, obligarla a vivir durante 32 años en prisión bajo esa amenaza, para después suspender, reanudar y volver a alterar el procedimiento en apenas 24 horas de auténtico infierno?
¿Acaso caerá una lluvia de confeti para el gobernador de Tennessee, Bill Lee, quien anunció una “revisión exhaustiva a cargo de un tercero para determinar con exactitud qué ocurrió” y prometió que las demás ejecuciones programadas no se llevarán a cabo este año? ¿O habrá quienes esperen con ansias que todo este proceso sórdido, aterrador y sádico se reanude el próximo año, con todavía más pompa y espectáculo, quizá incluso con globos?
¿O acaso piensan, como yo, que la pena de muerte es una práctica grotesca y obscena, porque ninguna sociedad civilizada debería tratar a los seres humanos como si fueran ganado?
No soy la única que piensa así. Hace algunos años, este periódico lanzó una campaña para abolir la pena de muerte, con el objetivo de generar conciencia, impulsar acciones y, en última instancia, erradicar la pena capital. Sin embargo, la pena de muerte sigue siendo legal en 27 estados de Estados Unidos, lo que pone de manifiesto profundas desigualdades. Si hay algo que revela la falta de justicia y equidad de un país, es observar a quiénes decide condenar a muerte.
Basta con revisar las cifras: en los últimos 50 años, Estados Unidos ejecutó al menos a 1.682 personas y, según el Centro de Información sobre la Pena de Muerte, el 34 % eran personas negras y el 8 %, latinas. Numerosos estudios han documentado las desigualdades raciales en la aplicación de la pena capital, a las que se suma el riesgo siempre presente de cometer errores judiciales.
Estados Unidos también se distingue por el trato que da a sus condenados, en un contexto en el que el resto del mundo avanza hacia la abolición de la pena capital. Según las Naciones Unidas, 170 de sus 193 Estados miembros ya eliminaron las ejecuciones o dejaron de aplicarlas.
Por eso, no me sorprende que las ejecuciones hayan aumentado de forma drástica desde que Donald Trump regresó al poder en enero de 2025. El año pasado se llevaron a cabo 47, la cifra anual más alta desde 2009, y en lo que va de 2026 ya se registraron otras 28. Este Gobierno ha demostrado una particular insensibilidad ante el sufrimiento humano, como reflejan los estragos de la guerra en Irán y las operaciones del ICE en las propias calles estadounidenses.
De hecho, el Gobierno de Joe Biden había retirado el pentobarbital del protocolo federal de inyección letal con un solo fármaco por temor a que provocara dolor y sufrimiento innecesarios, una preocupación que el caso de Pike parece reforzar. Sin embargo, el Gobierno de Trump volvió a incorporarlo.
A mi juicio, el trato que recibió Christa Pike constituye un castigo cruel e inusual que debería llevarnos a reflexionar sobre lo que estamos dispuestos a permitir como sociedad y a recuperar nuestro sentido de humanidad.
Traducción de Leticia Zampedri

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