Mientras caen misiles sobre Israel, afloran tensiones entre Netanyahu y Trump
En una sinagoga de Beit Shemesh, donde un misil iraní de media tonelada logró evadir las elogiadas defensas aéreas de Israel y destruyó un refugio antiaéreo, con un saldo de 11 muertos, Donald Macintyre comprueba que el respaldo a la guerra entre los residentes permanece intacto, al menos por ahora
Las sirenas sonaban por la mañana cuando nos acercábamos al lugar del ataque más letal de Irán contra Israel hasta ahora. También habían sonado menos de 24 horas antes, minutos antes de que un misil balístico arrasara una sinagoga y las viviendas contiguas, con un saldo de 11 muertos y decenas de heridos. Esta vez, en cambio, los residentes salieron de los refugios poco después, tras oír tres explosiones lejanas que indicaban que los proyectiles habían sido interceptados por las defensas antimisiles.
El día anterior fue muy distinto: entre las losas de concreto desplazadas y la mampostería destrozada que alguna vez fueron el corazón de esta comunidad en Beit Shemesh, se abría una depresión poco profunda en el suelo. Allí se encontraba el refugio público bajo la sinagoga. El misil logró evadir las formidables defensas aéreas de Israel que, aunque precisas, no pueden detenerlo todo. Entre los muertos —tres hermanos adolescentes, una madre y su hijo, entre otros— había personas que buscaron resguardo en ese lugar; sin embargo, la carga de media tonelada del misil balístico iraní anuló cualquier protección.

Mordechai Shadi, funcionario público de 42 años que vive frente a una de las casas destruidas, lo explicó con crudeza: “El refugio puede protegerte si el misil cae cerca, incluso al lado. Pero no si impacta directamente en el edificio donde estás”.
Para muchos en Israel, la devastación no ha debilitado el respaldo a la guerra contra Irán impulsada por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Shadi, que perdió amigos y vecinos cercanos, también sufrió daños en su vivienda: la onda expansiva no solo rompió ventanas en toda la calle, sino que abrió grandes huecos en su techo al desprender muchas de sus tejas rojas. Asimismo, se registraron daños similares en viviendas ubicadas hasta a 200 metros.
Con su kipá visible, símbolo de que pertenece al 80 % de la población judía religiosa de Beit Shemesh, sostuvo: “Había que atacar a Irán. No había otra opción. Si no actuamos hoy, ¿qué nos espera mañana?”.
No fue el único en expresarlo. A pocas puertas, el electricista Dror Azulai, de 50 años y de perfil laico, que también perdió amigos en el ataque, coincidió: “Debió hacerse hace mucho tiempo. [Irán] es un país que amenaza al mundo”.
Sin embargo, sigue sin estar claro cuánto falta para neutralizar esa amenaza percibida —y a qué costo—, ya sea que el objetivo sea derrocar al régimen en Teherán o desmantelar de forma definitiva su programa nuclear. Como suele suceder, las señales han sido contradictorias: Trump, aunque evita el término, parece inclinarse por el primer escenario; en cambio, su secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó el lunes que el objetivo se limita al segundo.

Sea como sea, los primeros días de la guerra representaron un éxito rotundo desde la perspectiva de la alianza entre Estados Unidos e Israel. La inteligencia que permitió localizar al ayatolá octogenario Jomeini y a varios de sus altos funcionarios —y que, además, adelantó el inicio del conflicto respecto del plan original previsto para la noche— condujo a lo que los analistas estratégicos denominan una “decapitación”: la eliminación no solo del líder supremo, sino también de varios responsables militares y gubernamentales clave, aunque no de todos.
En contraste, la represalia iraní contra Israel —que, a diferencia del año pasado, no incluyó ataques contra bases estadounidenses ni contra un número relevante de objetivos en los estados árabes del Golfo— ha sido más errática y, en apariencia, menos estratégica que durante la guerra de 12 días. Aun así, ha bastado para mantener a millones de israelíes en habitaciones seguras y refugios antiaéreos durante buena parte de los últimos tres días, además de forzar el cierre de escuelas.
También resulta evidente que el régimen iraní se preparó para la guerra en la medida de lo posible tras el desgaste de sus recursos militares el año anterior. Jameneí ya había activado un eventual proceso de sucesión y dejó como líder interino al jefe del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, quien afirmó que no negociará con Estados Unidos. Por ahora, no existen señales claras de que Irán se encamine hacia una rendición.
La incógnita, por tanto, no es solo el desenlace, sino también la duración del conflicto. Trump, poco inclinado a evitar cifras incluso cuando carecen de sustento, aseguró que la alianza alcanzará sus objetivos en “cuatro semanas o menos”.
Sin embargo, Amos Harel, influyente analista militar de Haaretz, advirtió sobre una posible diferencia entre el presidente y el primer ministro. Según su lectura, Netanyahu buscaría “llegar hasta el final”, lo que implicaría derrocar al régimen y alterar el equilibrio regional de poder; Trump, en cambio, no suele respaldar guerras prolongadas, una postura comprensible ante las dudas que generan incluso dentro del movimiento Maga.

Para Netanyahu, resulta evidente que la caída del régimen iraní, más allá de su valor estratégico, podría fortalecerlo ante la posibilidad de una derrota en este año electoral, ya que muchos votantes todavía lo responsabilizan por haber permitido las matanzas del 7 de octubre, cuando Hamas asesinó a 1.200 israelíes hace tres años. Sin embargo, si pretende sostener la guerra el tiempo necesario para cumplir sus objetivos, depende del respaldo material constante de Estados Unidos. En ese contexto, la decisión de Trump será decisiva.
En Beit Shemesh, Gili Perez, de 50 años y vecina de Shadi, ofreció una postura más matizada. Aunque está convencida de que fue correcto iniciar la guerra y sostiene que “no se puede hablar con ellos [la dirigencia iraní], están tan locos”, reconoce que preferiría una salida negociada si la alternativa fuera un conflicto sin fin. “La gente apenas puede salir de sus casas y las escuelas están cerradas”, señaló. También contó que su hijo de 16 años ha terminado durmiendo en el refugio y añadió: “En Israel estamos acostumbrados a todo, pero tres años de guerra ya es suficiente”.
Por ahora, la ofensiva mantiene el respaldo de la opinión pública israelí; sin embargo, la incógnita es si esa misma sociedad estará dispuesta a asumir el costo que podría implicar, sobre todo si Netanyahu opta por prolongarla hasta alcanzar su propio momento de victoria.
Traducción de Leticia Zampedri







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