Madonna regresa a la cima con su nuevo álbum, ‘Confessions II’
Con guiños a sus inicios en la escena de clubes de Nueva York, la nueva música de la reina del pop es una celebración de la pista de baile, concebida para hacerte bailar hasta quedar empapado de sudor
Madonna es la reina de la reinvención. Cada vez que sentía que la música comercial empezaba a imitar demasiado las tendencias que ella misma había impulsado, cambiaba de piel. Durante años, algunos críticos sostuvieron que esas transformaciones —el símbolo sexual, la Reina del Pop, la buscadora espiritual, la vaquera o la dominatrix— servían para distraer la atención de una supuesta falta de talento. Una idea absurda: su música siempre transmitió la emoción de lo nuevo, de lo arriesgado y de lo inesperado.
Su nuevo álbum es una prueba de ello. Es su mejor trabajo desde Confessions on a Dance Floor (2005), nuevamente producido junto a su colaborador de confianza, Stuart Price. Así como aquel disco surgió tras la tibia recepción comercial de American Life (2003), Confessions II, que llega después del irregular Madame X (2019), funciona como un oportuno recordatorio de por qué Madonna sigue siendo una figura esencial del pop.
Las nuevas estrellas femeninas del género atraviesan un momento brillante. Chappell Roan, Olivia Rodrigo, Billie Eilish, Sabrina Carpenter y Charli XCX desmienten la vieja idea de la industria de que solo puede haber una mujer en la cima. Al invitar a Carpenter a participar en el deslumbrante tema house ‘Bring Your Love’, Madonna parece responder tanto a quienes intentan encasillarla como a quienes hacen lo mismo con cualquier artista femenina del pop: "No opines sobre mis ideas. No quiero tus juicios ni tus expectativas. No me trates como si fuera un juguete. Tu imagen de mí acaba con la alegría".
Tras descubrir la escena nocturna neoyorquina a finales de los años setenta, poco después de mudarse a la ciudad para perseguir su sueño de convertirse en bailarina, Madonna se confirma como la guía perfecta para este viaje.
El recorrido comienza con ‘I Feel So Free’, una canción que incorpora un sample del pionero del house de Chicago Lil Louis. Una oleada de sintetizadores abre la puerta a un universo oscuro, hipnótico y profundamente nocturno. "A veces me gusta esconderme en las sombras", susurra. "Crear una nueva personalidad... una identidad diferente. Puedo ser quien quiera ser". La tensión crece sobre un ritmo constante mientras lanza una invitación imposible de ignorar: "Vengan a encontrarse en la pista de baile".
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A partir de ahí, Madonna y Stuart Price conducen al oyente por un recorrido cuidadosamente construido. Una de las primeras paradas es 'Danceteria', un homenaje al legendario club de Manhattan donde el DJ Mark Kamins hizo sonar por primera vez 'Everybody', su sencillo debut, en 1982.
Durante una sesión de escucha del álbum para la prensa, Price explicó que varias canciones incluyen guiños deliberados a algunos de los mayores éxitos de Madonna. En 'Danceteria', por ejemplo, hay ecos de 'Vogue', tanto en su ritmo sensual y cadencioso como en esa invitación irresistible a levantarse y bailar. Coproducida junto al productor Andrew Watt —quien en los últimos años revitalizó los proyectos de los Rolling Stones y Paul McCartney—, la canción celebra el hedonismo de los años ochenta y despliega una sucesión de referencias a figuras que marcaron aquella época, desde Lou Reed hasta la actriz Debi Mazar, amiga íntima de Madonna desde hace décadas.
Con 16 canciones y poco más de una hora de duración, Confessions II se siente ligeramente extenso. Price contó que Madonna probaba los temas mientras entrenaba en el gimnasio, y resulta fácil creerlo: este es un disco pensado para mantener el cuerpo en movimiento, incluso hasta el agotamiento.
'Everything' endurece el pulso con una energía que por momentos recuerda a 'Bonkers', de Dizzee Rascal, mientras Madonna adopta un tono desafiante: "No está bien", le reprocha a alguien que la decepcionó. "Con eso no juego".
La colaboración con el DJ y productor neerlandés Martin Garrix en 'Bizarre' también resulta una de las sorpresas del álbum. Garrix, habituado a los grandes festivales y a sus residencias en Ibiza, suele privilegiar el impacto inmediato —estribillos explosivos y caídas diseñadas para levantar al público—, mientras que Price domina el arte de construir la tensión poco a poco. Contra todo pronóstico, la combinación funciona.
Como ya ocurría en Confessions on a Dance Floor, Price y Madonna enlazan las canciones con transiciones casi imperceptibles que recrean la sensación de una noche continua en la pista de baile. Incluso evocan momentos concretos de esa experiencia. En 'School', dos desconocidos cruzan miradas mientras los envuelven un ritmo oscuro y sinuoso y una percusión brillante.
Luego llega 'Fragile', un emotivo homenaje al hermano de Madonna, Christopher, fallecido el año pasado. La canción representa ese instante en que la euforia se desvanece y aparece la soledad cuando la música termina y la pista queda vacía.
El cierre emocional llega con 'Betrayal', coproducida junto a Mirwais, otro colaborador histórico de la cantante que participó en Music (2000). Es una de las composiciones más íntimas y vulnerables del álbum. Construida sobre la delicada Gnossienne n.º 1, de Erik Satie, transforma esa pieza para piano, de aire hipnótico y casi místico, en un motivo repetitivo que acompaña el tono introspectivo de Madonna.
"Abran la represa", canta. "Dejen que el agua lo inunde todo. Déjenla ir, déjenla ir, déjenla ir".
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Si hubiera una frase capaz de resumir las intenciones de Madonna con este álbum, sería esa. El hilo conductor de Confessions II es la catarsis y la sensación de libertad que nace de dejar las cosas atrás.
Ya sea al dar salida a resentimientos reprimidos junto a su hija Lourdes en 'The Test', o al aceptar que aquel apuesto guitarrista de St. Mark's Place, que "tenía cara de Marlon Brando", nunca fue para ella, la joven que llegó al Lower East Side, Madonna parece desprenderse del peso del pasado.
El resultado es su mejor música en dos décadas.
Traducción de Leticia Zampedri







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