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Análisis

No me interesa mucho Taylor Swift, pero su boda en el MSG me provoca un gran “uff”

Nueva York se ha transformado en un paraíso para los ultrarricos que aún pretende presentarse como una ciudad para todos. No sorprende que Taylor Swift, Travis Kelce y su exclusivo círculo de amigos quieran celebrar una boda en pleno corazón de Manhattan, justo cuando el país conmemora el 250.º aniversario de su independencia. Pero la famosa pareja no es el problema: es apenas el síntoma de una ciudad cada vez más diseñada para quienes pueden permitírsela, escribe Holly Baxter

Video: Comienzan los preparativos de la boda de Taylor Swift en el MSG
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La boda de Taylor Swift y Travis Kelce en el Madison Square Garden —¡durante el fin de semana del 4 de julio!— dista mucho de ser la primera ocasión en que Nueva York se adapta a los caprichos de una celebridad. Tampoco es la primera vez que una estrella gasta una fortuna en una fiesta. Parafraseando a la propia Swift: bienvenidos a Nueva York.

La verdad es que pertenezco a ese reducido grupo de personas que nunca ha sentido una devoción especial por Taylor Swift. Me encantan los gatos Scottish Fold, creo que 'Blank Space' es una de las mejores canciones pop jamás escritas y, como madre casada de treinta y tantos, todavía me descubro cantándola a todo pulmón en la ducha con una intensidad que hace pensar que sigo superando una ruptura ocurrida hace más de una década. Disfruté Father Figure y Elizabeth Taylor, y no creo que sea vulgar ni desleal por escribir abiertamente sobre sus relaciones, algo que los hombres llevan haciendo sin mayores cuestionamientos desde hace décadas. Sus letras no compiten con las de Leonard Cohen ni su voz con la de Whitney Houston, pero nunca esperé eso de ella, así que tampoco me decepciona.

Sin embargo, mientras ella y Travis Kelce celebran la que probablemente será la boda de celebridades de la década durante el fin de semana del 4 de julio —con amplios dispositivos de seguridad, calles cerradas y Manhattan sumida en el caos en plena ola de calor y durante uno de los fines de semana con mayor movimiento del año—, no puedo evitar soltar un suspiro.

Porque cada evento de este tipo me recuerda la misma realidad: Nueva York parece existir cada vez más para todos, excepto para quienes intentan vivir en ella.

Swift genera tal nivel de debate que incluso existe un subreddit entero, r/SwiftlyNeutral, dedicado a una tarea casi imposible: hablar de ella sin convertir cualquier conversación en una batalla entre fanáticos y detractores. Para quienes prefieren los extremos, están r/TrueSwifties, descrito como "un espacio seguro para los fans de Taylor Swift", y r/travisandtaylor, un foro dedicado a criticar tanto sus estrategias de relaciones públicas como su relación con Travis Kelce y el comportamiento de sus seguidores.

A estas alturas, hasta las emisiones contaminantes de su avión privado se han convertido en tema habitual de discusión en internet. No sorprende, entonces, que los preparativos de su boda hayan terminado monopolizando la conversación pública.

Travis Kelce, ala cerrada de los Kansas City Chiefs, y Taylor Swift se besan tras el Super Bowl de la NFL de 2024
Travis Kelce, ala cerrada de los Kansas City Chiefs, y Taylor Swift se besan tras el Super Bowl de la NFL de 2024 (AP)

Como suele ocurrir, Travis Kelce sale prácticamente indemne de toda esta conversación. Mientras Manhattan se prepara para la locura que rodeará la boda —con cientos de agentes de seguridad y una enorme carpa instalada frente al Madison Square Garden para que el público siga lo que ocurre en el interior—, el relato dominante volverá a ser que "Taylor paralizó Nueva York", y no que lo hicieron Taylor y Travis.

Las estimaciones sobre el costo de una celebración en el Madison Square Garden hablan por sí solas: alrededor de un millón de dólares solo en iluminación y hasta cinco millones destinados a seguridad. El simple hecho de que existan cálculos tan detallados refleja el nivel de escrutinio y espectáculo mediático que rodea el gran día de la pareja.

Al mismo tiempo, en Washington D. C., otra celebridad —Donald Trump— también está moldeando a su conveniencia las celebraciones por el 250.º aniversario de Estados Unidos. Según la autora, el mandatario retrasó los fuegos artificiales familiares hasta las 11 de la noche para dar prioridad a un acto político que ocuparía buena parte de la jornada tradicionalmente dedicada a una celebración apartidista del 4 de Julio. A su juicio, ese resulta un uso aún más cuestionable de la festividad.

Así que no, Taylor Swift no es realmente el problema. Es, simplemente, el rostro más visible de un fenómeno mucho más amplio y, para mí, mucho más cercano. Desde hace años, Nueva York se ha ido convirtiendo en un parque de diversiones para quienes tienen suficiente dinero como para utilizar la ciudad como escenario de sus vidas. Y quizá eso no sería tan grave si quienes intentan vivir allí no tuvieran cada vez más dificultades para hacerlo.

La crisis de la vivienda en Nueva York está ampliamente documentada. Apartamentos de lujo permanecen vacíos porque generan más beneficios como activos financieros que como hogares. Torres enteras de la llamada "Milla de los Multimillonarios" permanecen a oscuras por las noches porque sus propietarios las adquirieron como inversiones, no para habitarlas. Al mismo tiempo, se calcula que decenas de miles de viviendas con renta regulada siguen desocupadas porque sus dueños sostienen que ya no es rentable renovarlas. Incluso después de las restricciones impuestas por la ciudad a los alquileres de corta duración y de la práctica prohibición de Airbnb, los neoyorquinos continúan compitiendo, con escasas posibilidades, contra fondos de inversión, especuladores y vacíos legales en el mercado inmobiliario.

Camiones descargan suministros para la boda de Taylor Swift y Travis Kelce en el Madison Square Garden, que reunirá a unos 1.000 invitados este fin de semana
Camiones descargan suministros para la boda de Taylor Swift y Travis Kelce en el Madison Square Garden, que reunirá a unos 1.000 invitados este fin de semana (Getty)

En los últimos meses, mi familia también se sumó a la búsqueda de un nuevo apartamento, después de que el alquiler de nuestro piso de dos habitaciones en Brooklyn se volviera sencillamente inasumible. Pasamos semanas visitando viviendas que, de alguna manera, conseguían ser al mismo tiempo absurdamente caras y sorprendentemente pequeñas.

En un momento, unos padres con muy buenas intenciones nos recomendaron visitar StuyTown, el enorme complejo residencial del sur de Manhattan que originalmente se construyó como vivienda asequible para trabajadores. Nos aseguraban que era "como vivir en Hey Arnold!". Hablaban maravillas del sentido de comunidad, de las actividades para vecinos y de los parques infantiles. Lo pintaban como un pequeño paraíso para las familias en pleno corazón de la ciudad.

Quizá alguna vez lo fue, antes de que pasara a manos de un fondo de inversión. Lo que nosotros encontramos fueron antiguos apartamentos de una habitación convertidos en viviendas de dos, con salas de estar diminutas, sin ventanas y de apenas dos metros de ancho, donde no cabía ni una mesa de comedor ni un sofá. Puede funcionar para estudiantes, que suelen priorizar dormitorios amplios, necesitan menos espacios comunes y pasan gran parte del tiempo fuera de casa. Para una familia, en cambio, tiene muy poco sentido.

Y ahí está el verdadero problema. Nueva York se ha vuelto extraordinariamente eficiente para crear espacios destinados a la inversión, al turismo y a los grandes espectáculos, pero cada vez resulta menos habitable para quienes quieren construir una vida en ella. Mientras los baby boomers permanecen en sus viviendas y los altos costos obligan a muchas familias jóvenes a marcharse, el número de hogares con niños sigue disminuyendo, al tiempo que la población de adultos mayores crece con rapidez. Muchos jóvenes llegan a la ciudad en sus veintes —a menudo como estudiantes con el apoyo económico de sus familias—, pero una gran parte termina marchándose pocos años después.

La crisis de vivienda en Nueva York persiste mientras departamentos de lujo permanecen vacíos y miles de unidades con renta estabilizada siguen desocupadas, según reportes
La crisis de vivienda en Nueva York persiste mientras departamentos de lujo permanecen vacíos y miles de unidades con renta estabilizada siguen desocupadas, según reportes (Getty)

Quienes logran quedarse en la ciudad pasada la treintena suelen seguir dependiendo del apoyo económico de sus padres para pagar la vivienda. En las industrias creativas, más de la mitad de los jóvenes con empleo a tiempo completo asegura recibir ayuda familiar para cubrir el alquiler. Eso alimenta un círculo vicioso: los precios siguen subiendo porque una parte importante de los inquilinos cuenta con recursos adicionales para afrontarlos.

El resultado es que muchos artistas jóvenes, con talento y espíritu emprendedor, terminan marchándose, mientras quienes pueden permitirse pagar un año de alquiler con la tarjeta de crédito de sus padres ocupan ese espacio para perseguir sus propios proyectos. Y esos creadores no siempre encuentran una ciudad más barata donde desarrollar su carrera. Muchos, simplemente, abandonan sus aspiraciones artísticas y terminan trabajando en la banca, el comercio minorista o cualquier otro sector que les permita llegar a fin de mes.

Taylor Swift no creó esta versión de Nueva York. No es responsable de la crisis de la vivienda, de la desigualdad ni de la creciente sensación de que la ciudad pertenece cada vez menos a quienes la habitan. Tampoco es la culpable de una economía cada vez más desigual.

Lo que ocurre es que su inmensa fortuna hace que, durante un glamuroso fin de semana festivo, ese desequilibrio resulte imposible de ignorar. Los rumores de que se instalará una carpa frente al Madison Square Garden para que el público siga la boda en pantallas gigantes, mientras los invitados disfrutan de una actuación en vivo de Stevie Nicks, resumen perfectamente el problema. Mientras los ricos y famosos celebran detrás de un cordón de seguridad, el resto intenta abrirse paso entre las multitudes para llegar al trabajo o simplemente continuar con su vida.

En algún momento, Nueva York dejó de pedirles a sus habitantes que compartieran la ciudad y empezó a pedirles que se hicieran a un lado.

Puede sonar exagerado, pero la imagen recuerda a la forma en que multimillonarios como Jeff Bezos convierten ciudades enteras —como Venecia— en escenarios de sus celebraciones privadas. Y esa comparación resulta difícil de ignorar cuando uno la contempla desde un departamento de apenas 28 metros cuadrados, en un barrio alejado y sin lavadora ni secadora.

Traducción de Leticia Zampedri

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