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Análisis

Lindsay Clancy: por qué su juicio estaba destinado a terminar así

El caso ha desatado una controversia internacional y provocado duras críticas tanto entre feministas como entre antifeministas. Holly Baxter analiza las razones que podrían explicar la falta de consenso entre los miembros del jurado

Una madre que sigue el juicio de Lindsay Clancy revela la realidad de la psicosis posparto
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El caso de Lindsay Clancy ya había captado la atención de todo Estados Unidos antes de que comenzara el juicio, pero el interés traspasó las fronteras del país cuando la fiscalía y la defensa presentaron sus argumentos ante el tribunal. Ahora, después de casi seis semanas de testimonios, más de 80 testigos y cientos de pruebas, el jurado sigue sin llegar a un acuerdo y una mujer incluso fue arrestada por presuntamente intimidar a algunos de sus miembros, por lo que todo apunta a que el interés en torno al caso continuará.

Pocos casos recientes de homicidio familiar han provocado semejante conmoción en Estados Unidos. Uno de los antecedentes más cercanos podría ser el asesinato de Lucia Krim, de 6 años, y su hermano Leo, de 2, a manos de su niñera en Nueva York en 2012, aunque existe una diferencia fundamental: en aquel caso fue la niñera quien mató a los niños, no su madre. Ahí radica buena parte de la controversia que rodea a Clancy, pues el debate no se limita al horror de lo ocurrido, sino que plantea una pregunta mucho más compleja: ¿hasta qué punto debe considerarse responsable a una madre que mata a sus hijos mientras presuntamente atraviesa una grave crisis de salud mental?

Clancy no niega haber matado a sus tres hijos. El 24 de enero de 2023 estranguló con bandas elásticas a Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de apenas 8 meses, en la casa familiar de Duxbury, Massachusetts, y después se arrojó desde una ventana del segundo piso en un intento de suicidio que la dejó paralizada de la cintura para abajo.

La cuestión central del juicio, por lo tanto, nunca fue qué ocurrió, sino si Clancy —una exenfermera que trabajaba en salas de parto— podía ser considerada responsable de sus actos dadas las condiciones en las que se encontraba. La imagen que ofrece hoy en el tribunal, delgada y demacrada en una silla de ruedas, contrasta con las fotografías que compartía tiempo atrás en redes sociales, donde aparecía sonriente durante unas vacaciones o posaba frente a su casa con su hijo menor en brazos y su hija pequeña a su lado, una estampa que parecía reflejar la vida de una familia estadounidense convencional.

Pero las anotaciones de su diario y las transcripciones de sus conversaciones telefónicas presentadas durante el juicio revelaron una realidad mucho más compleja: Clancy atravesaba serias dificultades de salud mental, se culpaba por no sentir que era la “mejor” madre posible para su tercer hijo y luchaba por sobrellevar las tareas de la casa y el cuidado de los niños después del nacimiento de Callan, mientras su marido trabajaba.

Lindsay Clancy, junto a su abogado defensor Kevin Reddington durante una audiencia el miércoles, no niega haber matado a sus tres hijos pequeños
Lindsay Clancy, junto a su abogado defensor Kevin Reddington durante una audiencia el miércoles, no niega haber matado a sus tres hijos pequeños (Reuters)

Esos registros también dan cuenta de un deterioro preocupante en la salud mental de Clancy, que habría comenzado con depresión y ansiedad posparto y avanzado hacia un cuadro mucho más grave que, según la defensa, terminó convirtiéndose en una emergencia médica de carácter psicótico.

Fuera del tribunal, un grupo de mujeres vestidas de rosa se reúne a diario para mostrar su apoyo a Clancy y muchas aseguran verse reflejadas, de una forma que incluso les resulta inquietante, en las anotaciones de su diario. La imagen de una multitud vestida con colores alegres puede generar cierta incomodidad: después de todo, no se trata de una manifestación por los derechos de las mujeres, sino de un juicio por el asesinato de tres niños.

Esa escena ha provocado fuertes críticas entre quienes consideran profundamente perturbador que una mujer que admite haber matado a sus tres hijos termine convertida en una figura con la que algunas feministas se identifican. Sus detractores sostienen que ese apoyo corre el riesgo de idealizar a Clancy, presentarla como un símbolo de la victimización de las mujeres y permitir que la identificación con el sufrimiento posparto desplace la gravedad de sus actos.

Sin embargo, esas críticas pueden dejar de lado el argumento central de las mujeres que respaldan a Clancy, quienes no sostienen que matar a un niño sea justificable. Su planteamiento es otro: consideran que el sistema ignoró o minimizó el sufrimiento que ella había expresado y que esa falta de respuesta médica tuvo consecuencias catastróficas. Además, sostienen que lo ocurrido no representa un caso aislado, sino que forma parte de un problema sistémico en la atención de la salud de las mujeres.

Simpatizantes de Lindsay Clancy sostienen carteles frente al Tribunal Superior del condado de Plymouth
Simpatizantes de Lindsay Clancy sostienen carteles frente al Tribunal Superior del condado de Plymouth (AFP/Getty)

Las pruebas relacionadas con la medicación constituyen quizá uno de los aspectos más llamativos del caso. En los cuatro meses previos a la muerte de sus hijos, Clancy recibió más de 30 recetas de distintos profesionales para 13 medicamentos psiquiátricos, entre ellos los antidepresivos Zoloft, Prozac, Remeron y amitriptilina; las benzodiazepinas Ativan, Klonopin y Valium; el antipsicótico Seroquel; el estabilizador del ánimo Lamictal, además de Ambien, trazodona, buspirona, hidroxicina y Benadryl.

La cantidad de medicamentos y profesionales involucrados en un período tan breve resulta muy relevante ante las señales de alarma que Clancy comenzó a manifestar. Según se expuso durante el juicio, le contó a una enfermera psiquiátrica que detestaba cómo la hacía sentir Remeron y que había comenzado a experimentar “pensamientos muy intrusivos” que nunca antes había tenido, una situación que le provocaba un gran temor.

Pese a expresar esas preocupaciones, le indicaron que continuara con el medicamento y que atravesara un período de adaptación, después de que la enfermera le explicara que lo que experimentaba formaba parte de la depresión posparto. Según plantea la autora, el consejo parecía reducir una situación que Clancy percibía como aterradora a algo que simplemente debía soportar, como si se tratara de acostumbrarse a unos zapatos nuevos.

Las señales de alarma, sin embargo, continuaron. Días después, Clancy volvió a expresar pensamientos suicidas y, en diciembre, otro psiquiatra fue informado de que presentaba ideación suicida y había acudido al Hospital General de Massachusetts. A pesar de ello, continuó recibiendo medicamentos.

Lindsay Clancy junto a sus dos hijos mayores, Dawson y Cora, y su esposo, Patrick
Lindsay Clancy junto a sus dos hijos mayores, Dawson y Cora, y su esposo, Patrick (Facebook)

Los testimonios también muestran que la relación de Clancy con los medicamentos fue cambiando: en algunos momentos quería seguir tomando ciertos fármacos porque la ayudaban a dormir, mientras que en otros pedía suspenderlos o probar alternativas. Sus médicos también fueron modificando el tratamiento, evaluaron la posibilidad de que tuviera trastorno bipolar y, con el tiempo, consideraron que necesitaba una atención más intensiva.

Todo ello plantea una pregunta inquietante: si un sistema centrado en recetar, ajustar y sumar medicamentos se detuvo alguna vez a evaluar de forma integral lo que estaba ocurriendo con Clancy. Pero incluso aquí las respuestas están lejos de ser claras. ¿Recibió demasiados medicamentos, como sugirieron algunos integrantes de su defensa? ¿O ocurrió lo contrario y, al no mantener determinados tratamientos durante el tiempo necesario, terminó recibiendo una atención insuficiente, como plantearon otros? Ante interrogantes tan complejos, resulta más fácil entender por qué el jurado podría tener dificultades para alcanzar un veredicto unánime.

En este juicio no hay vencedores. No lo es Clancy, cuya vida quedó destruida junto con la de sus hijos; tampoco su marido, Patrick Clancy, quien perdió a sus tres hijos y, aun así, perdonó públicamente a su esposa. No lo son las mujeres que vieron reflejados en el caso sus propios temores sobre la maternidad y los problemas de salud mental, ni los profesionales médicos cuyos esfuerzos no lograron evitar la tragedia, ni una sociedad que ha seguido con fascinación cada uno de sus detalles más perturbadores.

Y por encima de todo están Cora, Dawson y Callan, cuyos rostros permanecerán durante décadas en la memoria de sus padres y de quienes han seguido el juicio.

La posibilidad de que se celebre un nuevo proceso significa, sin embargo, que seguirá abierta una pregunta que trasciende si Clancy pasará el resto de su vida en una institución psiquiátrica o en prisión: ¿cómo puede una persona pedir ayuda una y otra vez, durante tanto tiempo, y aun así terminar precisamente en el lugar que todos a su alrededor debían ayudarla a evitar?

Traducción de Leticia Zampedri

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