Gianni Infantino quiere vender la Copa del Mundo: ¿alguien puede detenerlo?
Los miembros de la FIFA que voten a favor del plan de Gianni Infantino para vender la Copa del Mundo a inversores recibirán $40 millones. Si lo rechazan, recibirán solo $10 millones. Aquí, el redactor jefe de deportes, Lawrence Ostlere, analiza la oportunidad que el fútbol no puede permitirse rechazar, y cómo la UEFA está reaccionando
Esta semana, Gianni Infantino envió una carta a las 211 federaciones miembro de la FIFA, a la que The Independent ha tenido acceso, en la que presenta su ambiciosa idea de vender participaciones en la Copa del Mundo a inversores. En ella, promete cifras astronómicas, incluyendo un pago anual de 20 millones de dólares que aumentará cada año, y un pago único de $20 millones para las naciones que decidan participar.
En resumen: si votan a favor de sus planes, recibirán $40 millones. Si los rechazan, solo recibirán $10 millones.
Es una oferta que la mayoría de las federaciones de fútbol del mundo simplemente no pueden rechazar. Y en medio del discurso de Infantino, otra frase destacó. Su carta detalla las ventajas económicas que se ofrecen. “A cambio”, escribe, y continúa: “Lo único que se requiere es su continua confianza; todo lo demás permanece igual”.
Parece sacado de una frase de Vito Corleone, de El Padrino. La relación de Infantino con los miembros de la FIFA se basa en la reciprocidad y se nutre de la obligación mutua. A cambio de los crecientes ingresos que se reparten entre los miembros, el presidente recibe protección, lealtad y confianza.
El próximo año se celebrarán elecciones presidenciales en la organización, que Infantino sin duda ganará, extendiendo así su mandato, que comenzó en 2016, hasta 2031. Se supone que los presidentes de la FIFA deben ejercer un máximo de tres mandatos de cuatro años, pero Infantino encontró una laguna legal y la FIFA posteriormente aclaró que sus primeros tres años no contaban porque estaba completando el mandato interrumpido de Sepp Blatter. Quince años serían un periodo considerable para un hombre que declaró en su primer discurso: “La nueva FIFA es una democracia, no una dictadura”.
El periodista del diario británico The Times, Martyn Ziegler, quien dio a conocer la noticia, sugirió que Infantino podría autoproclamarse comisionado al estilo de la NFL (Liga Nacional de Fútbol Americano de EE. UU.), con un salario comparable; el comisionado de la NFL, Roger Goodell, gana $64 millones, 10 veces el salario de Infantino en la FIFA. Esto representaría un cambio radical con respecto a los primeros días de Infantino como presidente de la organización, cuando realizó un vuelo simbólico con EasyJet desde el aeropuerto de Ginebra. “Somos gente normal y tenemos que comportarnos como gente normal”, explicó en aquel entonces.
Una década después, el fútbol debe asimilar rápidamente este acontecimiento totalmente anómalo, antes de que los miembros voten la propuesta en menos de dos meses. La reacción en el mundo del fútbol ha sido de sorpresa e indignación, sobre todo por la falta de consulta. La UEFA estaba furiosa, la Concacaf fue tomada por sorpresa y la FA (Asociación Inglesa de Fútbol) estaba completamente desinformada.
La UEFA celebró hoy una reunión de emergencia, y la respuesta fue más contundente de lo que nadie esperaba: las 55 federaciones miembro acordaron boicotear el Mundial y todas las demás competiciones de la FIFA si se lleva a cabo el plan de venta. La UEFA por sí sola no puede rechazar las propuestas —Infantino solo necesita la mayoría de las 211 federaciones miembro de la FIFA, y su base de apoyo en África y Asia la cubre con creces—, pero una amenaza de boicot a nivel europeo es la declaración de intenciones más audaz que la UEFA podía hacer. La FA ya se ha sumado a la iniciativa, afirmando que apoya incondicionalmente a sus colegas europeos.
También es momento para que los jugadores alcen la voz. La rama europea de FIFPro, el sindicato de jugadores, emitió un comunicado a The Independent advirtiendo que los planes de Infantino “transformarían de manera fundamental e irreversible los incentivos que sustentan las competiciones en las que los jugadores trabajan, compiten y desarrollan sus carreras”.

Es un comienzo, pero las palabras de los jugadores individuales también tienen un peso enorme. En 2021, Jordan Henderson, entonces capitán del Liverpool, se pronunció en contra del escándalo de la Superliga y acaparó titulares en toda Europa. Para ver una muestra del poder de los jugadores, basta con observar cómo la selección femenina española logró derrocar al presidente de su federación, Luis Rubiales.
La responsabilidad de intervenir se extiende a los íconos del deporte. David Beckham apareció en casi todos los anuncios durante las pausas publicitarias de Fox Sports este verano. Se pronunció en contra de la polémica de la Superliga; ¿estará dispuesto a hacer lo mismo ahora? Cuando le comenté esto a una persona del Comité Olímpico Internacional, del cual Infantino es miembro, bromeó diciendo que era más probable que Beckham fuera uno de los nuevos inversores de la FIFA.
En última instancia, la resistencia es tarea exclusiva del fútbol. El margen de intervención política es aún más limitado que en la Superliga, y quizás las distintas reacciones de dos primeros ministros británicos sean reveladoras. Boris Johnson prometió lanzar una “bomba legislativa” contra los planes de la Superliga que afectaban directamente al fútbol inglés, mientras que Andy Burnham, hasta el momento, solo ha ofrecido críticas vagas sobre una situación que se desarrolla principalmente en Suiza y EE. UU.
Una cosa ha quedado meridianamente clara esta semana: el Mundial de 2026 fue una vitrina para los inversores, una oportunidad para demostrar cuánto se puede obtener cuando el objetivo principal es exprimir hasta el último céntimo del torneo. La FIFA no gana dinero con las pausas para hidratación, insistió Infantino en su momento. Pero esos espacios publicitarios sin duda beneficiarán a los inversores cuando la FIFA venda los derechos de retransmisión del próximo Mundial.
Porque la afirmación de Infantino a los miembros de que “todo lo demás permanece igual” simplemente no es cierta. Su trabajo consiste principalmente en cuidar la Copa del Mundo, en ser el custodio de este artefacto cultural centenario. Una vez que se vende a los accionistas, se está sujeto a ellos. Ganar dinero se convierte en el objetivo principal, y habrá presión para aumentar las ganancias en cada nuevo ciclo de la Copa del Mundo.
Eso solo se puede lograr mediante una multiplicación insostenible del fútbol masculino: mediante la expansión de la Copa Mundial y la querida Copa Mundial de Clubes de Infantino (un trofeo en el que mandó grabar su nombre, dos veces). Eso significa más equipos, más partidos y más torneos. La Copa Mundial ha sido un evento cuatrienal durante casi 100 años, con la excepción de una breve interrupción por la Segunda Guerra Mundial, una periodicidad que otorga a cada torneo su propio lugar en la historia. Pero la escasez que hace que la Copa Mundial sea tan significativa seguramente terminará en la búsqueda de ingresos cada vez mayores.
La fijación dinámica de precios de las entradas se mantendrá. Los partidos del Mundial seguirán estando fuera del alcance de la mayoría de los aficionados y los encuentros más importantes serán exclusivos de la clase multimillonaria. Quizás hayan visto el video viral con entrevistas a personas que llegaban a la final del Mundial de 2026, la mayoría de las cuales eran figuras increíblemente ricas del sector tecnológico, financiero o de las redes sociales, o conocían a alguien que lo era. Infantino afirmaba que todo ese dinero se reinvertía en el fútbol mundial. Pues bien, la final del Mundial es el partido por excelencia, y la mayor parte del mundo queda excluida.
El principal inversor de Infantino es Josh Kushner, un hombre que, casualmente, está emparentado por matrimonio con Donald Trump, el primer ganador del Premio de la Paz de la FIFA. La empresa de inversión de Kushner, Thrive Capital, ya adquirió una participación en los Gigantes de San Francisco y está centrando sus esfuerzos en la industria del deporte, convencida de que la demanda de eventos deportivos en directo crecerá en el mundo de la inteligencia artificial.
Pero la mayor competición de fútbol no debería estar en venta, y la UEFA ha demostrado que el deporte está dispuesto a plantar cara a la FIFA e Infantino. “La UEFA y sus 55 federaciones miembro están unidas”, rezaba su comunicado del jueves, y añadía: “Rechazamos de forma unánime e inequívoca la propuesta de la FIFA de transferir la propiedad de la Copa del Mundo y otras competiciones de la FIFA a inversores privados: la Copa del Mundo no está en venta”. La cuestión ahora es si otras confederaciones seguirán su ejemplo —la Concacaf tiene previsto reunirse hoy mismo—, y si Infantino cederá primero.
Traducción de Sara Pignatiello



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