Aliados de Ucrania temen que el ataque en una playa de Rusia marque un giro en la guerra
Kiev aún no ha reconocido la muerte de civiles rusos en una playa del mar Negro. Sin embargo, mientras intensifica su ofensiva contra Moscú, este tipo de tragedias podría volverse cada vez más frecuente. Y, según el editor de asuntos internacionales Sam Kiley, esa no es la única preocupación
El sonido de las olas y las risas de los niños que disfrutaban de un día de playa quedaron interrumpidos por el estruendo de una explosión que dejó siete muertos, entre ellos tres menores.
Esa fue la escena del lunes en la ciudad rusa de Gelendzhik, a orillas del mar Negro. Según el autor, los adultos fallecidos y los 40 heridos eran firmes partidarios de Vladimir Putin y formaban parte de su maquinaria de guerra. Los niños, en cambio, eran inocentes.
De haberse tratado de un ataque ruso contra Ucrania, probablemente habría desatado una ola de condenas internacionales y acusaciones de crímenes de guerra por haber alcanzado una zona civil.

“Lo ocurrido hoy fue un ataque deliberado del régimen de Kiev contra la población civil, que no tiene ninguna relación con infraestructura militar”, afirmó Veniamin Kondratyev, gobernador de la región rusa de Krasnodar, donde se encuentra el balneario, en un mensaje publicado en Telegram.
Ucrania sostiene que no tiene una política de atacar objetivos civiles.
Rusia, según el autor, sí.
Sin embargo, a medida que Kiev intensifica sus ataques dentro del territorio de la Federación Rusa, es probable que aumenten las víctimas civiles. Para muchos ucranianos, que desde febrero de 2022 han vivido bajo ataques contra escuelas, hospitales, redes eléctricas, trenes, cafeterías y hoteles, esas muertes podrían generar poca empatía.
Muchos también recuerdan los llamados “safaris de caza” atribuidos a operadores rusos de drones en entrenamiento en la ciudad de Jersón, donde, según denuncias ucranianas, practicaban ataques con drones FPV contra civiles que caminaban por las calles.
En numerosos ataques rusos, incluidas las masacres de Bucha e Irpin durante los primeros meses de la guerra en las afueras de Kiev, existen abundantes denuncias y pruebas de que la población civil ucraniana fue atacada de forma deliberada.

Kiev está llevando la guerra al interior de Rusia. Eso significa que Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania, y el mando militar ucraniano asumen el riesgo de que sus ataques provoquen víctimas civiles, incluso de manera accidental, al considerar que sus aliados las verán como daños colaterales.
Ucrania cuenta con un programa propio de misiles guiados de largo alcance. Aunque a menudo se los describe como "drones", al igual que ocurre con muchos de los utilizados por Rusia, la mayoría no son aeronaves no tripuladas que transportan explosivos, sino misiles de ataque con sistemas de navegación integrados.
Son armas de precisión, pero no son infalibles y pueden ser interceptadas.
El misil ucraniano de mayor alcance, el Flamingo FP-5, puede recorrer hasta 3.000 kilómetros, según su fabricante.
Más preocupante para Rusia es que, gracias a su autonomía, puede transportar una carga explosiva de hasta 1.150 kilos de alto poder.
En comparación, el dron Shahed, de diseño iraní y utilizado por Rusia, lleva una ojiva de unos 50 kilos, suficiente para destruir varios pisos de un edificio residencial, como se ha visto en repetidas ocasiones en Ucrania. Por su parte, los misiles rusos Iskander, como el utilizado en el ataque contra la estación ferroviaria de Kramatorsk en abril de 2022, que dejó 63 muertos, transportan alrededor de 700 kilos de explosivos.
Por eso, cuando cualquiera de estos proyectiles es derribado por las defensas antiaéreas, puede convertirse en un proyectil fuera de control y caer sobre una zona residencial, ya sea en Ucrania o en Rusia.
Desde el 18 de julio, Kiev ha atacado al menos 20 instalaciones de Wildberries, el mayor comercio electrónico de Rusia, en una campaña dirigida contra una empresa comparable a Amazon. En la costa rusa del mar Negro, los habitantes reciben alertas de ataques aéreos en sus teléfonos celulares, al igual que ocurre desde hace años en Ucrania.
En Moscú, además, los ataques contra las refinerías de petróleo han provocado problemas de abastecimiento de combustible, incluso para parte de la clase media, al afectar instalaciones clave para procesar petróleo crudo. También se han reportado salidas de capital de bancos rusos.
Según el autor, Putin ha recurrido cada vez más al reclutamiento de presos y habitantes de regiones remotas de la Federación Rusa. Muchos soldados procedentes de Buriatia, Tuvá y las repúblicas del Altái, de origen mongol o pueblos túrquicos, habrían sufrido algunas de las mayores pérdidas durante la guerra.
El objetivo del alto mando ucraniano ha sido impedir que Moscú pueda mantener la guerra lejos de su propia población.
Hasta ahora, sostiene el autor, esa estrategia ha dado resultados. A pesar de una reciente reorganización de su cúpula militar y de encontrarse en inferioridad numérica y material frente a Rusia, Ucrania ha logrado mantener la iniciativa en varios frentes.
Para el autor, Kiev aún no ha ganado la guerra, pero ha demostrado que una victoria ya no parece imposible. En su opinión, el objetivo no es negociar un acuerdo ligeramente más favorable, sino provocar un colapso de las fuerzas rusas dentro de Ucrania, incapaces de ser abastecidas, dirigidas o mantener su capacidad de combate.

Sin embargo, esta estrategia también genera inquietud entre los aliados de Ucrania. Por supuesto, no quieren ver civiles muertos, y menos aún si consideran que el apoyo que brindan a Kiev pudo haber contribuido, aunque sea indirectamente, a esos hechos.
Pero su principal preocupación sigue siendo qué podría ocurrir si Ucrania logra una victoria total.
¿Podría la Federación Rusa fragmentarse en varios Estados de base étnica, algunos de ellos con acceso a armas nucleares?
Es probable que lo ocurrido en la playa del mar Negro haya sido un accidente. Aun así, los aliados de Ucrania tendrán dificultades para justificar sus implicaciones éticas.
Lo que realmente inquieta a muchas capitales europeas, según el autor, es la realpolitik del escenario posterior a la guerra: la posibilidad de que una derrota de Vladimir Putin desemboque en un colapso descontrolado de Rusia.
Traducción de Leticia Zampedri







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