Cómo el caso de los “7 de Cornell” puso bajo la lupa a las fraternidades universitarias en 2026
Mientras siete miembros de una fraternidad enfrentan una nueva investigación por las acusaciones de que invitaron a otros jóvenes a agredir sexualmente a una mujer inconsciente, Alex Hannaford habla con quienes han expuesto la cruda realidad de la cultura de las fraternidades de la Ivy League y plantea una pregunta: ¿es hora de prohibirlas?

“¿Qué harías en la siguiente situación?: ‘Uno de tus compañeros de fraternidad te confiesa que le puso Rohypnol en la bebida alcohólica a una joven. Después, mantiene relaciones sexuales con ella’”.
Esta era una de las preguntas del “Examen de Admisión para Nuevos Miembros”, una prueba informal que formaba parte del proceso de iniciación para ingresar a una fraternidad de Dartmouth, una de las universidades más prestigiosas de la Ivy League en Estados Unidos.
En Confesiones de un chico de fraternidad de la Ivy League, donde relata su experiencia como miembro de esa fraternidad en Dartmouth, Andrew Lohse escribió: “Miré a mi alrededor. La mayoría de los novatos no sabía qué responder. ¿Eran situaciones que podían ocurrir? ¿Nos estaban tomando el pelo?”.
Algunos miembros de la fraternidad recogieron los cuestionarios antes de que uno de ellos anunciara: “Todos aprobaron”.
Tras la presunta violación grupal que Jane Doe atribuye a siete miembros de la fraternidad Chi Phi de la Universidad de Cornell en 2024, nuevas pruebas volvieron a poner bajo la lupa a las fraternidades y la cultura que las rodea. Entre ellas figura un mensaje de Snapchat enviado alrededor de la 1:42 a. m. a un grupo integrado por 57 miembros de la fraternidad, en el que se indicaba que había una mujer en el piso de arriba disponible para mantener relaciones sexuales. Según la demanda, ninguno de los integrantes del grupo denunció lo ocurrido.
Por el momento, los llamados “7 de Cornell” solo enfrentan acusaciones y ninguno fue imputado penalmente.
En la investigación inicial, la fiscalía local decidió no presentar cargos penales. Cornell, en cambio, sancionó después a algunos de los implicados: dos fueron expulsados y otros dos recibieron suspensiones de al menos dos semestres. Sin embargo, la nueva demanda sostiene que Cornell no castigó de forma adecuada a los presuntos responsables e incluso permitió que algunos intentaran reducir sus sanciones mediante la redacción de ensayos.
Jane Doe alega que uno de sus amigos, miembro de la fraternidad, y otros integrantes del grupo le dieron alcohol, marihuana y ketamina antes de agredirla sexualmente durante varias horas cuando se encontraba incapacitada.
La demanda incluye además una captura de pantalla de un chat grupal entre varios miembros de la fraternidad. En uno de los mensajes se lee “vagina gratis arriba”, a lo que otro integrante responde: “¿La tienda sigue abierta?”, en aparente referencia a si la mujer seguía disponible para mantener relaciones sexuales. Antes, otro había escrito “Me encanta Chi Phi” y luego: “Como si pudieras entrar y sacártela”, una expresión vulgar que, en este contexto, alude a sacar el pene.
El lunes, el fiscal de distrito del condado de Tompkins, Matthew Van Houten, anunció que su oficina había reabierto el caso y que presentaría las pruebas, incluido el testimonio de Jane Doe, ante un gran jurado para determinar si correspondía formular cargos. Sin embargo, el jueves, la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, aseguró haber perdido la confianza en la capacidad del fiscal de distrito local para encargarse del caso y designó a la fiscal general del estado, Letitia James, como fiscal especial para supervisar la investigación.
Tras las últimas revelaciones, el caso adquirió gran repercusión en redes sociales, donde los presuntos implicados fueron apodados los “7 de Cornell” y sus fotografías y datos biográficos comenzaron a circular de forma masiva.
Para muchos, se trata de una rendición de cuentas que debió llegar mucho antes. Una encuesta entre estudiantes de grado de Cornell, una de las ocho universidades de la Ivy League junto con instituciones como Harvard, Yale y Princeton, reveló que más de un tercio de las mujeres afirmó haber sufrido una agresión sexual durante su etapa universitaria, un problema que se extiende a todo el país. Según la Red Nacional contra la Violación, el Abuso y el Incesto (RAINN), la mayor organización estadounidense dedicada a combatir la violencia sexual, una de cada cuatro estudiantes universitarias de grado sufrió una violación o agresión sexual desde que ingresó a la universidad. La organización denomina “zona roja” al periodo de mayor riesgo al comienzo de la vida universitaria.
La pregunta que Lohse planteó en sus memorias de 2014 cobra ahora una nueva dimensión: ¿prohibir las fraternidades sería la respuesta adecuada?
La demanda de Jane Doe sostiene que ni la universidad, ni la fraternidad Chi Phi, ni su propia hermandad hicieron lo suficiente para prevenir el presunto ataque o afrontar sus consecuencias. Tres semanas después de lo ocurrido, Doe presentó una denuncia ante la policía del campus, pero no se formularon cargos y el fiscal de distrito sostuvo que no había pruebas suficientes para llevar el caso adelante. Según su abogado, Thomas Giuffra, los padres de Doe pidieron a Cornell que le permitiera dejar temporalmente la universidad y aplazar sus estudios durante un año para recuperarse en casa. También solicitaron el reembolso de la matrícula, pero, según Giuffra, les dijeron que debía permanecer en Cornell.
En su libro, Lohse describe una fraternidad de otro campus como “conocida como la fraternidad de los violadores”. En otro pasaje escribe que “necesitaba las dos manos para contar a todos mis amigos que habían sido violados en Dartmouth”.
“Creo que en algunas fraternidades se dan las condiciones perfectas para sacar lo peor de las personas, y eso incluye alcoholismo, drogadicción y todo tipo de problemas”, declaró a The Independent. “Hay violencia sutil, violencia física, abuso psicológico y emocional; todo eso entra en juego”.
Según Lohse, las fraternidades pueden funcionar, en cierto sentido, como una especie de “disolvente de la responsabilidad colectiva”: el grupo diluye la responsabilidad individual y puede generar la sensación de estar protegido frente a las consecuencias, sin importar lo ocurrido. La pregunta, entonces, es qué aspectos de la cultura de las fraternidades hacen posible esa aparente impunidad.
“En términos generales, el concepto de fraternidad en Estados Unidos surgió en el sur del país durante el periodo anterior a la Guerra de Secesión”, explicó Lohse. “Y, por supuesto, el mundo era muy diferente a mediados del siglo XIX. Uno de los principios fundamentales de las fraternidades era desafiar las normas y restricciones [de la sociedad]... capilla diaria, misa diaria, nada de socializar. En aquella época había muchas más normas y convenciones sociales, como la prohibición de mantener relaciones sexuales antes del matrimonio”.
Lohse señaló además que, después de la Segunda Guerra Mundial, surgió un movimiento para abolir las fraternidades. A su juicio, los veteranos que regresaban de la guerra ya habían llevado sus cuerpos al límite y, por tanto, había menos necesidad de que estas organizaciones “satisficieran esa necesidad humana de los jóvenes de atravesar una especie de viaje del héroe y un rito de iniciación”.
Hoy, afirma, “vivimos en una sociedad mucho más pervertida y degradada que cuando surgieron las fraternidades”. A su juicio, estas organizaciones siempre han sido un espacio reservado para los ricos y poderosos. “Y en Estados Unidos”, sostiene Lohse, “esas suelen ser las personas menos escrupulosas y más abusivas. Las fraternidades son un excelente caldo de cultivo para ello”.
Precisamente porque muchos de sus miembros proceden de familias adineradas e influyentes, existe la percepción de que las fraternidades reciben un trato privilegiado. Incluso cuando una es expulsada del campus por la conducta de algunos de sus integrantes, puede bastar con esperar unos años hasta que antiguos miembros hagan una importante donación a la universidad para que termine siendo readmitida.
“Reúnen algo de dinero y todo queda perdonado”, afirma Lohse. “La memoria institucional dura unos cuatro o cinco años”. Según él, las universidades dependen de las fraternidades porque representan una importante fuente de recursos económicos.

El caso de los “7 de Cornell” dista de ser el primero en provocar conmoción e indignación más allá de un campus universitario. En 2012, Emma Sulkowicz denunció que un compañero de la Universidad de Columbia la había violado en su habitación de la residencia estudiantil. Ocho meses después, presentó una denuncia ante la universidad, pero esta no sancionó al estudiante. La policía de Nueva York tampoco presentó cargos penales por falta de pruebas. Más tarde, Sulkowicz supo que otras dos estudiantes también habían denunciado al mismo hombre por agresión sexual ante Columbia, sin que esas acusaciones derivaran en sanciones.
En respuesta, Sulkowicz comenzó a recorrer el campus con un colchón idéntico al que, según denunció, estaba usando cuando ocurrió la presunta violación. Aseguró que seguiría cargándolo hasta que el estudiante acusado fuera expulsado o abandonara la universidad. La protesta, titulada Carry That Weight (“Cargar con ese peso”), la convirtió en una figura destacada del movimiento que reclamaba reformas en la respuesta de las universidades a la violencia sexual. Durante su graduación, en 2015, llevó el colchón por el escenario. Sulkowicz sostuvo que el entonces presidente de Columbia, Lee Bollinger, le dio la espalda cuando se acercó a saludarlo, algo que la universidad negó.
En el prefacio de su libro The Company He Keeps: A History of White College Fraternities, Nick Syrett explica que comenzó a interesarse por el tema después de sentirse perturbado por los reportajes de las décadas de 1980 y 1990 sobre la implicación de fraternidades en casos de agresión sexual.
Syrett explicó a The Independent que estas organizaciones pueden resultar atractivas para hombres que valoran pertenecer a un espacio de socialización exclusivamente masculino. “Una vez dentro, existe la presión de demostrar masculinidad u hombría de una manera que resulte atractiva para las mujeres o mejore la imagen de la fraternidad. Se elige a hombres guapos, ricos, carismáticos y populares porque esa es la reputación que desean para su fraternidad”.
Según Syrett, en algunas fraternidades también existe presión para hablar sobre las mujeres con las que sus miembros han mantenido relaciones sexuales. Desde la década de 1980, además, varios escándalos de gran repercusión han involucrado acusaciones de que integrantes de estas organizaciones invitaban a mujeres a sus casas, las emborrachaban y después mantenían relaciones sexuales con ellas.
Syrett cita las investigaciones de la antropóloga Peggy Reeves Sanday, quien sostiene que “la fraternidad que ve pornografía junta es, con demasiada frecuencia, la misma que recrea en su propia casa las escenas que ha visto en pantalla”. Al describir una violación grupal en la Universidad de Florida, Sanday relata que uno de los miembros de la fraternidad le dijo a la víctima de 17 años: “Los hermanos compartimos todo”. En otro caso, ocurrido en la Universidad Estatal de Florida, la víctima fue encontrada con el símbolo de la fraternidad marcado en el muslo.
“Incluso aquellos hermanos que reconocen que la violación grupal está mal admiten, al mismo tiempo, que negarse a participar pone en duda tanto su masculinidad como su lealtad”, escribe Syrett.
En otro pasaje de su libro, el autor describe las llamadas “fiestas de cerdos”, concursos en los que miembros de fraternidades buscan mujeres que consideran poco atractivas para mantener relaciones sexuales con ellas. También menciona prácticas en las que varios integrantes observan a uno de sus compañeros mientras mantiene relaciones sexuales con una mujer y donde “cuanto más consiga convencerla de hacer algo que de otro modo no querría hacer, mayor será su éxito”.
¿Cómo es posible que este tipo de “cultura de fraternidad” siga existiendo en 2026? Según Syrett, una de las razones es que muchas fraternidades son propietarias de sus propias casas, por lo que las universidades solo pueden ejercer un control limitado sobre lo que ocurre dentro de ellas. “Su capacidad para intervenir en una propiedad privada donde viven adultos con edad legal es limitada”, explica. Esto, sostiene, otorga a las fraternidades un enorme poder, sobre todo porque desempeñan un papel central en la vida social de muchos campus.
A ello se suma la influencia económica de sus exalumnos, que en muchos casos son donantes adinerados y poderosos. Incluso cuando una universidad decide expulsar a una fraternidad, puede perder buena parte de su capacidad para supervisarla si la organización conserva la propiedad de la casa.
El caso de los “7 de Cornell” reavivó los llamados para que las universidades restrinjan o suspendan las actividades de las fraternidades y, al mismo tiempo, abrió un debate más amplio sobre la forma en que se abordan las agresiones sexuales, tanto por parte de las instituciones educativas como del sistema judicial. A medida que el caso adquiere características de un nuevo movimiento #MeToo entre estudiantes universitarios, surge una pregunta inevitable: ¿podría marcar un punto de inflexión en la respuesta de Estados Unidos a la violencia sexual en los campus? Para muchos observadores, resulta difícil imaginarlo mientras el sistema de fraternidades siga estrechamente ligado al dinero y al poder.
Syrett reconoce que antes era más optimista sobre la posibilidad de que las universidades eliminaran por completo estas organizaciones. Sin embargo, considera que los problemas de financiación hacen que el peso económico de las fraternidades y sus exalumnos termine imponiéndose sobre las preocupaciones de las mujeres en los campus.
“Es mucho más difícil en las grandes universidades, donde poseen muchas propiedades y sus exalumnos tienen bastante influencia”, afirma Syrett. “Así que no soy optimista respecto a que este problema vaya a desaparecer pronto”.
Traducción de Leticia Zampedri




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