Trump quiere controlar a Venezuela por la fuerza; ¿sabe los problemas que está asumiendo?
Sam Kiley informa desde el puente Simón Bolívar de Cúcuta, en la frontera colombiana con Venezuela, donde dos ejércitos y una milicia mantienen un impasse mientras Trump amenaza a Caracas
Dos grupos diferentes se abalanzan sobre el extranjero visitante, un “gringo” que se acerca al puente que une Colombia con Venezuela.
“No vayas ni a la izquierda ni a la derecha de la carretera. Estás a salvo en el puente, pero no te metas en esas calles ni a la izquierda ni a la derecha. Están controladas por mafiosos del Tren de Aragua que te roban o te matan”, dice una joven que se quita la llovizna de los ojos.
El siguiente, un joven taxista, sale de su vehículo para explicar: “Se puede cruzar el puente para ver el lado venezolano, pero no es una buena idea”.
“El Ejército colombiano y las fuerzas venezolanas no vendrán a buscarte si te disparan en tierra de nadie, y todo lo que hay debajo del puente está controlado por la guerrilla”, añade.
Este es el mundo que Donald Trump, Pete Hegseth y Marco Rubio creen que pueden dirigir, y dirigir a distancia.

Nicolás Maduro fue destituido como presidente de Venezuela durante el fin de semana. Mientras era conducido con los ojos vendados y encadenado, como los internos de Guantánamo, del acorazado al helicóptero, de la cárcel de Nueva York a la sala del tribunal, Trump hacía planes para el país que había dominado.
La invasión ordenada por el presidente estadounidense fue a pequeña escala y clínica. Decapitó a un Gobierno que, según él, dirigía el “narcoterrorismo” y había matado a cientos de miles de estadounidenses por sobredosis de drogas y mediante la violencia.
Pero el Gobierno quedó intacto. Y los venezolanos en el limbo.
“Todo el mundo quería ver el fin de Maduro. Pero no así. Mi país podría caer en el caos. No queremos acabar como Irak”, dice Sylvie, una esteticista que cruza a Colombia para comprar suministros para su salón de belleza en Venezuela. El régimen de Maduro persiste, por lo que Sylvie no quiere ser identificada.
Cerca de ella cruza el puente Emanuel, que está igual de ansioso y no quiere que lo oigan.
Ofrece una respuesta cautelosa, porque ya no sabe quién gobierna su país: “Apoyo al Gobierno”. ¿El Gobierno actual? “El Gobierno legítimo”, responde, y se aleja.

Desde que Maduro heredó el poder de Hugo Chávez, el difunto hombre fuerte socialista de Venezuela, casi 8 millones de personas han huido de la pobreza y la agitación política del país. Siete millones de ellos se han instalado en Sudamérica y el Caribe.
Para la mayoría de los venezolanos y críticos del Gobierno de Maduro —que son la mayoría de los países occidentales— su legitimidad se evaporó cuando le robó las elecciones de 2024 a Edmundo González Urrutia.
Sin embargo, Trump ha dicho que no cree que la socia política de González, María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz 2025 y líder de la oposición reconocida internacionalmente, tenga mucho apoyo en Venezuela, por lo que él se hará cargo a través del sistema gubernamental existente.
Durante 48 horas hubo un vacío en Caracas. Poco después de la extracción de Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez salió a decir que no asumiría el cargo y llamó a la resistencia nacional contra el colonialismo estadounidense.
Pero Trump se apresuró a explicar su desusado enfoque diplomático con respecto al jardín trasero de EE. UU.: advirtió que si el Gobierno de Venezuela no se alineaba, corría el riesgo de ser atacado.
“Si no se comportan, lanzaremos un segundo ataque”, aseguró.
En un mensaje directo a Rodríguez, tecnócrata socialista a la que se atribuye ampliamente la estabilización de la economía del país, añadió: “Solo digo que se enfrentará a una situación probablemente peor que la de Maduro”.

Su amenaza se hizo sentir. El lunes por la mañana, Rodríguez había enviado un mensaje en las redes sociales retractándose de su desafío.
“Un mensaje de Venezuela al mundo, y a EE. UU.: Venezuela reafirma su vocación de paz y de convivencia pacífica. Nuestro país aspira a vivir sin amenazas externas, en un entorno de respeto y cooperación internacional. Creemos que la paz global se construye garantizando primero la paz de cada nación”, expresó.
Su referencia a la paz interior es reveladora. Pide a la oposición que no se levante contra su Gobierno. Este es un Gobierno del que Trump dice que está traficando con drogas y sembrando el terror.
A cambio, se pide a Venezuela que abra su economía, duramente golpeada por las sanciones económicas que Trump le impuso en su primer mandato.
Las empresas estadounidenses recibirán petróleo e infraestructuras nacionales y un sinfín de oportunidades de hacer dinero si Caracas coopera con Washington.

Pero no hay un plan más amplio para la economía. Ningún plan para el futuro político de Venezuela. Y ningún plan sobre cómo estabilizar un país que alberga a regañadientes organizaciones paramilitares de narcotraficantes, contrabandistas ilegales de oro y millones de ciudadanos de a pie desesperados por un cambio democrático.
Trump, por su parte, ha intensificado sus amenazas contra México, Colombia y Cuba y ha reafirmado su exigencia de que EE. UU. se anexe Groenlandia, una parte de Dinamarca, miembro de la OTAN.
El antiguo secretario de Estado de EE. UU., Colin Powell, advirtió en una ocasión a George Bush jr. que invadir una nación como Irak significaba aplicar la regla de la cadena de tiendas Pottery Barn: “Si lo rompes, es tuyo”.
En Venezuela, y sus vecinos, se especula sobre si Trump está rompiendo platos para poder adueñarse de ellos, o si simplemente se dedicará a quebrarlos.
Traducción de Sara Pignatiello







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