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El viaje que abrió la Antártida al turismo: 60 años después, ¿fue un error?

Los primeros turistas desembarcaron en Isla Smith y las Islas Melchior, en la Península Antártica, el 23 de enero de 1966. Desde entonces, el Continente Blanco se convirtió en un destino soñado, con 80.000 visitantes el año pasado. El editor de viajes de EE. UU. Ted Thornhill conversa con exploradores polares y científicos del clima para analizar si aquel desembarco, hace 60 años, fue para bien o para mal

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El estadounidense Lars-Eric Lindblad aparece aquí junto a los primeros turistas que visitaron la Antártida. La misión original buscaba, en parte, inspirar a las personas a convertirse en guardianes del planeta al exponerlas a una de sus regiones más impresionantes
El estadounidense Lars-Eric Lindblad aparece aquí junto a los primeros turistas que visitaron la Antártida. La misión original buscaba, en parte, inspirar a las personas a convertirse en guardianes del planeta al exponerlas a una de sus regiones más impresionantes (National Geographic-Lindblad Expeditions)
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Hace sesenta años, el estadounidense Lars-Eric Lindblad encabezó el primer viaje de turistas no científicos a la Antártida, abriendo al turismo el continente más remoto del planeta.

Si 1966 parece relativamente cercano, basta pensar en lo aislada y hostil que sigue siendo la región: se encuentra a unos 1.100 kilómetros de la masa continental más próxima, América del Sur; las temperaturas pueden caer hasta los –80 °C y los vientos alcanzar velocidades extremas.

Aquel viaje inicial, con 57 pasajeros, tenía también un propósito más amplio: despertar conciencia ambiental al acercar a las personas a uno de los paisajes más impresionantes de la Tierra.

Sven Olof Lindblad, hijo de Lars-Eric y fundador y exdirector ejecutivo de Lindblad Expeditions —hoy National Geographic-Lindblad Expeditions—, recordó en diálogo con The Independent: “Todavía conservo la postal que mi padre me envió desde la Antártida en 1966. En ese momento estaba protagonizando algo inédito: llevar a los primeros turistas al Continente Blanco y sentar las bases de los cruceros de expedición modernos”.

El explorador y fotógrafo Paul Goldstein sostuvo que la Antártida necesita una gobernanza firme, pero también “embajadores”, y afirmó que el turismo ha contribuido a ese objetivo
El explorador y fotógrafo Paul Goldstein sostuvo que la Antártida necesita una gobernanza firme, pero también “embajadores”, y afirmó que el turismo ha contribuido a ese objetivo (Paul Goldstein)

“Al cumplir 60 años, seguimos convencidos de que, si se expone a las personas a la belleza cruda del mundo y, más aún, a su fragilidad, ese asombro las impulsará a aprender más y, con el tiempo, a convertirse en guardianes del planeta”.

Pero ¿fue un error el viaje? Después de todo, la Antártida es mucho más que un espectáculo: es un laboratorio climático prístino que conserva la historia profunda del planeta y sus capas de hielo, de hasta cuatro kilómetros de espesor, guardan un registro de un millón de años de la atmósfera terrestre. Sus aguas frías y salinas impulsan las corrientes oceánicas globales, el destino del hielo que alberga —el 90 % del total mundial— afecta directamente el nivel del mar y su océano Austral absorbe cerca del 40 % de las emisiones de dióxido de carbono generadas por el ser humano.

Desde que Lars-Eric Lindblad llevó por primera vez a viajeros civiles a tierra firme en la isla Smith y las islas Melchior, en la península Antártica, el 23 de enero de 1966, la región ha experimentado lo que algunos describen como una “destinización”: el desarrollo de sitios de desembarco y rutas estacionales. El año pasado, alrededor de 80.000 personas visitaron la Antártida, la gran mayoría a bordo de cruceros de expedición, muchos de ellos con comodidades de alto nivel. Para un entorno tan frágil, se trata de una afluencia considerable.

Sven es plenamente consciente de ello.

“Mi padre convirtió a la Antártida en una posibilidad”, explicó. “Tenemos una enorme responsabilidad por haber abierto el continente al turismo y nos tomamos ese compromiso muy en serio. Por eso, en 1991 nos unimos a otros seis operadores para fundar la International Association of Antarctic Tour Operators y así establecer los estándares que hoy rigen la industria”.

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Dos de las normas clave establecen que solo 100 personas pueden pisar el hielo al mismo tiempo y que los barcos con capacidad para más de 500 pasajeros no pueden realizar desembarcos.

Otro líder de expedición que considera positiva la histórica llegada de 1966 es el guía, fotógrafo, conservacionista y explorador Paul Goldstein, quien ha pasado cerca de diez meses en total en la Antártida. En declaraciones a The Independent, sostuvo que abrir el continente al turismo fue “sin duda algo positivo”. “Los viajeros responsables entienden la naturaleza delicada del Atlántico Sur y las finas líneas sobre las que las especies logran sobrevivir en este Edén salvaje”, explicó. “También comprenden cuán crítico es el cambio climático para esta vasta región y lo fundamental que resulta para el equilibrio ecológico del planeta. La Antártida necesita una gobernanza firme, pero también embajadores. Y el turismo ha contribuido a ese objetivo”.

Dos normas clave establecen que solo 100 personas pueden pisar el hielo al mismo tiempo y que los barcos con capacidad para más de 500 pasajeros no pueden realizar desembarcos
Dos normas clave establecen que solo 100 personas pueden pisar el hielo al mismo tiempo y que los barcos con capacidad para más de 500 pasajeros no pueden realizar desembarcos (Paul Goldstein)

Tudor Morgan, embajador antártico de HX Expeditions, comparte una visión similar sobre el impacto del turismo en el continente blanco.

“Comencé mi carrera en el British Antarctic Survey, por lo que he conocido la Antártida desde una mirada científica y patrimonial”, explicó. “Uno de los desafíos persistentes es que el conocimiento científico no siempre logra salir del ámbito académico. Permitir que las personas vean y experimenten el continente puede ayudar a cerrar esa brecha. Cuando se hace de manera responsable, el turismo puede ser una fuerza positiva”.

Morgan destacó además que HX Expeditions trabaja junto a la Universdad de Tasmania para ofrecer a los pasajeros programas científicos y educativos a bordo. Iniciativas similares impulsa Heritage Expeditions: su copropietario, Aaron Russ, señaló que los viajeros participan en proyectos de ciencia ciudadana, como la recolección de huesos y cáscaras de huevos de pingüinos para estudios de paleoecología.

Aun así, no todos comparten el mismo optimismo.

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La profesora asistente Melisa Diaz, de la Escuela de Ciencias de la Tierra de la Ohio State University, se muestra escéptica respecto de los beneficios más amplios del turismo antártico.

Diaz reconoce que “parte de comprender la Antártida es verla” y dice disfrutar cuando otras personas conocen este territorio extremo. También observa que muchos trabajadores de la McMurdo Station llegan con la idea de tachar el “séptimo continente” de su lista personal, pero se marchan convertidos en defensores del lugar.

Con los turistas, sin embargo, no está tan convencida.

En un correo enviado desde la Antártida, afirmó: “No creo que la mayoría de los turistas desarrolle una conexión profunda con el continente. Tal vez soy demasiado optimista al pensar que luego impulsarán la conservación de forma voluntaria, pero en los años en que el turismo ha crecido en la Antártida, no hemos visto acciones concretas ni inversiones significativas en protección ambiental”.

El científico Marco Tedesco advirtió que le preocupa que la Antártida se convierta en otro destino imperdible de lista de deseos para una élite global en expansión, con impactos graduales que terminan “erosionando” el asombro que motiva a la gente a viajar tan lejos para experimentarlo
El científico Marco Tedesco advirtió que le preocupa que la Antártida se convierta en otro destino imperdible de lista de deseos para una élite global en expansión, con impactos graduales que terminan “erosionando” el asombro que motiva a la gente a viajar tan lejos para experimentarlo (Paul Goldstein)

La científica también expresó su preocupación incluso por niveles bajos de turismo.

“No creo que exista un turismo de bajo impacto. Solo llegar hasta aquí implica una logística enorme, y aviones, helicópteros y barcos dejan una huella ambiental considerable. Es una actividad de alto impacto y siempre lo será”, explicó.

Como ejemplo, mencionó la fragilidad de los valles secos de McMurdo. “Los ecosistemas que existen allí son resistentes: se han adaptado a vivir con luz solar constante o con oscuridad total, a altas concentraciones de sal y a temperaturas extremas. Pero no sabemos cómo, o si siquiera pueden, adaptarse a los microplásticos, a las plumas de los abrigos de pluma, al aumento de las temperaturas por el cambio climático o incluso a la lluvia, cuando se trata de un desierto”.

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“Vivir la Antártida en persona la hace sentir más real”, añadió. “Pero si la protección ambiental deja de ser una prioridad, las consecuencias son claras. En lo personal, no creo que el turismo en la Antártida valga la degradación ambiental evidente que conlleva”.

En esa misma línea coincidió el científico climático Marco Tedesco, profesor de investigación en la Columbia Climate School.

“Abrir la Antártida al mundo ha ayudado a construir una conciencia global más informada sobre el hielo, los efectos del cambio climático y la naturaleza única de este continente extremo”, señaló. “Sin embargo, la escala actual del turismo tiene impactos ecológicos y ambientales enormes, que empujan a un sistema frágil cada vez más cerca de su límite. Estamos permitiendo que el turismo crezca más rápido que las reglas. La prioridad debería ser proteger ese entorno antes que satisfacer nuestra curiosidad”.

Una lancha inflable con turistas durante una excursión de avistamiento de ballenas y focas en la Antártida
Una lancha inflable con turistas durante una excursión de avistamiento de ballenas y focas en la Antártida (zhu difeng - stock.adobe.com)

Entonces, ¿cuál es la solución si el turismo antártico no puede simplemente eliminarse?

Tedesco sostiene que sí es posible avanzar hacia un turismo verdaderamente de “bajo impacto”.

Para ello, dice, se necesitan varias condiciones clave: que el número de visitantes crezca más lentamente que la capacidad de monitorear y gestionar los sitios; que las actividades que alteran el comportamiento de la fauna o afectan la vegetación frágil sean limitadas o eliminadas; y que las emisiones por visitante se reduzcan o compensen.

“Mi mayor preocupación es que la Antártida se convierta en otro destino imperdible de lista de deseos para una élite global en expansión, con impactos graduales que terminen erosionando el mismo asombro que motiva a la gente a viajar tan lejos”, advirtió.

Para Paul Goldstein, sin embargo, existen amenazas aún mayores. Señaló, por ejemplo, la sobreexplotación del kril por parte de flotas de países como Noruega y China. Solo el año pasado, indicó, embarcaciones de ambas naciones extrajeron unas 600.000 toneladas en aguas antárticas.

“Esto es insostenible”, advirtió. “El kril es el alimento más importante del planeta. Si destruyes la base de la cadena alimentaria, no eliminas solo a una pequeña especie: lo destruyes todo”.

Está claro que la pregunta sobre si abrir la Antártida al turismo ha sido algo positivo o negativo no tiene una respuesta simple, pero si aun así alguien decide viajar, Goldstein ofrece un consejo directo y sin rodeos: “Los que hacen las cosas bien nunca usan la palabra ‘crucero’; eso es una herejía marítima. Esto es una expedición, un viaje, una travesía, una misión, una peregrinación… Nunca, jamás, un crucero”.

Traducción de Leticia Zampedri

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