Lauren Sánchez Bezos evidenció lo desalmada que puede ser la riqueza tecnológica
Contrató a un “arquitecto de imagen”, le hicieron una sesión de fotos para Vogue y se sentó en primera fila en la Semana de la Moda de París, pero, en definitiva, Lauren Sánchez se ha convertido en el símbolo del vacío del mundo que ella y su marido habitan, afirma Katie Rosseinsky
En los días previos a la Met Gala, la elección del atuendo de figuras como Beyoncé, Rihanna u otros íconos del pop con un solo nombre es lo lo que despierta la intriga y la expectación. Pero este año, el look más especulado fue el que luciría una figura cultural muy diferente: Lauren Sánchez Bezos, la esposa de 56 años del fundador de Amazon, Jeff Bezos.
Este tipo de atención es inevitable cuando tú y tu esposo, un magnate tecnológico multimillonario, destinan, según los rumores, 10 millones de dólares a patrocinar la noche más importante del calendario de la moda. Antes del evento, los manifestantes proyectan consignas como “Si puedes comprar la Met Gala, puedes pagar más impuestos” y “Boicotea la Met Gala de Bezos” en el Empire State Building. Y, según se informa, el mismo grupo activista colocó alrededor de 300 botellas de orina falsa dentro del Museo Met, en alusión a las denuncias de los trabajadores de Amazon de que se les obligaba a orinar en botellas en lugar de tomar descansos para ir al baño con el fin de cumplir las metas (la empresa niega estas acusaciones).
Así que, cuando Sánchez Bezos, quien se casó con su novio recién promovido y adulador de Trump en una ceremonia repleta de figuras de la farándula en Venecia el verano pasado —y consiguió una portada especial de Vogue dedicada a su vestido de novia en el proceso—, subió esos famosos escalones que conducen al Museo Metropolitano de Arte el lunes por la noche, todos los ojos estaban puestos en ella.
Seguramente la mujer que se ha convertido en un emblema de la extravagancia de los superricos, donde “más es más”, sacaría toda la artillería, ¿no? E incluso si no fuera para todos los gustos, su vestido sería un verdadero espectáculo, ¿verdad?

No es así. Se supone que la escalinata del Met es un escenario de moda donde la personalidad se expresa con total libertad, donde ser aburrido es el mayor pecado en materia de vestimenta, y el vestido de Sanchéz Bezos fue, francamente, soso. El vestido de noche de satén azul marino, diseñado por la histórica casa de moda Schiaparelli, se centraba en el escote pronunciado que ya es el sello distintivo de Sanchéz Bezos; se parecía un poco al tipo de vestido que yo misma podría haber usado en mi baile de graduación de la preparatoria en 2010, si mi presupuesto hubiera sido más de alta costura y menos de la marca Coast de Debenhams.
Los aficionados al arte habrán notado que el look, con sus tirantes adornados, era un homenaje a uno de los retratos más famosos —y polémicos— del Met: Madame X, de John Singer Sargent. La pintura original de Madame Pierre Gautreau muestra un tirante deslizándose por el hombro de la socialité francesa, lo que causó tal indignación que Sargent tuvo que repintarla con un ángulo más respetable.
Quizás se pretendía que fuera una especie de comentario sobre el revuelo que ha causado la participación de Sánchez Bezos y su esposo en la Met Gala. Cuando se reveló la noticia de que la pareja patrocinaría el evento el otoño pasado, el público no tardó en reaccionar sin la menor compasión.
Después de todo, la gala, a pesar del circo de celebridades que inspira, siempre ha sido, en apariencia, una celebración de la creatividad y el arte. Y estas no son precisamente cualidades que sean sinónimos del modelo de negocio de Amazon. Tras el anuncio, las redes sociales se inundaron de bromas que insinuaban que los asistentes pedirían atuendos en oferta a través del servicio de entrega al siguiente día de Prime. Los titulares acusaban a Bezos de intentar “comprar” el evento para su nueva esposa.

Pero, al final, este aburrido vestido fue, sin duda, un símbolo perfecto para la “Tech Gala”. Era un homenaje a otra cosa, que parecía despojada del poder y la creatividad del original (¿es obvia la metáfora de la IA?). Fue (según los rumores) tremendamente caro, pero en última instancia sin chiste: prueba de que todo el dinero del mundo no puede comprar un verdadero prestigio cultural, ese tipo de poder e influencia que mueve el espíritu de la época o esa elegancia inefable que imagino que Sánchez Bezos anhela.
El presentador de pódcast y comentarista Matt Bernstein lo expresó muy bien —aunque de una manera devastadoramente mordaz— en una publicación de Instagram compartida esa noche. “Quizás estés pensando: ‘Es la Met Gala y ella es una de las mujeres más ricas del mundo’”, planteó Bernstein. “‘Debería llevar algo más ingenioso, más creativo, que rompa más los límites’. Pero creo que este vestido es perfecto para ella porque no es nada de eso”.
Podría decirse que este vestido tan soso era el símbolo perfecto de la “Tech Gala”. Una prueba de que todo el dinero del mundo no puede comprar un prestigio cultural genuino
Un juicio despiadado, sí, pero con el que es difícil no estar de acuerdo si consideramos a Sánchez Bezos como un ejemplo emblemático de la dirección en la que parece estar avanzando el mundo de la moda. Los titanes tecnológicos como Bezos ya no se conforman con contar sus enormes montones de dinero; por el contrario, parecen más desesperados que nunca por convertirse en figuras influyentes y culturalmente relevantes, fotografiados codeándose con celebridades y otros árbitros de lo que está de moda. Al mismo tiempo, el mundo de la moda parece dispuesto a dejar de lado cualquier reparo respecto a estos hermanos multimillonarios, su objetiva falta de estilo y (lo que es más importante) algunas de sus supuestas prácticas comerciales más preocupantes.

Es una relación mutuamente beneficiosa, aunque totalmente deprimente. El New York Times describió recientemente la gala como “la lavandería perfecta para el dinero desalmado de la tecnología”, y Sánchez Bezos es la figura ideal para encabezar tal empresa. Las decisiones empresariales y las lealtades políticas de su esposo no son necesariamente las suyas, por supuesto, y tal vez sea revelador que ella haya recibido gran parte de las críticas que tal vez deberían dirigirse a él (Bezos, por la razón que sea, no desfiló por la alfombra roja en el Met). Pero su estatus de celebridad sin duda se ve realzado por el perfil y la riqueza de él.
Parece que Sánchez Bezos lleva muchos años preocupándose por la fama. Como reportera de televisión con sede en Los Ángeles, su trabajo consistía en mantener a los espectadores al tanto de los entresijos del mundo del entretenimiento. Como habitual en la lista de invitados de eventos repletos de estrellas, es amiga desde hace mucho tiempo de personajes como Leonardo DiCaprio, la familia Kardashian e Ivanka Trump (quizás su vínculo de larga data ayudó a forjar la alianza provisional entre Bezos y el presidente, quien invitó a la pareja a su toma de posesión el año pasado).
No obstante, su relación con Bezos (anteriormente estuvo casada con el agente de talentos Patrick Whitesell, otra figura poderosa de Hollywood) la ha catapultado desde los márgenes del mundo de las celebridades hasta el centro. Ahora, en lugar de hacer las entrevistas, es ella quien protagoniza las glamurosas sesiones fotográficas de Vogue como parte de sus tan comentados esfuerzos por ser aceptada por la industria de la moda.
Al igual que su amiga e invitada a la boda, Kim Kardashian, Sánchez Bezos ha tenido que esforzarse por ganarse a este sector notoriamente poco acogedor. Recibió el visto bueno de la influyente editora de Vogue, Anna Wintour; contrató al “arquitecto de imagen” Law Roach, el estilista responsable del vestuario de Zendaya, para que dirija su vestuario; y se sentó en primera fila en la Semana de la Moda de París junto a Jeff.

Y en un momento de espectacular disonancia a principios de este año, ella posó ante las cámaras en los desfiles de alta costura de enero. El tema es que coincidió con el momento en el que Amazon recortaría 16.000 puestos de trabajo (Bezos ya no es el director ejecutivo de la empresa, pero sigue siendo presidente ejecutivo de su junta directiva y es el mayor accionista individual de Amazon). Que se coman el pastel, sin duda.
Aunque Sánchez Bezos pueda contar con el respaldo de Wintour, otros actores de la industria de la moda parecen estar menos encantados con la primera pareja de Amazon. Lauren Santo Domingo, habitual de la Met Gala y fundadora de Moda Operandi, y los diseñadores Jonathan Anderson y Nicolas Ghesquière, de Louis Vuitton, fueron algunas de las figuras que brillaron por su ausencia el lunes. La modelo Bella Hadid evitó el evento, después de que, según se informa, le diera like a una publicación en redes sociales que criticaba la participación de Bezos. De hecho, podría decirse que la decisión más chic que una celebridad podía tomar era no asistir.
El hecho de que, apenas unos días antes de su gran evento, los Bezos parecieran ser objeto de burla en una trama principal de El diablo viste a la moda 2, uno de los estrenos cinematográficos más importantes del año, demuestra que su conquista cultural aún deja mucho que desear. En la película, Justin Theroux interpreta a un multimillonario nerd y con bronceado permanente que está dispuesto a usar su dinero para comprarle a su novia un lugar en el mundo de la moda. Los miles de millones no pueden evitar que seas el blanco de una broma.
¿Le molestará esta reacción a Sánchez Bezos? Después de todo, se trata de alguien que toma su café matutino en una taza que dice “Woke Up Sexy as Hell Again” (Otra vez me excedí de sexyy), un hábito que implica que su autoestima es más a prueba de balas que la de la mayoría. Pero aún así, si su momento en la Mett Gala demuestra algo, es que la personalidad sigue siendo algo que no se puede comprar... por ahora.
Traducción de Michelle Padilla







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