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BAJO LA LUPA

Lena Dunham tuvo un bebé por gestación subrogada: la realidad emocional de las mujeres que gestan para otros

Lena Dunham anunció esta semana el nacimiento de su hija, gestada por una mujer de Brooklyn, y relató en Vogue algunos de los momentos emotivos (y a veces incómodos) que vivieron durante el proceso. La gestación subrogada es cada vez más frecuente en Estados Unidos y otras partes del mundo. Holly Baxter conversa con mujeres que gestaron bebés para otras personas y analiza qué dice la ciencia sobre sus posibles implicaciones genéticas

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Dunham junto a su esposo, Luis Felber, durante el Festival de Tribeca de este año
Dunham junto a su esposo, Luis Felber, durante el Festival de Tribeca de este año (Getty Images for Tribeca Festival)
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Lena Dunham anunció el miércoles, en un artículo publicado en Vogue, el nacimiento de su hija mediante gestación subrogada y contó que viajó desde el Reino Unido, donde reside la mayor parte del tiempo, hasta Brooklyn, Nueva York, para conocer a la mujer que llevaría adelante el embarazo, cuya identidad no fue revelada, al parecer para preservar su privacidad, así como para acompañarla durante el parto.

La gestación subrogada genera un intenso debate y las normas que regulan esta práctica varían mucho según el lugar. En algunos países es legal con pocas restricciones; en otros está prohibida y en algunos solo se permiten ciertas modalidades. En el Reino Unido, por ejemplo, la gestación subrogada comercial es ilegal, mientras que en gran parte de Estados Unidos está permitida. Esta diferencia dio lugar a numerosas especulaciones sin fundamento (algunas de ellas malintencionadas) sobre las razones por las que Dunham eligió Estados Unidos para el nacimiento de su hija.

Dunham ha hablado en público sobre los graves problemas de endometriosis que padeció (y que también relató en sus recientes memorias, Famesick) y sobre la histerectomía a la que se sometió después. En el caso de otras celebridades que recurren a la gestación subrogada, las razones suelen mantenerse en privado, algo que puede alimentar la controversia. Sin embargo, se sabe mucho menos sobre las experiencias de quienes recurren a este método para formar una familia fuera del mundo de la fama y, en particular, sobre las mujeres que llevan adelante estos embarazos.

Cuando Sammi Itatani acudió sola a la ecografía de las siete semanas, esperaba que todo transcurriera sin sorpresas. Se había sometido a una transferencia de embriones mediante fecundación in vitro y la prueba de embarazo había dado positivo, por lo que llegó a la cita con tranquilidad.

Entonces, la persona que realizaba la ecografía hizo una pausa. Había dos latidos: eran gemelos idénticos.

Itatani salió de la sala e hizo una llamada. “Recuerdo que se rio un poco”, cuenta sobre la conversación que mantuvo con el padre de los bebés. “Después me dijo: ‘Ay, Dios mío, lo siento mucho. No quería reírme. ¿Estás bien?’. Y yo le respondí: ‘Sí, estoy bien. ¿Y tú? Vas a tener dos bebés cuando pensabas que ibas a tener uno’”.

Lena Dunham, en la Met Gala de 2026, dio la bienvenida a una hija mediante gestación subrogada junto a su esposo, Luis Felber
Lena Dunham, en la Met Gala de 2026, dio la bienvenida a una hija mediante gestación subrogada junto a su esposo, Luis Felber (Getty)

Aunque ahora tendría que afrontar un embarazo gemelar con mayores riesgos, Sammi no tendría que criar a los niños. No sería ella quien pasara las noches alimentando a dos bebés, cambiara el doble de pañales ni tuviera que ahorrar para pagar los estudios universitarios de ambos. Después de contarle la noticia por teléfono a uno de los futuros padres, este se encargó de llamar a su pareja, que estaba de viaje de negocios en el extranjero. La noticia los había tomado por sorpresa, aunque, en realidad, poco de aquella situación era convencional.

Sammi Itatani era gestante subrogada: llevaba en su vientre un embrión con el que no tenía ningún vínculo genético. Este tipo de gestación —a diferencia de la subrogación tradicional, en la que la gestante también aporta el óvulo— es, con diferencia, la modalidad más frecuente en Estados Unidos. Al no existir un vínculo genético entre la gestante y el bebé, el proceso suele plantear menos dificultades legales y, según algunas personas, también emocionales.

La logística, sin embargo, puede ser más compleja. Cuando una pareja heterosexual recurre a la gestación subrogada, el proceso puede ser más directo: se somete a un tratamiento de fecundación in vitro y el embrión resultante se transfiere al útero de la gestante. En el caso de una pareja de hombres, en cambio, es necesario encontrar tanto a una donante de óvulos como a una mujer dispuesta a llevar adelante el embarazo, y no es habitual que una misma persona quiera asumir ambas funciones.

“Tenía una amiga que era donante de óvulos”, cuenta Sammi, “y eso me hizo empezar a pensar en todo este tema. En mi caso, no me sentía cómoda con la idea de donar óvulos, de tener hijos con mi ADN en algún lugar sin saber nada de ellos. Eso me generaba otro tipo de sentimientos. Pero después pensé: ‘Bueno, podría ser gestante subrogada sin problema. Me encantaba estar embarazada’”.

Sammi habló sobre la posibilidad con su pareja, que al principio se mostró escéptico, pero acabó por aceptar. “Entonces me inscribí, pasé todas las evaluaciones, determinaron que era una buena candidata y seguimos adelante”.

La hija y la hijastra de Ariel Taylor posan junto a su vientre de embarazada. Taylor fue gestante subrogada en cinco ocasiones y donó sus óvulos seis veces a parejas con problemas de fertilidad
La hija y la hijastra de Ariel Taylor posan junto a su vientre de embarazada. Taylor fue gestante subrogada en cinco ocasiones y donó sus óvulos seis veces a parejas con problemas de fertilidad (Ariel Taylor)

Aunque la gestación subrogada pertenece al ámbito de las decisiones personales, sigue generando un intenso debate público. Así quedó demostrado en enero, cuando Meghan Trainor anunció que su tercer hijo había nacido mediante gestación subrogada y las felicitaciones pronto dieron paso a las críticas. Algunas personas la acusaron de haber “alquilado un útero”, de evitar el embarazo por motivos estéticos e incluso de no haberse “ganado” el derecho a ser madre. La cantante explicó que había recurrido a esta opción después de “innumerables conversaciones” con sus médicos, quienes le dijeron que era “la forma más segura” de ampliar su familia. La polémica puso de manifiesto que la creciente popularidad de la gestación subrogada no ha estado acompañada de una mayor aceptación social; de hecho, hay indicios de que ha ocurrido lo contrario.

Trainor no es la única celebridad que ha enfrentado este tipo de críticas. Lily Collins, Paris Hilton y Kim Kardashian también han sido cuestionadas por recurrir a la gestación subrogada, una práctica que algunas personas consideran un privilegio reservado para quienes pueden pagarla. Quienes se oponen a la modalidad comercial sostienen que puede favorecer la explotación de mujeres con menos recursos y convertir la posibilidad de tener un hijo en un bien al alcance de unos pocos. Quienes la defienden, en cambio, argumentan que esa postura pasa por alto tanto la autonomía de las gestantes como las circunstancias médicas que llevan a muchas personas a elegir esta alternativa.

El debate ha cobrado fuerza en los últimos años, a medida que la gestación subrogada ha ganado visibilidad entre figuras públicas y familias con un alto poder adquisitivo. Algunos casos excepcionales también han despertado preocupación por la falta de controles y el riesgo de abusos. Entre ellos se encuentra una investigación sobre una pareja de Los Ángeles que organizó el nacimiento de más de 20 bebés mediante gestación subrogada, un caso que dio lugar a nuevos pedidos de una regulación más estricta en un sector cuyas normas varían mucho según el lugar.

La preocupación también llegó al ámbito político. En Washington, algunos legisladores han presentado proyectos que vinculan ciertas formas de gestación subrogada comercial con riesgos para la seguridad nacional y la trata de personas, mientras que otras propuestas buscan impedir que personas condenadas por delitos sexuales recurran a este método para tener hijos. Otros países también han adoptado medidas más restrictivas. España, por ejemplo, limitó el reconocimiento de la filiación de niños nacidos en el extranjero mediante estos acuerdos, mientras que India restringe el acceso a la gestación subrogada. En ambos casos, entre los argumentos para establecer estas medidas figuran la preocupación por posibles situaciones de explotación y la protección de los derechos de los menores.

En medio de este complejo panorama social, legal y político, la experiencia de las gestantes y de las familias que recurren a ellas suele tener muchos más matices de los que reflejan los titulares. El proceso combina cuestiones médicas y económicas con relaciones de confianza y una fuerte carga emocional, por lo que la experiencia de quienes lo atraviesan puede diferir mucho de la imagen que se proyecta en internet.

Sammi Itatani es un ejemplo. Como ocurre con muchas gestantes subrogadas, ya era madre cuando quedó embarazada de los gemelos y tenía una hija de dos años. La mayoría de las agencias de gestación subrogada en Estados Unidos, al igual que muchas de otros países, exigen que las candidatas hayan tenido al menos un embarazo sano y llevado a término y que no tengan previsto tener más hijos.

El requisito de haber tenido antes un embarazo sano responde a dos motivos principales. Para los futuros padres, que pueden desembolsar cientos de miles de dólares durante el proceso, sirve como indicador de que la gestante podría llevar adelante otro embarazo sin complicaciones. A su vez, las agencias consideran que una mujer que ya tiene hijos y no desea tener más tiene menos probabilidades de querer quedarse con el bebé que geste para otra familia.

A partir de ahí, los criterios suelen ser similares entre las agencias. Por lo general, se descarta a las candidatas que hayan sufrido complicaciones en embarazos anteriores, como diabetes gestacional, restricción del crecimiento intrauterino o preeclampsia. Una cesárea de emergencia, en cambio, no siempre supone la exclusión: Sammi, por ejemplo, había tenido una durante el nacimiento de su hija. También suelen establecerse límites de edad y requisitos de ciudadanía o residencia.

Superada esa etapa, quedan por resolver cuestiones mucho más personales entre la gestante y los futuros padres. ¿Se realizarán pruebas a los embriones para detectar posibles alteraciones genéticas? ¿En qué circunstancias considerarían interrumpir el embarazo? ¿Qué compensación recibirá la gestante en caso de aborto espontáneo y cuántas transferencias de embriones está dispuesta a intentar? También deberán decidir si recibirá una compensación económica por llevar adelante el embarazo, como ocurre en la gestación subrogada comercial, o si solo se cubrirán los gastos relacionados con el proceso, como sucede en la modalidad altruista.

Los acuerdos también abarcan cómo será la relación durante el embarazo y después del nacimiento. ¿Asistirán los futuros padres a todas las consultas médicas, solo a algunas o únicamente al parto? ¿La gestante proporcionará leche materna y, de ser así, durante cuánto tiempo? ¿Están de acuerdo en cuestiones como la alimentación, las vacunas y los medicamentos durante el embarazo? ¿Seguirán en contacto una vez que nazca el bebé?

Antes de conocer a los futuros padres, se anima a las gestantes a pensar qué tipo de familia les gustaría ayudar. Sammi lo tenía claro: “Mi preferencia era ayudar a una familia homoparental, así que quería ayudar a dos padres”.

En parte, su elección tenía que ver con su propia hija. Sammi quería mostrarle que existen muchas formas de ser una familia y, si iba a atravesar un embarazo mientras criaba a una niña pequeña, quería aprovechar la experiencia para transmitirle esa idea. Pero había otra razón aún más importante: prefería formar parte de un proceso marcado por la ilusión y la esperanza, en lugar de uno atravesado por el dolor y la pérdida.

“Las parejas heterosexuales que recurren a la gestación subrogada, lamentablemente, suelen llegar después de haber atravesado mucho dolor y muchas pérdidas”, explica. “En cambio, para una pareja de hombres suele ser una de las principales posibilidades de tener un hijo con un vínculo biológico. Por eso creo que la experiencia emocional es diferente y, por mi forma de ser y mi situación personal, sentía que podía acompañarlos mejor en ese proceso”.

“Una pareja heterosexual probablemente haya sufrido muchas pérdidas y la gestación subrogada nunca haya sido su primera opción, mientras que para dos padres suele ser una de las posibilidades desde el principio”.

Sammi Itatani sostiene a las gemelas que dio a luz horas antes. Tras la transferencia de un solo embrión, este se dividió de forma inesperada y dio lugar a gemelas idénticas, que gestó para una pareja del mismo sexo
Sammi Itatani sostiene a las gemelas que dio a luz horas antes. Tras la transferencia de un solo embrión, este se dividió de forma inesperada y dio lugar a gemelas idénticas, que gestó para una pareja del mismo sexo (Sammi Itatani)

Sammi tenía 32 años cuando gestó a los gemelos. Más adelante llevó adelante otro embarazo para una pareja diferente antes de “retirarse” como gestante y comenzar a trabajar en Nodal, una agencia especializada en gestación subrogada. Para ella, la experiencia respondía a una elección muy personal. Para Grace Kao, en cambio, se trataba casi de una misión.

Grace, profesora de ética en la Escuela de Teología de Claremont y autora de My Body, Their Baby, vivió una experiencia muy poco habitual entre las gestantes. Tenía 40 años, una exigente carrera académica y una buena situación económica cuando aceptó gestar un bebé para una pareja cristiana evangélica que conocía y que llevaba una década intentando tener hijos. Kao creía que Dios podía sanar no solo a través de la oración, sino también de la tecnología y los avances científicos, y decidió ayudarlos. Sin embargo, el hecho de conocer personalmente a la pareja terminó planteando sus propias dificultades.

Una de ellas surgió cuando la pareja decidió no realizar un test genético preimplantacional (PGT), que permite analizar los embriones antes de transferirlos al útero para detectar determinadas alteraciones genéticas.

“Para ser sincera, me molestó que lo rechazaran”, cuenta Grace. “Pero lo hicieron, así que, al no haber PGT, tendríamos que hacer pruebas prenatales [unas semanas después de iniciado el embarazo]. Y no quisieron decirme si me pedirían que interrumpiera el embarazo [una vez que tuviéramos los resultados]”.

Grace cree que había varias razones detrás de esa decisión. “La esposa es más conservadora en sus creencias cristianas que el esposo, así que, francamente, no creo que estuvieran de acuerdo sobre lo que querían hacer”, explica. En su opinión, tampoco querían plantearse una situación hipotética que los obligara a tomar una decisión como pareja y comunicársela con semanas de anticipación.

En lugar de hacerlo, evitaban el tema cada vez que surgía. Grace tuvo la impresión de que solo tomarían una decisión si las circunstancias los obligaban, por ejemplo, si las pruebas revelaban que el feto tenía un problema de salud grave.

“Era como decir: ‘¿Para qué pasar por todo ese estrés si quizá no sea necesario?’”, recuerda. “Pero eso significaba que el estrés recaía sobre mí”.

A veces, mientras caminaba embarazada y hablaba de la situación con sus dos hijos pequeños, una pregunta le daba vueltas en la cabeza: “Dios mío, ¿voy a tener que abortar si ellos me lo piden?”.

Cuando la gestación subrogada no termina con el nacimiento

Otro tema surgió cuando Grace planteó qué harían con la lactancia. Les dijo que estaba dispuesta a extraerse leche durante seis meses, un compromiso considerable que implicaba llevar el extractor eléctrico al trabajo e interrumpir sus actividades cuatro o cinco veces al día para ir a una habitación aparte.

Como producía más leche de la que el bebé necesitaba, al cabo de cuatro meses y medio ya había almacenado suficiente para cubrir sus necesidades hasta los seis meses. Sin embargo, cada vez que Grace intentaba hablar sobre cuándo dejaría de extraerse leche, la pareja se mostraba indecisa. Nadie quería mencionar la palabra “fórmula”, que aún cargaba con cierto estigma en los círculos que frecuentaban.

La situación llegó a un punto límite con la llegada del invierno. Grace había dado a luz en septiembre y, entre enero y febrero, llevó a sus dos hijos a un campamento de snowboard.

“Pensaba: ‘¿De verdad quiero estar aquí, con mi parka de nieve, sacándome leche en este pequeño cobertizo de Mountain High?’. Y entonces me dije: ‘¿Sabes qué, Grace? Esto ya es un poco absurdo, ¿no?’”, recuerda entre risas. “Así fue como ocurrió: al final, tuve que tomar la decisión”.

Grace explica que su decisión de convertirse en gestante subrogada había surgido del “amor y la amistad”, un vínculo que terminó por dificultar este tipo de conversaciones. En cambio, señala, “si al principio son completos desconocidos, quizá haya menos reparos a la hora de decir: ‘Así es como quiero hacer las cosas’”.

Ariel Taylor posa para una sesión de fotos durante uno de sus embarazos como gestante subrogada, con los futuros padres al fondo
Ariel Taylor posa para una sesión de fotos durante uno de sus embarazos como gestante subrogada, con los futuros padres al fondo (Ariel Taylor)
Desde otro ángulo, la fotografía muestra a Ariel en primer plano y a los futuros padres detrás de ella
Desde otro ángulo, la fotografía muestra a Ariel en primer plano y a los futuros padres detrás de ella (Ariel Taylor)

La mayoría de las gestantes subrogadas optan por no amamantar ni extraerse leche debido a las exigencias que esto implica a largo plazo. La decisión, además, abre una serie de interrogantes: si la leche no contiene suficiente grasa para favorecer el aumento de peso del bebé, ¿debería la gestante tomar suplementos? ¿Debería evitar ciertos medicamentos, como hizo durante el embarazo? ¿Tendría que modificar su alimentación?

Sin embargo, hay un procedimiento por el que debe pasar la gran mayoría de las gestantes subrogadas (más del 95 %): la fecundación in vitro (FIV). Aunque este tratamiento de fertilidad ofrece buenas probabilidades de lograr un embarazo, también plantea dilemas éticos y religiosos para algunas personas.

Durante el proceso suelen crearse varios embriones, pero no todos llegan a utilizarse o sobreviven. Incluso cuando los embriones restantes se donan para ayudar a otras personas con problemas de fertilidad, algunos pueden no sobrevivir a la congelación o descongelación, no implantarse o no considerarse aptos para una transferencia.

Según Grace Kao, el destino de esos embriones y el debate sobre cuándo comienza la “vida” todavía generan rechazo hacia la gestación subrogada en algunos círculos cristianos. Un ejemplo de estas tensiones fue la reacción de sectores provida cuando Mike Pence reveló que él y su esposa se habían sometido a varios ciclos de FIV para concebir a sus tres hijos, una polémica que refleja las dificultades que la reproducción asistida todavía plantea para algunos cristianos que enfrentan problemas de infertilidad.

El conflicto no es nuevo. A finales de la década de 1990, las autoridades británicas anunciaron que unos 3.300 embriones almacenados en clínicas de fertilidad serían destruidos después de que las parejas dejaran de pagar las cuotas de conservación y perdieran contacto con los centros. Ante la noticia, unas 200 mujeres católicas italianas se ofrecieron a recibir esos embriones para evitar su destrucción. Las mujeres solicitaron autorización al papa, pero no la obtuvieron y las transferencias nunca se realizaron.

Las posturas religiosas frente a la FIV varían. En el judaísmo, por ejemplo, la gestación subrogada es aceptada e incluso puede alentarse cuando representa la única alternativa razonable para que una pareja tenga un hijo. Israel cuenta con un programa de gestación subrogada financiado por el Estado, aunque establece determinados requisitos relacionados con la religión de la gestante, entre otras condiciones.

Durante su investigación, Grace Kao descubrió además que, en Israel, las diferencias de ingresos y nivel educativo entre las gestantes y los futuros padres eran menores que en otros países. El contraste era mucho mayor en lugares donde la gestación subrogada comercial internacional llegó a convertirse en una práctica extendida, como India y Ucrania.

Desde entonces, la situación cambió de forma considerable en ambos países. En Ucrania, la guerra alteró el funcionamiento de la industria y llegó a dejar a decenas de gestantes y bebés en refugios antiaéreos, aunque algunas agencias retomaron sus operaciones. India, por su parte, prohibió la gestación subrogada comercial en 2015.

Estas diferencias también despertaron el interés de Danielle Tumminio Hansen, profesora de filosofía y teología práctica y sacerdotisa episcopal, quien comenzó a estudiar la ética de la gestación subrogada a partir de una experiencia personal. Cuando una amiga de toda la vida necesitó una donante de óvulos, Hansen decidió ayudarla y se ofreció a donar los suyos.

Sin embargo, cuando ambas acudieron a la clínica para iniciar el proceso, se encontró con una situación que cambiaría su perspectiva.

“Nosotras queríamos sentarnos juntas, pero en la clínica nos decían: ‘No, eso no está permitido’”, recuerda. “Los donantes y las gestantes tenían que esperar en una sala aparte, mucho menos agradable. Nosotras les decíamos: ‘¡Pero somos muy buenas amigas! Nos conocemos’. Y ellos respondían: ‘Bueno, para empezar, ustedes son la excepción. La mayoría de las personas no conoce a sus donantes ni quiere verlos. Por eso, los donantes esperan atrás, las gestantes también, y quienes buscan convertirse en padres permanecen en la parte de adelante para que no tengan que encontrarse’”.

La experiencia dejó una profunda impresión en Hansen. Finalmente, la donación de óvulos no prosperó: el caso de su amiga resultó más complejo de lo que habían previsto y quedó claro que necesitaría recurrir a la gestación subrogada.

Su amiga recurrió entonces a una gestante en India, donde en aquella época era habitual que las mujeres que llevaban adelante el embarazo no tuvieran contacto con los futuros padres durante todo el proceso.

“Solo lo haces por dinero”

A pesar de los riesgos que implica llevar adelante el embarazo de otra persona, Danielle Tumminio Hansen señala que las donantes de óvulos suelen recibir una compensación proporcionalmente mayor que las gestantes subrogadas.

“Creo que, aunque las gestantes reciben una suma considerable, si se calcula por cada hora de su tiempo, ganan muchísimo menos que las donantes de óvulos”, afirma. “Está claro que, en términos económicos, se le asigna un valor mucho mayor al ADN”.

Hansen señala además un aspecto de la gestación subrogada que, a su juicio, suele pasarse por alto: es un trabajo y, como tal, su remuneración también puede analizarse en función del tiempo que exige. A diferencia de otros empleos, no hay forma de desconectarse al terminar la jornada. El embarazo continúa las 24 horas del día: las patadas del bebé pueden interrumpir el sueño, las náuseas aparecer en cualquier momento y numerosas actividades quedan restringidas durante meses.

En Estados Unidos, la compensación habitual por una gestación subrogada comercial, una vez considerados los gastos médicos, puede rondar los 100.000 dólares. A primera vista parece una suma elevada, pero, al repartirla entre todas las horas que abarca un embarazo, la cifra se reduce considerablemente y puede quedar por debajo del salario mínimo por hora.

Grace Kao reconoce que hablar del dinero en la gestación subrogada puede resultar incómodo, pero considera que es una conversación necesaria. Entre otras cosas, permite poner en evidencia los prejuicios que todavía existen en torno a esta práctica y la distancia entre lo que muchas personas imaginan y la realidad de quienes gestan los hijos de otras familias en Estados Unidos.

Ariel Taylor presenta a su hija biológica a uno de los bebés que gestó para otra pareja, poco después de su nacimiento. Taylor describe la experiencia como algo especial, aunque muy diferente de llevar en el vientre a su propia hija
Ariel Taylor presenta a su hija biológica a uno de los bebés que gestó para otra pareja, poco después de su nacimiento. Taylor describe la experiencia como algo especial, aunque muy diferente de llevar en el vientre a su propia hija (Ariel Taylor)

“Cuando se habla de gestación subrogada, la compensación económica suele reducirse a: ‘Ah, lo hizo solo por dinero’”, afirma. “Y tengo la impresión de que esto solo ocurre con actividades como la gestación subrogada o el trabajo sexual, pero no con otras profesiones, como el trabajo social, la docencia en escuelas públicas, la enfermería o la medicina”.

En Estados Unidos, hay un grupo de mujeres para quienes la gestación subrogada puede ajustarse bien a sus circunstancias laborales y familiares: las esposas de militares. Muchas pasan largos periodos al cuidado de sus hijos mientras sus esposos están desplegados y buscan una actividad compatible con ese estilo de vida, tanto para obtener ingresos como por satisfacción personal. Además, suelen tener acceso a atención médica a través del sistema de salud militar.

Las agencias de gestación subrogada conocen esta realidad y muchas orientan sus campañas publicitarias a esposas de militares interesadas en convertirse en gestantes.

Un artículo de Military.com, un sitio especializado en temas relacionados con las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, llegó a señalar que más de la mitad de las gestantes subrogadas del país podrían ser esposas de militares. Sin embargo, esa estimación debe tomarse con cautela: es difícil obtener datos fiables sobre la gestación subrogada y buena parte de la información disponible procede de clínicas de fertilidad. Además, la cifra se basaba en datos de estados con una importante presencia militar.

Incluso estimaciones más moderadas sitúan en torno al 20 % la proporción de esposas de militares entre las gestantes subrogadas de Estados Unidos. De ser así, su presencia en este grupo sería mucho mayor que su proporción en el conjunto de la población, ya que representan alrededor del 1 % de los habitantes del país.

Divididos por la política

Ariel Taylor es una trabajadora social y psicoterapeuta canadiense que ha sido gestante subrogada en cinco ocasiones y donante de óvulos en seis. Ha vivido la gestación subrogada desde todos los ángulos: dio a luz a cuatro bebés sanos, atravesó una dolorosa pérdida, se sometió a varios ciclos de fecundación in vitro y, al mismo tiempo, crió a su propia hija.

Taylor, de 34 años y ya retirada de la gestación subrogada, dio a luz al último bebé que gestó hace dos años. Tuvo a su hija cuando apenas superaba los 20 y comenzó a participar en procesos de gestación subrogada y donación de óvulos cuando la niña todavía era pequeña. El mayor de los niños que gestó para otras familias tiene ahora ocho años.

Taylor no obtuvo beneficios económicos por ninguno de esos embarazos. En Canadá, la ley solo permite la gestación subrogada altruista.

“Sin duda hay una diferencia”, afirma Taylor al comparar esos embarazos con el de su propia hija. “Cuando estaba embarazada de ella, dedicaba mucha energía mental a imaginar nuestra vida juntas: pensaba en cómo sería cuando creciera, cómo sería su habitación... Me esforzaba mucho por crear un vínculo con esa niña porque sabía que me la llevaría a casa. En cambio, cuando estás embarazada de un bebé para otra familia, no creo que tengas la misma mentalidad... No quiero llevarme a casa al bebé de otra persona”.

Aunque es una de las pocas gestantes subrogadas que también ha donado óvulos, Ariel siempre mantuvo una clara separación entre ambas experiencias. “Nunca doné mis óvulos y fui gestante al mismo tiempo. Hice ambas cosas, pero por separado, nunca de manera simultánea. Así que los bebés que gesté no son biológicamente míos”.

Ariel trabaja ahora a tiempo completo como fundadora y directora ejecutiva de Carried With Love, una empresa especializada en asesoramiento virtual sobre fertilidad y gestación subrogada. Para ella, gestar para otras personas se convirtió en una vocación. La primera pareja a la que ayudó llevaba años intentando tener un hijo y había pasado por ocho o nueve transferencias de embriones mediante FIV sin éxito.

“Nada funcionaba”, recuerda. “Nunca olvidaré cuando nació su hijo y vi la expresión de la madre. Por fin lo tenía en brazos y bastaba con verle la cara... Ahí estaba todo. Entonces pensé: ‘¿Cómo no voy a volver a hacerlo?’. Tengo la capacidad de hacer esto y, si puedo ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo?”.

Sin embargo, a Ariel le preocupa la creciente polarización política en torno a los derechos reproductivos de las mujeres al otro lado de la frontera, en Estados Unidos. Asesora a numerosas gestantes de ese país y asegura que la inquietud es palpable. Incluso entre las canadienses, señala, existe el temor de que las restricciones al aborto y a determinados tratamientos de fertilidad sigan avanzando hasta dificultar enormemente el acceso a la gestación subrogada.

“Creo que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su propio cuerpo, y punto”, afirma. “Y si los hombres pudieran gestar bebés, ni siquiera habría discusión”.

Ariel señala que un “ejemplo perfecto” de por qué los recientes cambios políticos generan tanta preocupación entre sus clientes estadounidenses es la forma en que los contratos entre las gestantes y los futuros padres abordan una posible interrupción del embarazo.

“En la gestación subrogada, nadie puede obligar a una persona a interrumpir un embarazo. Dicho esto, los contratos suelen establecer que, ante una anomalía grave, un pronóstico de muy mala calidad de vida u otra situación trágica, la gestante aceptaría interrumpirlo si se considera que es lo mejor para el bebé. Son decisiones que no se toman a la ligera y hay contratos que establecen con precisión cómo proceder en esos casos.

“Pero hubo una gestante a la que le diagnosticaron cáncer de mama durante el primer trimestre y que no podía recibir tratamiento mientras estaba embarazada. El bebé estaba sano, pero, para proteger la salud de la gestante, se decidió interrumpir el embarazo para que pudiera comenzar la quimioterapia.

“Son situaciones de las que la gente no quiere hablar, pero es fundamental hacerlo, porque deberíamos poder tomar decisiones pensando en nuestro propio bienestar. No deberíamos obligar a una persona a continuar con un embarazo si las hormonas pueden agravar ciertos tipos de cáncer y eso significa que tendrá que esperar ocho meses para recibir tratamiento, con el riesgo de que su estado empeore considerablemente”.

Situaciones excepcionales como esta han llevado a otras gestantes a preguntarse qué ocurriría si, con apenas unas semanas de embarazo, necesitaran interrumpirlo para salvar su propia vida en un estado cuyas leyes reconocen derechos jurídicos al embrión o al feto desde la concepción.

Uno de los bebés gestados por Ariel Taylor, en una fotografía enviada por sus padres y compartida con su permiso. Como muchas gestantes subrogadas, Taylor mantiene el contacto con los niños que gestó, cuyas edades oscilan entre los 2 y los 8 años. Suelen intercambiar fotografías y novedades familiares, y en ocasiones se reúnen durante las vacaciones
Uno de los bebés gestados por Ariel Taylor, en una fotografía enviada por sus padres y compartida con su permiso. Como muchas gestantes subrogadas, Taylor mantiene el contacto con los niños que gestó, cuyas edades oscilan entre los 2 y los 8 años. Suelen intercambiar fotografías y novedades familiares, y en ocasiones se reúnen durante las vacaciones (Ariel Taylor)

En un país tan extenso y políticamente dividido como Estados Unidos, la respuesta puede depender incluso del estado en el que se encuentre una persona. Un caso particularmente controvertido de 2013 involucró a una gestante subrogada a quien los futuros padres ofrecieron 10.000 dólares para que interrumpiera el embarazo después de que se detectaran múltiples problemas de salud y anomalías en el feto.

Decidida a continuar con el embarazo, la gestante se mudó de Connecticut, su estado de residencia, donde el contrato que había firmado con los futuros padres tenía validez legal, a Michigan, donde la gestación subrogada estaba penalizada. Allí dio a luz. La práctica fue despenalizada en ese estado en 2024. El traslado permitió que fuera reconocida como la madre legal del bebé. Sin embargo, no estaba en condiciones de criar a otro hijo, por lo que planeaba entregar al recién nacido al sistema de acogida estatal.

La batalla legal que siguió fue sumamente dolorosa para todas las partes. Los futuros padres explicaron que les habían advertido que su hijo biológico tendría una vida corta y dolorosa y que traer al mundo a un niño en esas condiciones iba en contra de sus valores. La gestante, por su parte, sostenía que el bebé merecía una oportunidad.

Durante el proceso se reveló que la pareja había recurrido a una donante de óvulos para crear el embrión, por lo que el bebé tampoco tenía un vínculo genético con la futura madre. Esto planteó otra pregunta: ¿tenía ella derecho a intervenir legalmente en las decisiones sobre el futuro del bebé? Casos como este ponen de manifiesto la complejidad que puede alcanzar un proceso de gestación subrogada, incluso cuando todas las partes están de acuerdo al comienzo.

También existen casos mucho más extremos. Una presunta estafa relacionada con la gestación subrogada, que llevó al hallazgo de 21 bebés —todos hijos biológicos de una misma pareja— al cuidado de varias niñeras en una gran vivienda de California, continúa bajo investigación. Las autoridades investigan además denuncias de maltrato por parte de algunas de las cuidadoras.

Varias gestantes afirmaron que la pareja las había engañado al presentarse como futuros padres amorosos y comprometidos. La escasa regulación de la gestación subrogada en Estados Unidos, sumada a las diferencias legales entre estados y a las dificultades para compartir información entre jurisdicciones, puede generar vacíos que dificultan la detección de posibles abusos.

El dolor inesperado

Cuando se habla del duelo y la pérdida después de una gestación subrogada, explica Grace Kao, la atención suele centrarse en la supuesta “pérdida” del bebé por parte de la gestante. Sin embargo, las investigaciones no respaldan esa idea. En muchos casos, lo que las gestantes lamentan es el cambio en la estrecha relación que habían establecido con los futuros padres, quienes, tras el nacimiento, pasan a concentrarse en el cuidado del recién nacido. Personas con las que antes mantenían un contacto diario y habían desarrollado una relación cercana dejan de estar tan presentes.

Cuando Sammi Itatani reflexiona sobre su experiencia después de dar a luz a los tres bebés que gestó mediante subrogación, coincide con esta perspectiva.

“Claro, está el aspecto hormonal y físico, que es el mismo; no cambia demasiado si das a luz a tu propio bebé o si lo haces mediante gestación subrogada”, explica. “Así que, en cierto modo, tienes que lidiar con eso. Pero cuando cuidamos a un recién nacido, estamos agotadas las 24 horas del día, los siete días de la semana. En cambio, con la gestación subrogada, te preparas mentalmente durante todo el proceso y piensas: ‘No voy a tener que hacer nada de eso después del parto…’. En cuanto a lo físico, creo que me recuperé más rápido porque no tenía que despertarme cada dos horas. Podía volver a casa, abrazar a mi hija, mimarla y tomarme el tiempo que necesitaba”.

Para la mayoría de las gestantes, sostiene, el parto supone un gran alivio. Cada etapa del proceso puede ser estresante, desde las pruebas médicas y la transferencia de embriones hasta la primera prueba de embarazo, y el objetivo final es dar a luz a un bebé sano. “Siento que, durante casi todo el proceso, la gestante contiene la respiración, esperando que nada salga mal”.

Cuando Itatani dio a luz a los gemelos que había gestado, todo ocurrió tan rápido que los futuros padres no alcanzaron a llegar a tiempo. En cuanto los llamó para avisarles que estaba en trabajo de parto, tomaron el primer vuelo que encontraron para cruzar el país. Aunque nacieron un poco antes de término y tuvieron que pasar un par de días en la unidad de cuidados intensivos neonatales (UCIN), los gemelos estaban sanos. Aun así, recuerda Itatani: “Yo seguía muy ansiosa hasta que llegaron los padres”.

Una vez que llegaron, los acompañó en silla de ruedas hasta la UCIN y sintió que finalmente podía relajarse. “Solté un suspiro audible. Pensé: ‘Bueno, ya están aquí. Ya terminé. Llévenme a mi habitación para que disfruten de sus bebés, y ahora me voy a dormir’”.

Cuando los padres regresaron a casa con sus bebés e Itatani volvió con su esposo y su hija, sintió cierta tristeza. No se debía a la separación de los recién nacidos, sino al cambio en la relación que había construido durante el embarazo.

Lamentaba “la estrecha amistad que había forjado con los futuros padres”, explica. “Obviamente, hablábamos o nos escribíamos mensajes con más frecuencia, pero ahora tenían a sus bebés, se iban a casa y ya no hablábamos tanto... Claro que era lo que se suponía que iba a pasar, pero fue como: ‘¡Guau!’. Hablábamos todos los días... Nunca esperé que los bebés fueran míos, así que nunca me entristeció que se fueran con su familia”.

El nacimiento representó el comienzo de una nueva etapa para una familia, pero para Itatani, como ella misma lo describe, “fue el final de una era”.

Traducción de Leticia Zampedri

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