Burning Man “perdió su esencia” y ahora es “Disneylandia para los ricos”, afirma uno de sus cofundadores
Con el paso de los años, el festival del desierto se ha convertido en un imán para los más adinerados
Uno de los cofundadores de Burning Man acusó al festival de haber perdido su “alma anarquista” y de convertirse en un patio de recreo para las élites adineradas.
John Law, uno de los primeros organizadores de Burning Man y quien ayudó a trasladarlo al desierto de Black Rock, en Nevada, en 1990, aseguró que la celebración actual es “apenas reconocible” frente a lo que él y los demás fundadores crearon.
En un ensayo publicado el sábado en el San Francisco Standard, Law explicó que desde hace tiempo evita hablar del festival porque ahora le provoca “un poco de tristeza”.
“El Burning Man de hoy es un espectáculo masivo y caleidoscópico para los sentidos: una experiencia fantasmagórica e inmersiva creada para el consumo de las élites occidentales y de los creativos de clase media que las atienden”, escribió.
“Es un carnaval. Un fabuloso Disneylandia para los ricos que, al mismo tiempo, se presenta como una seria propuesta artística sustentada en principios filosóficos”.
Law señaló que algunos asistentes se alojan ahora en campamentos de lujo con chefs privados e incluso llegan al festival en aviones privados.
“Se convirtió en una vía de escape comercializada: una semana en la que cualquiera con suficiente dinero puede dejar atrás por completo su vida cotidiana”, escribió.
Según Law, Burning Man nació como “una colaboración anarquista entre iguales, creada por unos pocos cientos de personas con buena voluntad”.
“No había forma de convertirlo en un negocio”, continuó. “Rechazaba las estructuras y las jerarquías: era una idea sencilla y hermosa para que la gente se reuniera y creara”.
Law atribuyó parte de la transformación del festival al auge de internet y al surgimiento de la élite de Silicon Valley. “Google decoraba su atrio con fotografías de empleados en Burning Man y llevaba a su personal en autobús hasta la playa, como una especie de recompensa por pasar las otras 51 semanas del año trabajando sin descanso frente a sus teclados”, escribió.
El crecimiento de Burning Man ha sido extraordinario. Según Law, la asistencia pasó de unas 70 personas en 1990 a cerca de 25.000 en 1999, y para 2019 ya rozaba las 80.000.
El precio de las entradas también se ha convertido en motivo de controversia. Para la edición de este año, los boletos cuestan entre 550 y 3.000 dólares, aunque solo una cantidad muy limitada está disponible al precio más bajo.
Pese a sus críticas, Law reconoció que Burning Man “sigue siendo una fiesta increíble”, pero recalcó: “No es lo que nosotros creamos”.
The Independent se puso en contacto con Burning Man Project para solicitar comentarios.
El rechazo que el festival genera entre algunos sectores quedó en evidencia en 2023, cuando fuertes tormentas transformaron el desierto de Black Rock en un enorme lodazal.
La preocupación inicial por los asistentes pronto dio paso a burlas y muestras de satisfacción ante sus dificultades. En redes sociales, algunos usuarios bautizaron el desastre como “Fyre Fest 2.0” y se mofaron especialmente de los participantes más adinerados.
Esta creciente tensión entre los ideales originales de Burning Man y aquello en lo que se ha convertido también ocupa un lugar central en la docuserie de HBO The Man Will Burn.
“Para muchas personas ricas, poderosas e interesantes de todo el mundo, Burning Man es una especie de utopía”, explicó el cineasta Vikram Gandhi a The Independent. “Los debates en torno a Burning Man demuestran que los desacuerdos no tienen por qué desaparecer, sino que podemos incorporarlos al proceso creativo de construir un mundo compartido”.
Traducción de Leticia Zampedri





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