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Hablemos de eso

Las pijamadas entre amigas no deberían terminar al llegar a la adultez: por qué seguir haciéndolas importa

Quedarte a dormir en casa de un amiga teniendo tu propia cama puede sonar terrible, pero Lydia Spencer-Elliott descubre que las pijamadas entre adultos pueden seguir aportando beneficios mucho después de que hayamos dejado atrás la infancia

Head shot of Lydia Spencer-Elliott
Flashback: Muchas mujeres adultas están organizando pijamadas en casa de sus amigas
Flashback: Muchas mujeres adultas están organizando pijamadas en casa de sus amigas (Paramount )
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Cuando tenía 12 años, le pegué a mi mejor amiga Melissa en la cara con un control de Wii con tal fuerza que temimos que se hubiera conmocionado. Lo importante es que no fue un ataque impulsado por la ira, sino un accidente durante una intensa partida de tenis virtual que nos dejó llorando de la risa, a pesar del dolor que sentí al golpearle el pómulo con los nudillos.

Las pijamadas suelen estar llenas de ese tipo de caos hilarante, alimentado en gran parte por la emoción desbordada y el exceso de azúcar. Incluso hoy, algunos de los recuerdos favoritos de nuestro grupo de amigas provienen de esos momentos disparatados a mitad de la noche. Sin embargo, al entrar en la adultez, dejamos de lado las pijamadas por un tiempo, absorbidas por el trabajo, las relaciones y el simple hecho de pagar nuestra propia renta. “¿Por qué querría dormir en tu cama si ya tengo la mía?”, es fácil pensar cuando alguien te invita a quedarte a dormir.

Pero, en el fondo, hay una parte de nosotras que extraña el colchón inflable y los pijamas a juego. De hecho, al momento de escribir este artículo, hay 1,3 millones de videos en TikTok con el hashtag #sleepover, donde amigas aparecen envueltas en cobijas, riéndose sin parar por cualquier cosa. “De repente, volvemos a tener 13 años, riéndonos de todo”, comentó una usuaria. “Necesitaba una noche así”, admitió otra.

Melissa tuvo que mudarse aún más lejos de Londres para que, a los 29 años, por fin se nos ocurriera la idea de hacer una pijamada. Al principio, supongo que era más bien “quedarse a dormir”, algo distinto porque responde más a la conveniencia: por ejemplo, así no tendría que pagar un taxi de regreso a nuestro pueblo después del cumpleaños número 30 de una amiga. Pero, con el tiempo, se convirtió en nuestra forma favorita de pasar tiempo juntas. “¿Hacemos una pijamada pronto?”, le escribí. “¡Justo pensé lo mismo el otro día!”, respondió.

Claro, algunas cosas cambian cuando tienes casi treinta años. En lugar de atragantarnos de dulces hasta la madrugada, Melissa, mi compañera de casa Clare y yo debatimos si vale la pena tomar otra taza de té con cafeína mientras conversamos en el sofá alrededor de la medianoche. Por supuesto, terminan siendo las 2 de la mañana y estamos tomando otra taza más, en la misma posición, después de haber clasificado —sin ningún motivo lógico— nuestros combos de comida, cócteles y pasteles favoritos. Simplemente no se tienen ese tipo de conversaciones divagantes durante un almuerzo rápido.

“La verdad, si no tuviera novio, creo que haría aún más pijamadas”, dijo mi amiga Zennah, en cuyo living he dormido en un colchón junto a ella más veces de las que puedo contar. “Cuando eres adolescente, estás todo el tiempo rodeada de tus amigas”, reflexionó al explicar por qué le gusta tanto invitar gente a quedarse. “Como adultos, ya no tenemos eso… Cuando compartes algo en un ambiente hogareño, se vuelve más personal; se siente como una relación de la adolescencia, no solo una charla superficial y listo. Puedes estar al lado del otro, en silencio, viendo televisión, pero su presencia está ahí y eso genera cercanía”.

Esto se siente como algo especialmente novedoso en un contexto social que tiende más al “ponerse al día” que a simplemente “pasar el rato”. Mientras que los años de escuela y universidad estaban llenos de horas para perder en el patio o el salón común, los treinta y más allá empujan a que socializar se vuelva una tarea más en la agenda (“¿Cómo estás? ¿Y tu familia? ¿Y el trabajo?”), en lugar de un placer para disfrutar. Como señala Sheila Liming, profesora de escritura en Champlain College, Vermont, en su libro Hanging Out: The Radical Power of Killing Time, la amistad se ha convertido en algo que “hay que atender” en vez de simplemente vivir. Responder mensajes, organizar brunches, almuerzos o cafés se ha vuelto, para muchos, una carga más.

Volvamos a los 13: Esta práctica ayuda a los adultos a reconectar con su niño interior
Volvamos a los 13: Esta práctica ayuda a los adultos a reconectar con su niño interior (Columbia/Shutterstock)

Pero en las pijamadas no hay límite de tiempo ni importa el dinero. Lo esencial es la casa y la amistad: no se necesita mucho más. “Si no puedes estar saliendo todo el tiempo, es una buena alternativa”, dice Zennah. “Si no tomas alcohol o quieres enfocarte en tu salud, igual puedes pasar tiempo con amigas sin esa presión. No siempre es necesario que haya alcohol”.

Melissa, Clare y yo pasamos la noche sin hacer nada más que ver Traitors y charlar, sin gastar un centavo, sin una sola gota de alcohol y sin ninguna presión. Me despierto feliz, sintiéndome más cercana a ellas que en semanas.

“Las pijamadas con amigas nos ofrecen una oportunidad de conexión y de sentir que pertenecemos, algo que muchas veces es difícil de encontrar en una sociedad desconectada y aislada como la actual”, explica la psicóloga Emily Crosby, y agrega que este tipo de rituales pueden generar familiaridad, lo que despierta una sensación de seguridad emocional que ayuda a reducir la ansiedad.

Según Crosby, retomar las pijamadas en la adultez puede darnos la libertad de dejar de lado, por una noche, las responsabilidades que suelen ser pesadas y dedicarnos a ser felices y jugar, lo que nos reconecta con nuestro niño interior. Esto es clave para el bienestar de la salud mental, porque te ayuda a sentirte libre y abierto nuevamente en un mundo adulto que suele ser restrictivo”, señala. Con estos beneficios, no sorprende que estén en auge.

Surf en colchones: Anne Hathaway en la mejor pijamada del mundo en ‘El diario de la princesa 2’
Surf en colchones: Anne Hathaway en la mejor pijamada del mundo en ‘El diario de la princesa 2’ (Disney)

Entre todas las anécdotas aleatorias, las conversaciones llenas de rodeos y las confesiones, mi momento favorito de una pijamada es ese instante de locura compartida que aparece cuando apagamos la luz: todo nos da risa y es imposible dejar de hablar. Nos reímos como brujas de Disney en plena oscuridad, sin preocuparnos por si dormiremos nuestras ocho horas habituales. Si todavía tuviéramos 12 años, mi mamá ya estaría golpeando la pared, frustrada.

Con mi novio soy así todo el tiempo. Justo cuando está por quedarse dormido, a mí se me ocurre lanzar preguntas absurdas que interrumpen su paz: “¿Cuál creés que se llamó primero, el deporte cricket o los insectos? ¿Si desapareciera, dónde me buscarías?”, y, por supuesto, la pregunta favorita de internet: “¿Todavía me querrías si fuera un gusano?”.

Hasta que Melissa volvió a quedarse a dormir, había olvidado que con ella también éramos así. Es triste pensar que hayamos perdido esa ternura y esa complicidad que surgen de las charlas a las tres de la mañana, solo porque en la adultez pareciera que esas libertades solo son válidas si hay alcohol o alguna sustancia de por medio. Si puedo tener esos momentos ridículos con mi pareja, también los quiero con mis amigas.

La amistad no debería tener fecha de vencimiento. Así que espero que, incluso si alguna vez estamos casadas, sigamos haciendo esto de vez en cuando. Que cada algunos meses encontremos un día para reírnos como si tuviéramos once años por alguna tontería a las tres de la mañana, en lugar de agendar un almuerzo de 75 dólares para hablar de cosas superficiales antes de salir corriendo hacia alguno de esos compromisos que, supuestamente, son más importantes.

Melissa, acurrucada en la cama como en los viejos tiempos, en casa de Lydia
Melissa, acurrucada en la cama como en los viejos tiempos, en casa de Lydia (Lydia Spencer-Elliott)

Vivir con nuestras parejas todavía no es un obstáculo que hayamos tenido que sortear en esto de las pijamadas. Ninguna está casada, ninguna tiene hijos, ni siquiera hemos comprado una casa. Pero, con suerte, los hombres que formen parte de nuestro futuro sabrán hacerse a un lado por una noche, si llega el momento.

Y si no, las pijamadas en la adultez se han vuelto un fenómeno tan grande que incluso grandes marcas y hoteles se han sumado a la tendencia “la fiebre por las pijamadas”: el hotel cinco estrellas Royal Lancaster, en Londres, ahora ofrece un paquete de pijamada por 610 dólares que incluye cócteles, dulces, kits de spa y pijamas de lujo; lo mismo ocurre en el Horwood House de Buckinghamshire. En TikTok, muchos usuarios han intentado replicar estas versiones costosas en casa con bandejas de snacks listas para Instagram y pijamas temáticos. Pero, en realidad, lo único que se necesita son las amigas.

Mientras Melissa y yo por fin nos metimos en la cama —sin pijamas a juego—, se giró hacia mí y dijo: “La próxima vez deberíamos jugar al Wii Tennis… ¿Crees que todavía tienes la habilidad?”.

Traducción de Leticia Zampedri

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