Reseña de ‘House of the Dragon’: espectacular en escala, pero limitada en profundidad
La precuela no logra estar a la altura de su predecesora. Además, un reparto poco convincente y una actuación especialmente deficiente terminan por restarle fuerza a la historia

Hay pocas certezas en la vida: la muerte, los impuestos y la capacidad de la selección inglesa de fútbol para decepcionar en un gran torneo. A esa lista también podría sumarse la comparación constante entre House of the Dragon y su aclamada predecesora, Juego de Tronos.
Ahora que la precuela regresa con una tercera temporada, esa comparación vuelve a hacerse inevitable. Y es una carga que la serie nunca ha logrado sacudirse del todo, en parte porque aún parece no haber encontrado con claridad qué es lo que la hace especial.
Poniente se encuentra al borde de una guerra civil. Por un lado están los “negros”, que respaldan la reclamación al trono de Rhaenyra Targaryen (Emma D’Arcy). Con el apoyo de su implacable esposo y tío, Daemon (Matt Smith), han reunido una poderosa fuerza de dragones para consolidar su posición.
“Debo honrar la confianza que mi padre depositó en mí”, reflexiona Rhaenyra mientras se acerca al poder. “Gobernar como él habría querido”.
Frente a ellos están los “verdes”, liderados por la rama Hightower de la familia Targaryen. Allí figuran la cada vez más relegada Alicent (Olivia Cooke) y sus hijos, Jacaerys (Harry Collett) y Aemond (Ewan Mitchell). Mientras tanto, Aegon (Tom Glynn-Carney) permanece gravemente herido y ha sido sacado en secreto de la capital por el maestro de espías Larys Strong (Matthew Needham) ante el avance de las fuerzas de Rhaenyra.
“No soy rey de nada”, lamenta durante la huida. “Solo tengo un maldito trono”.
Sin embargo, incluso Rhaenyra, que por fin está cerca de reclamar lo que considera suyo por derecho, alberga dudas. Las amenazas se multiplican desde distintos frentes, Aemond vuela con el dragón más grande de la región y un nuevo adversario emerge en escena: Ormund Hightower (James Norton).
Esta temporada funciona como la penúltima entrega de la historia conocida entre los fanáticos como la “Danza de los Dragones”. El nombre deja poco margen para la interpretación: durante años, la serie ha preparado el terreno para el enfrentamiento definitivo entre estas criaturas.
A diferencia de Juego de Tronos, donde los dragones permanecieron durante mucho tiempo como una promesa lejana, aquí son protagonistas desde el primer momento. Las enormes bestias generadas por computadora dominan la pantalla, mientras sus jinetes se aferran a ellas en secuencias de combate cada vez más ambiciosas.
La temporada arranca con una espectacular batalla que involucra a los jinetes de dragones y a la flota de Corlys Velaryon (Steve Toussaint). La cámara pasa de la tierra al aire y al mar con una fluidez que transmite la escala y la ferocidad del conflicto.
“Si esto es una victoria, espero no volver a ver otra”, comenta Corlys mientras observa los restos calcinados de una batalla que deja un paisaje casi apocalíptico.

Sin embargo, incluso con todo ese despliegue técnico, es difícil no sentir que House of the Dragon desaprovecha parte del atractivo que hizo tan especial el universo creado por George R. R. Martin. Las batallas suelen sentirse desequilibradas —al fin y al cabo, el bando con los dragones más grandes parte con una ventaja evidente— y, además, carecen de la carga emocional necesaria. Lo que está en juego parece, al mismo tiempo, demasiado poco y demasiado. Por un lado, cuesta involucrarse con el destino de los contendientes; por otro, la temporada elimina a varios personajes importantes en apenas sus dos primeros episodios.
Cuando la acción da paso a momentos más íntimos, la serie suele recurrir a conversaciones cargadas de presagios en habitaciones oscuras. “Has llegado muy lejos”, le dice Daemon a su reina. “Y todavía no sabes quién eres”. Sin embargo, estos intercambios carecen de la agudeza, la humanidad y el ingenio que distinguían a Juego de Tronos.
El reparto hace lo posible por sacar adelante el material. Emma D’Arcy y Matt Smith siguen siendo los intérpretes más sólidos de la serie y logran transmitir la ambición y la volatilidad que definen a la Casa Targaryen. Aun así, el guion parece incapaz de desarrollar a Rhaenyra más allá de su papel como madre consumida por el deseo de venganza.
“Puede que tenga el cuerpo débil y frágil de una mujer”, afirma en un momento que recuerda de forma extraña a Isabel I, “pero poseo el corazón y el espíritu de un rey”.
Ese tipo de diálogos tampoco favorece a Olivia Cooke, quien sigue sin resultar una elección convincente para un personaje que debe proyectar la imagen de una madre con varios hijos adultos. Por su parte, James Norton, cada vez más presente en la televisión, aporta una energía renovada como el amenazante Lord Ormund. En contraste, la creciente importancia de Mysaria, interpretada por Sonoya Mizuno, pone aún más en evidencia las limitaciones de su actuación.
En términos generales, House of the Dragon sigue siendo una serie entretenida. Sin embargo, se encuentra en una posición complicada: decepciona porque se la compara con Juego de Tronos, pero al mismo tiempo depende de la construcción de mundo y de la base de seguidores heredadas de esa producción para sostener buena parte de su impacto dramático.
Por eso, la sombra de su predecesora continúa persiguiéndola. Tener más dragones no debería significar tener menos humanidad. Sin embargo, ese desequilibrio persiste en una serie visualmente deslumbrante y ambiciosa, pero que a menudo se siente más superficial de lo que debería.
La tercera temporada de House of the Dragon se estrenará en HBO y Max en Estados Unidos el 21 de junio. En el Reino Unido, estará disponible a partir del 22 de junio a través de Sky Atlantic y NOW.
Traducción de Leticia Zampedri


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