¿Todos podemos cometer actos terribles? La perturbadora lección del experimento de la prisión de Stanford
Con el regreso a Netflix del polémico experimento sobre los efectos psicológicos del poder y la autoridad, Helen Coffey repasa el estudio original, sus momentos más impactantes y las consecuencias que tuvo para sus participantes

En 1971, un pequeño anuncio publicado en un periódico local de Stanford, California, buscaba estudiantes universitarios varones para participar en un estudio sobre los efectos psicológicos de la vida en prisión. La paga era de 15 dólares diarios y el trabajo duraría entre una y dos semanas, a partir de mediados de agosto. A primera vista, parecía una oportunidad ideal para ganar algo de dinero durante las vacaciones de verano.
Más de 70 jóvenes respondieron al anuncio, pero solo 24 fueron seleccionados tras una serie de entrevistas y pruebas de personalidad destinadas a descartar a quienes tuvieran problemas psicológicos, afecciones médicas o antecedentes penales o de consumo de drogas. Ni los participantes ni los investigadores imaginaban que estaban a punto de formar parte de uno de los experimentos más polémicos de la historia.
El experimento de la cárcel de Stanford comenzó el 14 de agosto de ese año y terminó apenas seis días después, cuando sus responsables se vieron obligados a suspenderlo. La idea era tan novedosa como sencilla: dividir a los participantes en dos grupos, “prisioneros” y “guardias”, dentro de una cárcel simulada, para observar cómo esos roles influían en las relaciones de poder.
Sin embargo, lo que ocurrió fue mucho más perturbador de lo previsto. El estudio se convirtió en una demostración de la rapidez con la que personas aparentemente comunes podían adoptar comportamientos crueles y abusivos, y de cómo la pérdida de identidad y dignidad podía quebrar la resistencia psicológica de quienes quedaban sometidos a esas condiciones.
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Según Philip G. Zimbardo, profesor de psicología y principal responsable del estudio, quien murió en 2024 a los 91 años, el experimento demostró cómo “estudiantes universitarios comunes y corrientes podían llegar a hacer cosas terribles”.
Los resultados inspiraron una película premiada, un libro que se convirtió en éxito de ventas de The New York Times y un documental en DVD. Ahora, 55 años después, el polémico estudio llega a Netflix con una miniserie de seis episodios.
En El experimento de la cárcel de Stanford: un nuevo enfoque, que se estrena el 21 de octubre, 30 participantes pasan dos semanas en una cárcel real, donde los cambios en las relaciones de poder ponen a prueba “de qué son capaces”.
Si el resultado se parece al del estudio original, es probable que los participantes terminen mostrando comportamientos crueles e inhumanos bajo el pretexto de mantener la ley y el orden.
El experimento de 1971 comenzó con un sorteo que determinó el papel de cada participante. Los investigadores dividieron al grupo de hombres sanos, inteligentes y de clase media en dos: a una mitad le asignaron el rol de prisioneros y a la otra, el de guardias.
Para que los participantes asumieran sus nuevos papeles, la experiencia comenzó con arrestos simulados. Un patrullero real recorrió la ciudad para detener a los estudiantes por supuestas infracciones del Código Penal, entre ellas robo a mano armada y allanamiento de morada. Después, les vendaron los ojos y los trasladaron a la cárcel improvisada.

A diferencia de la nueva producción de Netflix, el experimento original se realizó en el sótano del Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford. Los investigadores cerraron ambos extremos de un pasillo y lo bautizaron como “El patio”, el único espacio donde los prisioneros podían caminar, comer o hacer ejercicio. Para crear las celdas, reemplazaron las puertas de los laboratorios por otras con barrotes de acero y números de identificación. También habilitaron un pequeño armario de apenas 60 cm de ancho por 60 cm de profundidad, al que llamaron “El agujero” y utilizaron como celda de aislamiento.
El lugar no tenía relojes ni ventanas, lo que dificultaba que los participantes mantuvieran la noción del tiempo. Además, instalaron una cámara oculta para grabar el experimento y un sistema de intercomunicación que permitía escuchar las conversaciones de los reclusos y transmitir anuncios. Con estos elementos, la prisión improvisada quedó lista.
A su llegada, los participantes que asumieron el papel de prisioneros fueron sometidos a una serie de procedimientos diseñados para humillarlos y reproducir el trato que recibían los reclusos en cárceles reales. Los registraron, los obligaron a desnudarse y los rociaron con desinfectante. Después, les entregaron una bata corta, similar a un vestido, con su número de identificación, que debían usar sin ropa interior. También tuvieron que ponerse sandalias de goma, un gorro de nailon y una cadena alrededor del tobillo.
Como parte de la pérdida de identidad, los prisioneros dejaron de ser llamados por sus nombres y pasaron a ser identificados por números. Incluso debían utilizar esos números para referirse a sí mismos y a sus compañeros.
Los guardias, por su parte, no recibieron entrenamiento específico. Vestían uniformes caqui y gafas de sol con cristales espejados que ocultaban sus ojos, lo que reforzaba su anonimato. También llevaban un silbato alrededor del cuello y una porra prestada por la policía.
Su única instrucción fue hacer “lo que consideraran necesario”, dentro de ciertos límites, para mantener el orden y ganarse el respeto de los prisioneros. Tenían libertad para establecer sus propias reglas, bajo la supervisión de un estudiante de Stanford que asumió el papel de alcaide.
Los propios investigadores también ocuparon cargos dentro de la prisión simulada. Zimbardo, por ejemplo, asumió el puesto de superintendente, lo que lo involucró de forma directa en el desarrollo del experimento.
Al principio, nueve participantes fueron encerrados en la prisión, distribuidos en tres celdas con tres personas cada una. Otros nueve asumieron el papel de guardias y se organizaron en tres turnos, con tres vigilantes por turno.
Durante cada jornada se realizaban recuentos periódicos, incluso en plena noche. Los guardias utilizaban sus silbatos para llamar a los prisioneros y obligarlos a salir de las celdas, donde debían permanecer mientras se verificaba su número.

Al principio, ni los guardias ni los prisioneros parecían haberse adaptado por completo a sus nuevos roles. Los reclusos no se tomaban en serio los recuentos y los guardias no sabían cómo conseguir que obedecieran sus órdenes. Sin embargo, la situación pronto dio un giro inquietante.
Después de un primer día sin incidentes, los prisioneros organizaron una rebelión espontánea durante la segunda mañana. Se quitaron los gorros y los números de identificación, se atrincheraron en sus celdas y comenzaron a provocar a los guardias. Ante el desafío, estos pidieron refuerzos y respondieron con fuerza: utilizaron un extintor de dióxido de carbono para alejar a los reclusos de las puertas, irrumpieron en las celdas, los obligaron a desnudarse, les quitaron las camas y enviaron a los líderes de la protesta a aislamiento.
Aunque los nueve guardias, armados con porras, lograron controlar a los nueve prisioneros, surgió un problema: ¿cómo mantener el orden cuando solo hubiera tres vigilantes de turno? La solución fue recurrir a la manipulación psicológica en lugar de la fuerza física.
Así, los guardias comenzaron a dar un trato preferencial a quienes menos participaron en la rebelión. Les devolvieron sus uniformes y camas, les permitieron asearse y cepillarse los dientes, les ofrecieron comida especial y los trasladaron a una celda separada, conocida como la “celda de privilegio”.
Sin embargo, al llegar la mitad del día, cambiaron de nuevo la distribución: enviaron a algunos de los prisioneros considerados “buenos” a las celdas de los “malos” y viceversa. Esta estrategia aumentó la confusión y la desconfianza entre los reclusos, mientras fortalecía la unión entre los guardias.
“De pronto, ya no se trataba solo de un experimento ni de una simple simulación”, explicó Zimbardo en su informe oficial. “Los guardias comenzaron a ver a los prisioneros como alborotadores que querían perjudicarlos y que podían representar una amenaza real. Como respuesta, intensificaron el control, la vigilancia y la agresividad”.
A partir de ese momento, la situación empeoró. Incluso ir al baño se convirtió en un privilegio que los guardias podían conceder o negar. Después de las 10:00 p. m., los prisioneros a menudo tenían que orinar o defecar en un balde colocado en una esquina de la celda y, en ocasiones, los guardias se negaban a vaciarlo.
Menos de 36 horas después del inicio del experimento, uno de los reclusos sufrió lo que se describió como una “alteración emocional aguda” y comenzó a llorar sin consuelo. Sin embargo, los psicólogos, que para entonces también se habían involucrado en sus papeles como altos funcionarios penitenciarios, creyeron que el prisionero 8612 fingía sus síntomas para conseguir que lo liberaran antes de tiempo.
Fue necesario insistir para convencerlos de que el joven atravesaba una crisis emocional real.

Tras la primera hora de visitas, que se desarrolló bajo estricta vigilancia, comenzó a circular un rumor sobre un posible intento de fuga. Según se decía, el prisionero 8612 planeaba regresar con un grupo de amigos para liberar a sus compañeros.
“¿Creen que nos dedicamos a estudiar cómo se propagaba el rumor y nos preparamos para observar el supuesto intento de fuga?”, recordó Zimbardo. “Eso es lo que deberíamos haber hecho, por supuesto, si hubiéramos actuado como psicólogos sociales que realizaban un experimento. En cambio, nos preocupamos por la seguridad de nuestra prisión”.
Ante la supuesta amenaza, los responsables reforzaron la vigilancia, encadenaron a los prisioneros y los trasladaron a un almacén en otro piso, con bolsas sobre la cabeza. También desmantelaron de forma temporal la cárcel improvisada del sótano y prepararon un plan para engañar a los posibles intrusos.
Si el grupo aparecía, Zimbardo les diría que el experimento había terminado y que los participantes ya estaban en libertad. Una vez que se marcharan, los investigadores llevarían de vuelta a los prisioneros, reforzarían las medidas de seguridad e incluso intentarían atraer al recluso 8612 para encerrarlo otra vez.
Sin embargo, la supuesta fuga nunca ocurrió. Todo había sido un rumor y, después de tantos preparativos, el personal de la prisión reaccionó con frustración.
“Sentimos una enorme frustración y una contradicción interna por todo el esfuerzo que habíamos hecho en vano”, escribió Zimbardo. “Alguien iba a pagar por esto”.
A partir de entonces, el trato de los guardias hacia los prisioneros se volvió mucho más cruel. Las humillaciones y el acoso aumentaron, mientras que los reclusos fueron obligados a realizar tareas degradantes, como limpiar los inodoros con las manos desnudas, además de hacer flexiones de brazos como castigo.
Esta última práctica también había sido utilizada por los guardias nazis en Auschwitz, una semejanza que los investigadores descubrieron después con sorpresa.
Para el quinto día, los guardias ya parecían haberse adaptado por completo a sus funciones. Los investigadores identificaron tres tipos de comportamiento: algunos eran “duros pero justos” y se limitaban a cumplir las reglas; otros se mostraban comprensivos, evitaban castigar a los reclusos e intentaban hacerles pequeños favores; y un tercer grupo parecía disfrutar del poder que había adquirido, hasta el punto de idear nuevas formas de castigo.
Este último grupo representaba un tercio de los guardias. Lo más inquietante era que las pruebas de personalidad y las evaluaciones psicológicas realizadas antes del experimento no habían revelado ninguna señal de que pudieran comportarse de esa manera.

“De verdad creía que era incapaz de comportarme así”, confesó uno de los participantes que interpretó a un guardia, varios meses después del experimento. “Me sorprendió, o mejor dicho, me horrorizó descubrir que podía actuar de una forma tan distinta a todo lo que había imaginado. Y mientras lo hacía, no sentía ningún remordimiento ni culpa”.
Los prisioneros, por su parte, comenzaron a perder su sentido de identidad a medida que se desdibujaba la línea entre la realidad y la simulación. Lo que había empezado como un experimento terminó por sentirse como una experiencia real.
“Empecé a sentir que estaba perdiendo mi identidad”, recordó uno de los participantes meses después. “Sentía que la persona que era antes de entrar en esa prisión se alejaba cada vez más de mí, hasta que dejé de ser esa persona. Me había convertido en el número 416. De verdad sentía que ese número era mi identidad”.

La camaradería que los prisioneros desarrollaron al principio desapareció pronto y dio paso al aislamiento y la sensación de impotencia.
“Al final del estudio, los prisioneros estaban destrozados, tanto como grupo como a nivel individual”, recordó Zimbardo. “Ya no había ningún sentido de unidad, sino personas aisladas que apenas lograban sobrellevar la situación, como prisioneros de guerra o pacientes internados en hospitales psiquiátricos. Los guardias habían tomado el control absoluto de la prisión y exigían obediencia ciega a cada recluso”.
Para el sexto día, resultó evidente que el experimento debía terminar. Al revisar las grabaciones de la cámara oculta instalada en el patio, los psicólogos descubrieron que, durante la noche, los guardias sometían a los prisioneros a abusos cada vez más “pornográficos y degradantes”, pues creían, de forma equivocada, que nadie los vigilaba.
“Habíamos creado una situación muy peligrosa, en la que los prisioneros se encerraban en sí mismos y desarrollaban conductas patológicas, mientras algunos guardias actuaban con sadismo”, explicó Zimbardo. Incluso los guardias considerados “buenos” se sentían incapaces de intervenir para detener los abusos.
Más de medio siglo después, el experimento sigue planteando preguntas incómodas sobre la naturaleza humana. Una de sus lecciones más inquietantes es que quienes cometen atrocidades no siempre son monstruos, sino personas comunes a las que se les da el poder y la oportunidad de hacerlo. Como señala la célebre frase: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe de forma absoluta”.
Traducción de Leticia Zampedri

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