‘Digger’: Tom Cruise intenta reinventarse en una metasátira que termina siendo una gran frustración
La estrella de ‘Misión: Imposible’ se transforma con elaboradas prótesis para interpretar a un multimillonario ante el fin del mundo en la arriesgada nueva comedia de Alejandro González Iñárritu
Tom Cruise, héroe estadounidense —o al menos así lo presentan sus películas—, protagoniza la nueva sátira de Alejandro González Iñárritu, Digger, en la que interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero multimillonario. Con la piel flácida y cubierta de manchas, sostiene contra el pecho a un gato blanco que está a punto de morir.
Al principio, todas las preocupaciones de Digger giran en torno al animal enfermo: lo alimenta con los dedos, hundiéndolos en una pasta de carne pálida, permite que orine cada noche en su cama para que después la empleada doméstica limpie el desastre y despide al veterinario que le ruega poner fin al sufrimiento de la pobre criatura. Pero una notificación en su teléfono interrumpe esa excéntrica rutina con un problema algo mayor: el fin del mundo.
Digger recibe la noticia de que una de sus plataformas petroleras en Groenlandia abrió una grieta en la capa de hielo y que una enorme masa glaciar avanza directamente hacia Noruega, con consecuencias potencialmente apocalípticas. Ante la catástrofe, se apresura a deslindarse de toda responsabilidad y se presenta como una especie de visionario y salvador. También maltrata a Ganesh (Riz Ahmed), el científico encargado de revelar la verdad, e incluso finge quedarse dormido cuando este empieza a enumerar las numerosas atrocidades que Digger cometió. A la vez, mantiene una estrecha relación con el presidente de Estados Unidos (John Goodman), quien insiste en recordar que probablemente está a punto de morir de “cáncer de culo” mientras desarrolla delirios cada vez más mesiánicos sobre su propio destino.
Las películas de Iñárritu suelen expresarse con la intensidad de una fanfarria. En El renacido (2015), una osa hunde sus garras en una humanidad oportunista; en Birdman (2014), la cámara recorre frenéticamente los pasillos detrás del escenario como si intentara escapar de la inminente obsolescencia de un actor. En el pasado, el director mexicano fue criticado —de forma un tanto injusta— porque su gusto por la grandilocuencia podía confundirse con arrogancia. En ese sentido, Digger es quizá su propuesta más ambiciosa hasta la fecha. Sin embargo, pese a toda su grotesca imaginería estadounidense, la película termina golpeando con la fuerza de una suave brisa: simplemente no es lo bastante cruel como para dejar una verdadera huella.
Aun así, hay un romanticismo innegable en medio de todo ese caos. Está en los dedos cubiertos de pasta de carne, en el lenguaje vulgar y sin pudor, en la música agónica de Cosmo Sheldrake y en la manera en que los personajes se ciernen sobre la cámara como gigantes hambrientos. También aparece en ese paisaje derretido, digno de una pintura de Norman Rockwell, que se extiende al otro lado de la ventana y en la fotografía de Emmanuel Lubezki, que envuelve la historia en una especie de limbo descolorido.
El reparto, por su parte, se entrega con soltura a la farsa: Ahmed demuestra un talento especial para la comedia, mientras que Sandra Hüller despotrica y delira con la intensidad necesaria en el papel de la hermanastra de Digger.

Aunque Digger parece haberse dejado seducir por la idea de que Cruise ofrece una interpretación reveladora, en realidad no hay aquí una verdadera reinvención, sino un regreso al tipo de papeles que hacía (¡hace más de dos décadas!) antes de encadenar éxitos de taquilla. Incluso su transformación a base de prótesis de látex recuerda al calvo y barrigón Les Grossman de Tropic Thunder (2008).
Cruise está formidable, como siempre, y conserva intacto su magnetismo. Pronuncia cada frase con la precisión de quien prepara un disparo de francotirador, y alcanza su mejor momento en un discurso dirigido al pueblo, en el que acusa a la sociedad de haberse convertido en cómplice por su apego a la comodidad.
Sin embargo, aunque Digger parece aspirar a emular Dr. Strangelove, cuesta conciliar la representación que hace Cruise del 1 % más rico con una realidad mucho más cruda: todos estamos siendo engañados y destruidos por algunas de las personas más torpes y carentes de encanto que existen. Digger no es Musk ni Zuckerberg y, comparado con Trump, hasta el absurdo presidente interpretado por Goodman parece el más sensato de todos.
Pero ahí, podría objetar Iñárritu, está precisamente la clave: Digger no es lo que parece. Bajo la superficie se esconde un componente metatextual que invita a cuestionar constantemente lo que estamos viendo. ¿Para qué sirve la sátira? ¿Es una distracción, una catarsis, una forma de absolvernos moralmente? ¿Permite a quienes tienen el poder reescribir su propia historia? Y, sobre todo, ¿somos ingenuos al aceptar como sincero todo lo que Iñárritu nos muestra?

Este recurso sin duda funcionará para algunos y, como mínimo, hay que reconocer la audacia de Iñárritu. (En lo personal, creo que el cine tiene mucha más influencia sobre la sociedad de lo que Digger parece sugerir). Pero si una película no termina de funcionar y, al mismo tiempo, plantea que su propia existencia quizá sea completamente inútil, surge una pregunta inevitable: ¿para qué molestarse en hacerla o, incluso, en verla?
Director: Alejandro G. Iñárritu. Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons. Clasificación: 15. Duración: 129 minutos.
Traducción de Leticia Zampedri






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