‘Petal’, de Ariana Grande: este apático álbum no refleja lo magnífica que puede ser la artista

La instrumentación en este disco es fantasmal, empapada de reverberación y con la voz de Grande superpuesta y resonando en cada canción. Buscas con desesperación algo sustancial a lo que aferrarte, pero siempre está fuera de tu alcance

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A veces, lo “etéreo” es sinónimo de insípido. El octavo álbum de estudio de Ariana Grande, Petal, es un disco mayormente aletargado en el que la producción (a cargo de Grande y sus colaboradores habituales Max Martin e Ilya Salmanzadeh) ahoga su voz de la manera más exasperante. Es como si no quisiera que la escucharas, y prefiriera esconderse en las sombras.

En una entrevista reciente, Grande afirmó que había escrito este álbum desde un estado de “rabia sin filtros”, y ciertamente hay una frialdad en su famosa voz de cuatro octavas, un veneno oculto bajo la belleza.

¿Y quién puede culparla? Viene de pasar por el circo que fue la gira de prensa de Wicked: por siempre, durante la cual sus interacciones con su coprotagonista Cynthia Erivo fueron analizadas hasta el extremo. Hubo acoso cibernético por sus relaciones personales y un discurso sobre su cuerpo que osciló drásticamente entre la preocupación genuina y la pura malicia. Ah, y Grande, que sufre de trastorno de estrés postraumático por el ataque terrorista en su concierto de 2017 en Manchester, Reino Unido, fue agredida físicamente por un hombre en la alfombra roja en Singapur (el individuo fue arrestado y se le prohibió la entrada al país).

Sí, Grande tiene todo el derecho a estar enfadada. Pero en Petal no lo demuestra. En cambio, suena cansada, distraída, apática. No esperaba una furia desbordante, pero parece que apenas tiene energía para respirar frente al micrófono, y mucho menos para transmitir algo más que puro aburrimiento. Dan ganas de preguntarse si realmente quería hacer este álbum.

Imagen de portada de ‘Petal’
Imagen de portada de ‘Petal’ (Prensa)

Incluso la instrumentación es etérea, empapada de reverberación, con la voz de Grande superpuesta y resonando en cada canción. Desesperadamente anhelas algo sustancial a lo que aferrarte, pero siempre está fuera de tu alcance; ni de lejos tan satisfactorio como el sexo sobre el que canta en ‘Big Feelings’ (“c**o tan dulce que una lágrima cayó de su ojo”). A menudo, su voz queda tan ahogada por la producción que muchas de las letras son difíciles de descifrar. Quizás sea intencional, ya que la actitud de Grande a lo largo del disco parece ser: “No me entiendes, y no me importa”.

Pero es una verdadera lástima, porque hay algunas canciones muy buenas aquí (“Mis callejones sin salida están reunidos a mi alrededor, vestidos de amigos/ Solo para que no me vuelvan a lastimar”, canta en ‘Oh Well’). Sin embargo, la palabra clave es “algunas”. ‘Big Feelings’ y ‘Never Get Over Me’ (esta última una repetición de ‘Dangerous Woman’) son puro relleno, música para una peluquería sonando sobre el estruendo de los secadores y las conversaciones. ‘Bad Thing (Bunny Hop)’ es una extraña excepción, en la que Grande desea a alguien en quien no se había fijado antes. El tema regurgita los sonidos de sintetizador viscosos y submarinos del sencillo ‘Hate That I Made U Love Me’.

No es un buen presagio que ‘Hate That…’ sea, con diferencia, la mejor canción del álbum, aunque realmente sea excelente. En ella, se nota con claridad la rabia de la que hablaba Grande, aparentemente dirigida a un ex (en junio se informó que ella y su coprotagonista de Wicked, Ethan Slater, se habían separado discretamente tras dos años juntos) y a sus “fans” más críticos. Su enfoque es fulminante, sus palabras impactan con la puntería de un asesino: “Solo debes saber que encontraré mi camino lejos de ti / Como flores saliendo de una tumba, mientras decides quién eres”. Canta desde la perspectiva de la sirena, invirtiendo la narrativa misógina con la que ha estado plagada durante algún tiempo, como si los hombres que la persiguen no tuvieran ninguna autonomía en el asunto.

‘Oh Well’ es casi igual de buena, una canción excepcional donde su voz brilla con luz propia, centelleando sobre ritmos entrecortados y destellos de sintetizador celestiales, como ondas de luz que se refractan en la superficie del océano. No es una canción reconfortante, ya que Grande parece buscar distracción en un lugar oscuro, o tal vez lo hace solo por la trama: “Algo, algo nuevo para mantener la creatividad / Cualquier cosa para no dejar entrar tu bondad”.

En ‘Freak’, ese cansancio finalmente se endurece y se convierte en algo más mordaz; la Bella Durmiente despierta y descubre que en realidad prefiere el bosque de espinas que la rodea. “Despiértame cuando toda esta m****a haya terminado/ sé demasiado por ahora/ ¿Alguna vez estarán sobrios ellos y su veneno?/ No la conozco”. Grande, cuya imagen pública es dulce, educada e inocente, ahora se niega a darle a la demandante multitud lo que quiere, incluso si no está dispuesta a alejarse de la fama: “Perdida sin tu luz/ No puedo dejarte/ Es tan peculiar, ¿no te quedarás un rato?”.

Uno empatiza cuando admite que es “difícil creer en un final perfecto”, en la agridulce canción que cierra el álbum, ‘Nowhere, Nobody’. De hecho, todas sus historias favoritas “terminan en algún tipo de catástrofe”, canta en ‘Petal’. Este álbum no es catastrófico. Es solo un capítulo, uno extraño, que demuestra, a veces, lo magnífica que puede ser Grande. Por eso resulta aún más decepcionante cuando no lo es.

Traducción de Sara Pignatiello

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