La guerra entre Rusia y Ucrania se cierne sobre Roland Garros y el tenis sigue sin respuestas
Las últimas rondas del torneo femenino estuvieron marcadas por destacadas actuaciones de varias tenistas rusas y ucranianas que, como escribe Flo Clifford desde París, volvieron a poner sobre la mesa uno de los asuntos más complejos del tenis y la dificultad del deporte para enfrentarlo

De las 128 jugadoras de todo el mundo que comenzaron el cuadro principal femenino de Roland Garros este año, los cuartos de final quedaron concentrados en una pequeña región de Europa del Este: una polaca, una rumana, dos ucranianas y cuatro tenistas nacidas en Rusia o Bielorrusia. Estas últimas compiten oficialmente bajo bandera neutral, un rectángulo blanco pensado para pasar inadvertido, aunque imposible de separar del contexto que representa.
El torneo femenino de Roland Garros quedó inevitablemente atravesado por la invasión rusa a Ucrania y por la creciente distancia entre las jugadoras de ambos lados del conflicto, una fractura que también involucra a las bielorrusas.
Pocos deportes han sentido ese impacto de forma tan visible como el tenis. La explicación está, en parte, en la fuerte presencia de tenistas de ambos países: al momento de escribir este artículo, había siete rusas y siete ucranianas dentro del Top 100 de la WTA. Además, la número uno del mundo, y probablemente la jugadora más dominante del circuito, es bielorrusa: Aryna Sabalenka.
Pero también pesa la naturaleza misma del tenis: un deporte individual donde solo una persona gana y donde las rivales se enfrentan cara a cara hasta que una cede.
Sin embargo, gran parte del peso de esta discusión termina recayendo sobre las propias jugadoras. El grupo ucraniano habla abiertamente sobre la devastación que atraviesa su país y sostiene una postura común que Oleksandra Oliynykova definió como una “solidaridad absoluta”. Del otro lado aparecen muchas tenistas rusas que, por distintos motivos, casi nunca explicitados, optan en su mayoría por el silencio.
Marta Kostyuk lo expresó con dureza después de avanzar a semifinales: “Son adultos. Saben de qué están hablando. Saben lo que está pasando. Tienen teléfonos. Tienen Instagram. Ven las noticias. No entiendo cómo alguien puede dormir tranquilo sabiendo que esto ocurre y aun así no decir nada”.
Las jugadoras rusas que todavía tienen familiares o amigos en su país suelen argumentar que temen represalias si se pronuncian públicamente. Kostyuk, sin embargo, cuestiona ese argumento: “Conozco personas que dejaron Rusia apenas comenzó la guerra, que vendieron sus negocios y abandonaron todo porque no estaban de acuerdo con lo que su país les estaba haciendo a otros”.
Kostyuk puso como ejemplo a Daria Kasatkina, quien ahora compite bajo la bandera de Australia tras cambiar de nacionalidad en 2025. La tenista, que hizo pública su homosexualidad en 2022, también se manifestó abiertamente contra la guerra.
“Han ido a las casas de sus padres, a los departamentos de sus familias, para intimidarlos. Y aun así eso no le impidió cambiar de nacionalidad e irse. Además, ni siquiera creo que viva en Rusia y la mayoría de las jugadoras tampoco viven allí”, afirmó.
Luego fue más allá: “No hay nada que te lo impida si no estás de acuerdo con esto. Claramente, ellas piensan distinto. Después de cuatro años, creo que ya dejaron bastante claro de qué lado están”.
La victoria de Kostyuk en primera ronda llegó apenas horas después de un ataque con misiles rusos que destruyó un edificio ubicado a solo 100 metros de la casa de su familia en Kiev. Su semifinal, un duelo ucraniano ante la considerada leyenda nacional Elina Svitolina, se disputó después de otra ola de bombardeos sobre el país, que dejó al menos 18 muertos.
La tenista, de 23 años, rompió en llanto después de ambos partidos. Tras derrotar a Svitolina, explicó: “Lo más importante que puedo hacer es sentarme aquí y hablar de esto para que más personas sepan lo que está pasando y no terminen normalizando esta realidad terrible”.
El público de Roland Garros apenas alcanza a ver una pequeña parte de lo que estas jugadoras han vivido durante los últimos cuatro años. Pocas regiones del corazón tradicional del tenis, Europa central y occidental, han convivido tan de cerca con una guerra prolongada y sus consecuencias.
Por eso, estos cuartos de final y semifinales terminaron siendo mucho más que simples partidos. Kostyuk hizo historia al convertirse en la primera ucraniana en alcanzar las semifinales de Roland Garros, donde enfrentará a la rusa Mirra Andreeva.
Andreeva, nacida en Siberia, se mudó a Moscú para entrenar antes de instalarse en Cannes en 2022. Mientras tanto, la bielorrusa Aryna Sabalenka quedó eliminada en cuartos de final ante Diana Shnaider, una jugadora que recibió fuertes críticas por competir en un torneo disputado en San Petersburgo y patrocinado por el gigante energético ruso Gazprom.
Las posibles combinaciones para la final abrían escenarios políticamente incómodos: un duelo entre una rusa y una ucraniana o incluso una definición completamente rusa. El primer caso habría terminado sin apretón de manos, sin foto conjunta durante la premiación y con pocas, o ninguna, de las cortesías habituales en los discursos posteriores al partido. La pregunta inevitable era si Roland Garros estaba preparado para una situación así.
Para un deporte que mantiene una relación compleja con tenistas que compiten bajo bandera neutral, el torneo volvió a recordar que la geopolítica y la guerra siguen atravesando el alto rendimiento.
Desde que Anastasia Myskina se convirtió, hace 22 años, en la primera rusa en conquistar un Grand Slam individual femenino, el mapa del tenis cambió de manera profunda: desde entonces llegaron otros siete títulos para Rusia y seis para Bielorrusia. Y nada indica que esta conversación vaya a desaparecer pronto.
Muchos organismos deportivos, sobre todo en disciplinas de invierno, fútbol internacional y atletismo, optaron por excluir por completo a atletas rusos. Otros, especialmente dentro del movimiento olímpico, les permitieron competir bajo ciertas condiciones que, al menos sobre el papel, son estrictas.
El tenis eligió otro camino. Desde el comienzo de la invasión, permitió que rusos y bielorrusos siguieran compitiendo como neutrales. Así, Sabalenka conquistó sus cuatro títulos de Grand Slam sin representar a Bielorrusia.
La estructura fragmentada de gobierno del tenis, dividida entre los cuatro Grand Slams, los dos circuitos profesionales y la Federación Internacional de Tenis (ITF), también dificultó cualquier intento de fijar una postura común. Sin una línea clara y con una tendencia persistente a evitar el debate, las distintas entidades rectoras terminaron proyectando una imagen de debilidad.
Wimbledon 2022 fue la gran excepción. El torneo decidió excluir a tenistas rusos y bielorrusos, aunque la medida produjo consecuencias inesperadas: Elena Rybakina, nacida en Rusia pero representante de Kazajistán desde 2018, terminó levantando el trofeo.
La respuesta institucional no tardó en llegar. ATP y WTA retiraron los puntos del ranking del torneo y sancionaron a la AELTC y a la LTA con multas que, en conjunto, alcanzaron los dos millones de dólares.
No existe una solución simple. Hace tiempo que la discusión deportiva quedó superada por las implicancias políticas, éticas y morales que atraviesan el conflicto.
Como resumió la ucraniana Oleksandra Oliynykova cuando le preguntaron si necesitaba medidas de seguridad adicionales después de perder en tercera ronda ante Shnaider, la burbuja de un torneo está muy lejos de la realidad que enfrenta su país. “Cuando vuelva a casa, dormiré bajo las bombas. Esta guerra define mi vida, porque mi futuro está en Ucrania. Mi padre volverá al ejército. Mi novio es soldado. Todo en mi vida está marcado por la guerra”.
Esa es la realidad que este Roland Garros volvió imposible de ignorar, mientras el tenis sigue sin encontrar una respuesta clara sobre cómo convivir con ella.
Traducción de Leticia Zampedri




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