Como una cucaracha bien vestida, Gianni Infantino es el tipo de hombre que sobrevive a todo
Puede que el untuoso jefe de la FIFA parezca estar de salida, pero ha aprendido lo suficiente de Donald Trump como para intuir que no será fácil destituirlo, dice Joy Lo Dico
Donald Trump no contesta sus llamadas, la UEFA quiere que se vaya, y ha sido objeto de burlas e indignación por intentar vender la Copa del Mundo a un contacto político (ni siquiera al mejor postor). No parece que Gianni Infantino vaya a ser, después de todo, el nuevo secretario general de las Naciones Unidas.
El hombre ha convocado a altos funcionarios de la FIFA a una reunión de crisis en Marruecos el miércoles, en su lucha por salvar su presidencia.
Pero Infantino es de esos hombres que sobreviven. La cabeza calva, la sonrisa afable, el traje impecable, los viajes por carretera, las generosas donaciones a naciones menores, los discursos interminables; las raíces que se han arraigado en el gran deporte mundial hasta llegar a todas partes. Puede permitirse relajarse y disfrutar de una Coca-Cola edición Mundial.
Porque vivimos simultáneamente en dos mundos. El primero es puro: democracia, reglas y mérito. Así es como nos enseñaron que funcionaban las cosas. Pero, tras los muros, sigilosamente como cucarachas que nunca se dejan atrapar, se encuentra el otro mundo donde se gestan acuerdos secretos y se forjan conexiones profundas.
Así que este es un hombre con la desfachatez de repartir premios de la paz, de coleccionar ciudadanías honorarias, de dar lecciones a Internet con un sermón de quince diapositivas sobre el significado del amor.
Personas como él saben, de vez en cuando, cuándo una jugada ha sido demasiado arriesgada, cuándo es el momento de dar marcha atrás. La venta de la Copa del Mundo —a una firma de inversión liderada por Joshua Kushner, esposo de la supermodelo Karlie Kloss y hermano del yerno de Trump, Jared Kushner— queda archivada, anunció la FIFA en un comunicado “atribuible al presidente [Infantino]”. Está a punto de comenzar un juego tranquilo detrás de la línea central.
Gianni ha aprendido mucho del manual de Donald Trump. Elegido en 2016, justo cuando Trump llegó al poder, Infantino ha organizado mundiales en dos de los países anfitriones más delicados del mundo, Catar y EE. UU., y ha demostrado que puede aplicar la realpolitik con cualquiera. Rusia le otorgó la Orden de la Amistad. Defendió a Catar de los lamentos moralistas de Occidente, y en Catar se salió completamente del guion, explicando que sabía lo que era la discriminación porque ese día se sentía, alternativamente, “gay, discapacitado, trabajador migrante, árabe, africano”. Lo entendía todo porque, de niño, se burlaban de él por su pelo rojo y sus pecas.
Lo que también entiende, al parecer, es el mundo del poder y la política. La popularidad es cosa de gente común, y la necesidad de ella es un defecto de carácter que se debe rechazar. Se valoran otras cualidades: hay que ser resistente, pero también persistente. Lo que realmente se necesita es la capacidad de aferrarse.
Pero decir que se ha moldeado a imagen y semejanza de Trump ignora la naturaleza camaleónica de un presidente de la FIFA. Tiene un aire europeo. La política de Trump surgió de la cultura de las transacciones inmobiliarias y el dinero obtenido ilícitamente. Infantino es suizo, abogado de profesión y proviene de una familia del sur de Italia.
Aquí radica la supuesta traición. En teoría, debería ser uno de los puristas (Sepp Blatter, el anterior presidente de la FIFA, también era suizo), pero su ética parece ser flexible allá donde esté.
Mientras las federaciones de fútbol retiran su apoyo, pretender que el Mundial alguna vez se trató de igualdad es absurdo. Lo que no podemos perdonar es que alguien diga abiertamente que esto es lo que realmente es el deporte que decimos amar: un circo de dinero y poder.
La política futbolística rara vez derroca a un presidente de la FIFA. Sepp Blatter sobrevivió a veinticinco años de escándalos e intentos de destitución, y fue reelegido incluso luego de que el Departamento de Justicia de EE. UU. allanara su propio congreso, solo para caer en menos de una semana (en la era Obama, claro está; quizás ahora sea una posibilidad menos preocupante).
Infantino surgió tras la caída de Sepp Blatter, en medio de un escándalo de corrupción. Sentimos repulsión por lo que se ha convertido en la última década: alguien dispuesto a vender nuestro querido deporte por dinero en efectivo.
Pero Infantino no es un hombre que se deje desplazar fácilmente. El sistema, del que formamos parte, ha tolerado durante décadas una capa subterránea en el fútbol, una que acepta los intercambios turbios a cambio de la gloria del juego.
La FIFA tiene que lidiar con complejas intrigas políticas. Pero necesita a alguien con ciertas características para gestionarlas. Si no es Infantino, ¿quién? Alguien similar. Ni él ni los de su calaña desaparecerán pronto.
Traducción de Sara Pignatiello






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