Estados Unidos no debería volver a organizar un torneo tras el desastre del Mundial, según críticos
Richard Jolly sostiene que los problemas éticos, financieros y logísticos que marcaron este Mundial deberían bastar para impedir que Estados Unidos vuelva a organizar grandes torneos de fútbol hasta que implemente cambios de fondo
El hombre número 27 sobre el podio tenía un plan. Donald Trump volvió a colarse en las fotografías de una ceremonia de premiación al permanecer junto a los jugadores mientras España celebraba el título del Mundial. Su presencia parecía inevitable: aunque solo asistió a un partido del torneo —para disgusto de miles de aficionados afectados por los importantes retrasos provocados por su visita—, su influencia se hizo sentir durante toda la competencia.
Trump fue recibido con abucheos en el MetLife Stadium el domingo. Aun así, ya piensa en otro Mundial o, más precisamente, en organizar otro torneo. "Tuve una gran idea para Gianni [Infantino]", dijo. "Que nos lo vuelvan a dar la próxima vez. Lo pediremos de inmediato".
La propuesta pasa por alto que las sedes de las próximas dos Copas del Mundo ya fueron adjudicadas y ninguna corresponde a Estados Unidos. Pero eso no pareció frenar la idea de Trump. "Esta vez dejaríamos fuera a Canadá y México", afirmó el viernes.
El comentario cobra un tono irónico si se considera que Trump ha insistido en su idea de convertir a Canadá en el estado número 51. Siguiendo esa misma lógica, el autor bromea con que incluso podrían disputarse partidos en un hipotético "Trump Dome" en Groenlandia, financiado por un multimillonario de las criptomonedas.
Aunque Estados Unidos no podría volver a organizar un Mundial masculino antes de 2038, sí será una de las sedes del Mundial femenino de 2031 junto con México, Jamaica y Costa Rica. Además, se ha especulado con la posibilidad de que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, impulse a Estados Unidos como anfitrión del Mundial de Clubes de 2029.
El autor sostiene que existen motivos para que eso no ocurra hasta que Estados Unidos implemente cambios importantes, y agrupa esos argumentos en tres ámbitos: el moral, el financiero y el logístico.
Según el artículo, al igual que ocurrió con Rusia y Qatar, albergar una Copa del Mundo puede otorgar legitimidad internacional a gobiernos cuestionados. Sin embargo, señala que ninguno de esos países organizó el torneo mientras mantenía un conflicto armado con otro participante del Mundial. También menciona que un ataque de Estados Unidos contra una escuela en Irán, en el que murieron 168 personas, la mayoría niños, podría constituir un crimen de guerra.
En el plano deportivo, el texto sostiene que la selección de Irán también enfrentó dificultades relacionadas con su ingreso y salida de Estados Unidos. "Fue un Mundial desastroso", afirmó el delantero Mehdi Taremi. El autor agrega que, ante la postura confrontativa de Trump —quien, según el artículo, recibió un premio de la paz creado por la FIFA—, otros países podrían preguntarse si algún día serán los próximos en verse afectados por decisiones de Washington.
El autor sostiene que ese cuestionamiento también tiene una dimensión deportiva. Afirma que la decisión de levantar la suspensión de Folarin Balogun para que el delantero estadounidense pudiera enfrentar a Bélgica —supuestamente después de que Trump llamara a Gianni Infantino— representó uno de los momentos más bajos en la historia de la FIFA, al considerar que la presión política prevaleció sobre el mérito deportivo y los principios del juego limpio.
Añade que, aunque Balogun pudo disputar el partido, Estados Unidos cayó 4-1 ante Bélgica. Según el artículo, ese episodio podría envalentonar a Trump para intentar ejercer una influencia similar en el futuro.
El texto también plantea un argumento más amplio sobre los valores que, a juicio del autor, debería representar una Copa del Mundo. Sostiene que estos contrastan con los de la administración Trump y menciona ideales como la diversidad, la inclusión y la capacidad del fútbol para unir a las personas, en referencia al discurso que Tom Cruise pronunció antes de la final.
Asimismo, señala que muchos visitantes comprobaron durante las últimas seis semanas la hospitalidad de la mayoría de los estadounidenses. Sin embargo, añade que 77 millones de personas votaron por Trump y sostiene que otorgar al país la organización de grandes eventos deportivos internacionales supone una recompensa, pese a que, según el autor, decisiones del Gobierno de Estados Unidos, como la imposición de aranceles o la guerra con Irán, han perjudicado a gran parte del resto del mundo.
El autor también plantea cuestionamientos de carácter financiero. Sostiene que, aunque el Mundial pudo haber beneficiado a una industria turística afectada por la disminución de visitantes extranjeros durante el Gobierno de Trump, el impacto habría sido mayor si más aficionados al fútbol hubieran podido ingresar al país.
Añade que la FIFA puede presentar esta edición como la Copa del Mundo más rentable de la historia gracias al aumento del número de selecciones participantes (48) y de partidos (104). Sin embargo, sostiene que también fue la más orientada a maximizar los ingresos, al aprovechar el mercado estadounidense para elevar el precio de las entradas. Según el artículo, esa situación se vio agravada por el Gobierno de Trump y por una cultura empresarial que trató a los aficionados como una oportunidad de negocio, impulsando aumentos de precios. Como ejemplo, el autor recuerda que, a pocos kilómetros del estadio de Foxborough, se ofrecían espacios de estacionamiento en jardines particulares por entre 150 y 200 dólares, una práctica que considera abusiva.
En el plano logístico, el artículo señala que la enorme extensión territorial de Estados Unidos ya hacía prever un torneo complejo y costoso. A ello, agrega, se sumaron decisiones equivocadas que evidenciaron, una vez más, que tanto las autoridades estadounidenses como la FIFA relegaron a los aficionados, lo que se reflejó en la deficiente organización observada en varias sedes.

El autor sostiene que la elección de las sedes y la elaboración del calendario reflejaron una escasa consideración por los aficionados. Como ejemplo, señala que Alemania disputó sus partidos de la fase de grupos en Houston, Toronto y Nueva York, mientras que Austria tuvo que desplazarse de San Francisco a Dallas y luego a Kansas City. Además, destaca que muy pocas ciudades sede estaban próximas entre sí.
También critica que muchos de los estadios estuvieran alejados de los centros urbanos. Aunque reconoce que varios de ellos eran modernos e imponentes, considera que su ubicación resultó poco conveniente, un problema agravado por las limitadas opciones de transporte público en gran parte de Estados Unidos. En ese sentido, menciona a Boston como una ciudad anfitriona ideal, salvo por el hecho de que el estadio se encontraba lejos de la ciudad.
Según el artículo, la FIFA debió priorizar estadios con mejor accesibilidad. El autor considera que solo Seattle, Atlanta y Filadelfia cumplían ese criterio en Estados Unidos, mientras que Toronto fue el ejemplo más exitoso en Canadá.
También recuerda que Chicago renunció a postularse como sede, en parte por las exigencias de la FIFA. Aun así, sostiene que el organismo debería privilegiar las sedes más adecuadas para los aficionados, y no solo las más rentables. En su opinión, gracias a la ubicación céntrica del Soldier Field y a la red de transporte público de Chicago, la ciudad habría sido una mejor opción para el Medio Oeste que Kansas City, que, según el artículo, carecía de la infraestructura necesaria.
El autor sostiene que la FIFA debería tomar como referencia la Eurocopa 2024, un torneo que, a su juicio, ofreció una mejor experiencia para los aficionados gracias a una organización basada en principios distintos. Aunque reconoce que no estuvo exento de problemas, destaca el funcionamiento del transporte público en ciudades alemanas como Berlín y Hamburgo, y considera que la dependencia del automóvil en Estados Unidos no favorece la organización de un torneo de este tipo.
También cuestiona si la FIFA está dispuesta a extraer lecciones de esa experiencia. Según el artículo, el organismo ha perdido contacto con las raíces del fútbol y con sus aficionados, una percepción que, afirma, se vio reforzada por decisiones que califica como una "americanización" del deporte.
Como conclusión, el autor sostiene que los futuros torneos deberían prescindir de pausas para hidratación salvo en condiciones de calor extremo, de espectáculos durante el entretiempo y de la asignación de entradas a celebridades en lugar de aficionados. Además, considera que Estados Unidos no debería volver a organizar grandes competiciones de fútbol mientras no cambien las condiciones actuales.
Traducción de Leticia Zampedri





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