Si una civilización cae esta noche, será el EE. UU. de Trump
Un presidente estadounidense cada vez más desquiciado ha amenazado con un evento de nivel de extinción para poner fin a su desastrosa guerra de elección con Irán; es un momento oscuro que sin duda marca el principio del fin del siglo estadounidense, afirma Alexander Larman
En 1941, Henry Luce, editor pionero de las revistas Time y Life, anunció que no solo había llegado el momento de que EE. UU. entrara en la Segunda Guerra Mundial para defender los ideales democráticos, sino que los resultados de esta acción intervencionista ayudarían a crear un “Siglo Estadounidense”: una nueva era en la que las acciones de su país darían forma al mundo entero.
Ochenta y cinco años después, es difícil no sentir que Luce tenía razón, excepto, quizás, en sus cálculos matemáticos.
En términos generales, durante gran parte de las últimas casi diez décadas, la intervención estadounidense ha sido una fuerza positiva, extendiendo principalmente la paz y la prosperidad por todo el mundo de una manera que ninguna otra nación civilizada ha logrado jamás.
Por eso, la extraordinaria amenaza de Donald Trump de que “esta noche morirá toda una civilización, y no volverá jamás”, a menos que se cumpla su exigencia de reabrir el estrecho de Ormuz, podría resultar más cierta de lo que él pretende. Pero en lugar de la de Irán, la civilización en cuestión será la de su propio país.
Sin duda, EE. UU. y sus presidentes han cometido acciones en los últimos cien años que han generado gran resentimiento: basta con pensar en las desafortunadas guerras de Vietnam e Irak, por no hablar de otras incursiones menos notorias en otros países. Sin embargo, resulta difícil compararlas con la política de tierra quemada de Trump hacia Irán, país al que parece deleitarse perversamente provocando, como un colegial malicioso que atormenta a una avispa.
Cuando, inevitablemente, el insecto acorralado pique, el malhechor herido sentirá una cruel justificación para aplastarlo y acabar con su vida. Lo mismo ocurrirá inevitablemente con Irán, que no está dispuesto a buscar un alto el fuego que ponga fin a la guerra que Trump ha elegido, debido a la retórica cada vez más belicosa y ahora profana del presidente.
Bajo el mandato de Trump, EE. UU. es un país cada vez más inmoral, gobernado por un déspota beligerante que, cuando no está profiriendo amenazas escabrosas junto al conejo de Pascua (un hecho que ningún humorista se habría atrevido a sugerir), parece empeñado en un curso de acción que arrebatará a EE. UU. cualquier autoridad moral que posea durante generaciones, quizás indefinidamente.

Anunciar con antelación “uno de los momentos más importantes de la historia del mundo” es un acto de arrogancia descomunal, que sin duda precede a una caída épica.
El segundo mandato de Trump fue una victoria aplastante en todos los sentidos. No se puede decir que EE. UU. haya elegido a este presidente tan quijotesco e ingobernable por descuido o error. Fue directo en sus propuestas. Un país harto de las evasivas de la era de Joe Biden, e incapaz de creer que Kamala Harris pudiera ofrecer algo mejor, votó por él por millones.
Lo que casi todos, salvo sus más fanáticos más cerrados, admitirían ahora es que este nivel de poder ilimitado y sin control ha alcanzado cotas casi tiránicas. La noche de las elecciones, Trump afirmó haber recibido un mandato “sin precedentes y poderoso” para gobernar y, desde entonces, ha podido seguir un rumbo desprovisto de toda base moral o práctica, pero que dejará una mancha imborrable en la reputación nacional e internacional de su país.
Habrá algunos antiestadounidenses fervientes, especialmente en la extrema izquierda, que se regocijen con la extravagancia de las acciones de Trump, afirmando con aires de superioridad que esto es “capitalismo sin control”. El resto de nosotros, que preferiríamos un mundo sensato y equilibrado, podríamos argumentar que si el presidente de EE. UU. cumple sus amenazas —y, hasta la fecha, Trump tiene un historial irregular en cuanto a cumplir sus fanfarronadas fantasiosas y delirantes— entonces estará provocando una escisión que no es simplemente geopolítica, sino existencial.
Luce habría contemplado los mandatos de Trump con un suspiro, y habría considerado al presidente una moda pasajera que será olvidada cuando regrese la cordura. Sin embargo, creer que los buenos volverán y que todo estará bien es un lujo que el resto de nosotros ya no podemos permitirnos.
Si este es realmente el final del siglo estadounidense, o incluso el principio del fin, Trump parece empeñado en anunciarlo, no con un quejido, sino con una explosión.
Traducción de Sara Pignatiello







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