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Bajo la lupa

Reacciones negativas y terror corporal: la historia de ‘Alpha’, la película más incomprendida del año

La aclamada directora francesa, responsable de las inquietantes obras maestras "Raw" y "Titane", sorprendió al público de los festivales este verano al regresar con un emotivo drama sobre la muerte y la enfermedad. Pero la respuesta inicial fue absurda, argumenta Sophie Monks Kaufman, quien conversa con la cineasta Julia Ducournau y el actor Tahar Rahim.

Alpha trailer
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Durante un tiempo, Julia Ducournau fue conocida como la nueva gran figura del terror corporal francés. Su debut, Raw, presentó una alegoría del canibalismo como expresión del deseo sexual, mientras que su siguiente película, Titane, exploró los asesinatos en serie y la soledad familiar a través de la historia de una mujer que tiene sexo con un automóvil.

Por eso, cuando Ducournau volvió este año a la competencia de Cannes con Alpha, cuatro años después de ganar la Palma de Oro por Titane, muchos críticos esperaban otra fábula sangrienta del género. Sin embargo, encontraron algo distinto: un monumento emocional sobre la experiencia de amar a alguien atrapado en un cuerpo que se deteriora y enfrenta el rechazo social. Tahar Rahim, uno de los protagonistas de la película, también percibió ese cambio desde el guion. “Sentí una dimensión emocional que era nueva en su cine”, me cuenta.

Describir Alpha no es sencillo: seguir la trama importa menos que dejarse llevar por sus ritmos enigmáticos y sus emociones más básicas. Ambientada en dos líneas temporales y dentro de una familia franco-bereber, la historia retrata el quiebre en la relación entre una madre (Golshifteh Farahani) y su hija adolescente, Alpha (Mélissa Boros), en medio del regreso del tío Amin (Rahim), un adicto que vive con un virus que lo consume lentamente.

El virus nunca recibe un nombre, aunque la ambientación en las décadas de 1980 y 1990 remite al sida. Aun así, su significado permanece lo bastante abierto para que cada espectador haga su propia interpretación. Alpha me hizo revivir la experiencia de cuidar a mi madre mientras moría de cáncer cerebral. Y aunque el deterioro físico resultó aterrador, nuestro amor siguió siendo más fuerte.

Esta película sobre el cuidado y la enfermedad logra algo poco habitual en pantalla: mostrar a las personas enfermas desde la mirada de quienes todavía son capaces de ver su grandeza. “[Julia] honraba a personas a las que muchos ni siquiera querían mirar de frente”, dice Rahim, al referirse a una de las mayores rupturas de la película con el realismo tradicional.

En Alpha, a medida que el virus avanza, la piel de los pacientes se transforma poco a poco en mármol. Cuando llega la muerte, sus ojos también se petrifican y una nube de polvo calcáreo escapa en su último aliento.

Mélissa Boros aparece en ‘Alpha’, la película de Julia Ducournau
Mélissa Boros aparece en ‘Alpha’, la película de Julia Ducournau (Curzon)

“Les hablaba a todas esas personas que hemos perdido, o a quienes tienen algún familiar que murió de sida u otras enfermedades, y les decía: ‘No olvidamos que los vimos’”, continúa Rahim. “Al convertirlos en mármol, un material noble que se usa para esculpir reyes y figuras religiosas, ella estaba diciendo: ‘En mi película, permanecerán con nosotros para siempre’”.

La intensidad emocional de la película nace de un lugar más profundo que esa poderosa idea estética: forma parte del ADN mismo de la producción. Durante el cóctel de bienvenida, en septiembre de 2024, antes de iniciar un rodaje de dos meses en Normandía, Ducournau habló frente al elenco y el equipo técnico.

“Les dije: ‘A nuestra edad, todos hemos atravesado traumas; no tiene sentido negarlo. Y espero que este rodaje les ayude, a través de los personajes y de las escenas que construiremos juntos, a canalizar ese dolor’”.

Ducournau asegura que fue el rodaje más emotivo de su carrera y recuerda que muchas personas lloraban entre toma y toma. Para ella, uno de los temas centrales de la película es el arrepentimiento. “Todos llegamos a este proyecto impulsados por deseos muy personales”, explica.

En el centro de esa exploración emocional están las interpretaciones de Golshifteh Farahani y Tahar Rahim, mientras que Boros, con su mirada observadora, absorbe el trauma de los adultos que la rodean. Ese peso emocional le permite reconocer un alma afín en el profesor de inglés homosexual interpretado por Finnegan Oldfield, un personaje silenciado por un entorno intolerante que lo obliga a guardar para sí el dolor de la pérdida.

“Cuando exiges tanto de tus actores y actrices, tanto emocional como físicamente (y en el caso de Tahar, en especial en lo físico) tienes que ser muy honesta con ellos”, explica Ducournau al recordar cómo se mostró vulnerable durante toda la producción.

“Tienen que entender cuáles son tus intenciones, de dónde viene tu dolor y qué significa este proyecto para ti. Todos me entregaron muchísimo, y yo también les di el 100 %. Fue una experiencia marcada por una enorme empatía”.

Rahim dice que confió en Ducournau desde el primer día de rodaje y que se entregó al proceso hasta el punto de perder, en ocasiones, la noción de la realidad. El actor, ganador del premio César, siempre ha defendido el cine como una forma de arte y alcanzó reconocimiento internacional en 2010 gracias a su papel protagónico en Un profeta, de Jacques Audiard. Desde hacía tiempo esperaba un personaje que le permitiera llevarse al límite.

“Tenía todo a mi favor para explorar algo nuevo, por fin”, afirma.

Tahar Rahim, a la derecha, perdió 20 kilos y trabajó como voluntario con personas que luchan contra la adicción para prepararse para el papel
Tahar Rahim, a la derecha, perdió 20 kilos y trabajó como voluntario con personas que luchan contra la adicción para prepararse para el papel (Curzon)

Rahim perdió 20 kilos para interpretar a Amin, aunque esa transformación física apenas marcó el inicio de una preparación que fue mucho más allá de lo que Ducournau le pidió. Como parte del proceso, colaboró como voluntario con una asociación llamada Gaia, que trabaja con personas marginadas, incluidas aquellas que enfrentan problemas de adicción.

“Me permitieron grabarlos en sus momentos más vulnerables. Conversé con ellos y compartí tiempo a su lado. Fui recogiendo partes de cada historia para construir el rompecabezas que terminó convirtiéndose en mi personaje. La pregunta siempre fue: ‘¿Cómo sería Tahar si hubiera vivido la vida de Amin?’, porque no quería inventar algo. Quería acercarme lo más posible a lo que ellos estaban viviendo”.

El resultado es el retrato de un hombre suspendido entre la vida y la muerte. Su cuerpo empieza a fallar: tiembla, convulsiona, pierde el conocimiento y vive episodios de terror. A su lado permanece su hermana, decidida a no mostrar miedo.

Ducournau escribió el papel de la madre, una médica, específicamente para Golshifteh Farahani. Aunque muchas veces quedó asociada a personajes definidos por una dulzura serena, como en Paterson, de Jim Jarmusch, aquí la actriz franco-iraní despliega una presencia arrolladora.

En una escena médica junto a Amin, algo sale mal. Él grita. Durante un instante, los ojos de Farahani dejan ver el pánico, pero enseguida transforma ese miedo en una calma protectora.

“Ella nació con una necesidad innata de cuidar a los demás”, dice Ducournau. “De ayudar a quien lo necesite, de no tener miedo de nadie y de quedarse al lado de las personas. Está hecha para eso. Y eso la lleva a extremos donde ya no puede dejar ir a nadie”.

Farahani vive exiliada de Irán desde 2008 y, tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, respaldó las protestas de 2022 bajo el lema Mujer, Vida, Libertad. Ducournau la describe como “una guerrera que ha atravesado muchísimo; veo su lado más amable, pero también es una fuerza imparable cuando hace falta”.

Amor maternal: Ducournau creó el papel de la madre especialmente para Golshifteh Farahani, a la izquierda
Amor maternal: Ducournau creó el papel de la madre especialmente para Golshifteh Farahani, a la izquierda (Curzon)

A pesar de todo esto, Alpha recibió críticas duras tras su estreno en Cannes. La reseña de una estrella de Peter Bradshaw en The Guardian llevaba un título lapidario: “El inconexo horror corporal de Julia Ducournau es un auténtico desastre”.

En IndieWire, David Ehrlich le otorgó una calificación D+ y cuestionó lo que definió como una “cronología incoherente”. Geoffrey MacNab, por su parte, escribió que la película “se ve afectada por un estilo narrativo denso e impenetrable”.

Sin embargo, juzgar una película como Alpha desde parámetros convencionales parece pasar por alto algo central: se trata de una obra muy personal, construida desde la subjetividad antes que desde la lógica narrativa tradicional. La fluidez temporal no parece ser un defecto accidental, sino parte esencial de la experiencia que Ducournau intenta construir.

La directora lo explica con claridad: “Mi cine es muy subjetivo en la manera en que uso la cámara, en cómo trabajo el diseño sonoro; constantemente estás dentro de las percepciones de mis personajes”.

Y, en cierto sentido, así funciona también la experiencia de estar vivos. Rara vez habitamos un único tiempo: recuerdos, fantasías y obsesiones se mezclan con el presente y terminan moldeándolo, hasta el punto de volver tangibles ciertos fantasmas.

Ducournau sostiene que una estructura clásica nunca habría funcionado para esta historia. “No podía hacer una película lineal, estructurada en tres actos, cuando estamos hablando de personas que siguen viviendo con trauma y que, como Alpha, son víctimas de ese dolor”.

Para ella, el trauma altera la percepción del tiempo: “La temporalidad del trauma es confusa. El pasado irrumpe constantemente, ya sea a través de visiones, alucinaciones o ataques de pánico. Puedes revivir una escena de golpe y sentirla con enorme intensidad, aunque haya ocurrido hace 10 o 20 años. Y al mismo tiempo quedarte atrapado en la angustia por el futuro, por miedo a que todo vuelva a pasar”.

Esta película me atravesó desde la primera vez que la vi. La segunda, el impacto fue todavía mayor. Hay una escena en la que Alpha se retuerce sobre la cama mientras el techo parece cerrarse sobre ella. Ahí reapareció esa sensación aplastante de ver cómo el mundo se hacía cada vez más pequeño mientras mi madre se apagaba. No se parecía tanto a un recuerdo como a volver a habitarlo, como si estuviera dentro de una realidad virtual.

La experiencia me golpeó con tanta fuerza que después empecé a preguntarme si esa podía ser una de las razones detrás del rechazo inmediato de algunos críticos. Porque entregarse emocionalmente a una película así implica algo incómodo: quedar expuesto, vulnerable.

Julia Ducournau, directora y guionista, en mayo
Julia Ducournau, directora y guionista, en mayo (Getty)

Sin embargo, la vulnerabilidad parece ser una condición necesaria para construir vínculos profundos, tanto con el arte como con los demás. Como plantea Rahim, uno puede estar rodeado de personas y aun así sentirse aislado si decide cerrarse emocionalmente.

“Estás solo. No conectas con nadie y, al final, es triste no aceptar tus propias emociones ni escuchar las de los demás. De alguna manera, eso también es crecer. Tienes que soltar muchas cosas, y creo que todo empieza por escuchar lo que tu cuerpo está tratando de decirte”.

Para Ducournau, internarse cada vez más en lo incómodo y lo oscuro no es una elección estética, sino una necesidad: la única forma de evitar que aquello que se reprime termine enquistándose. “Si niegas un trauma o reprimes una emoción, eso termina atravesando el tiempo y afectando a otras personas después de ti”.

La directora cree que esa dinámica opera tanto a nivel íntimo como colectivo. Por eso menciona la pandemia de covid-19 como ejemplo de una herida compartida que, a su juicio, nunca terminó de procesarse. Dice que el mundo volvió rápidamente a la normalidad “como si nada hubiera pasado, cuando en realidad pasó de todo”.

“Todos atravesamos una situación anormal que llevó a muchísima gente a la depresión”.

Las experiencias traumáticas, por definición, rara vez pueden procesarse mientras ocurren. Muchas veces, la posibilidad de sanar aparece después, cuando existe suficiente distancia emocional y seguridad para revisarlas. En cierta forma, esa es la historia de Alpha y también la historia detrás de su creación.

Ducournau lo resume así: “La red emocional que construimos durante el rodaje creó un espacio seguro para que cada uno pudiera ser quien de verdad era”.

La fuerza de ese esfuerzo colectivo, y la humanidad visceral que atraviesa toda la película, queda condensada en una escena temprana ambientada en la escuela. La sangre del tatuaje aún sin cicatrizar de Alpha cae sobre un proyector y provoca una reacción inmediata de rechazo entre sus compañeros. Frente a eso, su profesor de inglés responde con una frase que parece resumir el espíritu entero de la película: “No estamos hechos de polvo de hadas”.

‘Alpha’ se estrena en cines el 4 de junio.

Traducción de Leticia Zampedri

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