Nuevas pruebas revelan la brutalidad de la Guerra de Independencia de Estados Unidos
La Guerra de Independencia de Estados Unidos fue especialmente propensa a las atrocidades debido a una combinación única de factores

Mientras el mundo se prepara para conmemorar, el próximo sábado, el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, nuevas investigaciones históricas y arqueológicas están ofreciendo una visión más completa de la Guerra de Independencia y revelan que el conflicto fue incluso más violento de lo que suele creerse.
Estudios publicados en los últimos años han arrojado nueva luz sobre las masacres, la limpieza étnica y el brutal trato que recibieron los prisioneros de guerra.
Aunque los grandes conflictos de Europa occidental del siglo XVIII —como las guerras de Sucesión española y austríaca— involucraron ejércitos mucho más numerosos, registraron niveles de atrocidades considerablemente menores.
La Guerra de Independencia de Estados Unidos fue especialmente propensa a la violencia extrema debido a una combinación poco común de factores: fue, al mismo tiempo, una insurrección contra el gobierno británico, una guerra civil y un conflicto con un fuerte componente étnico.
Al tratarse de una rebelión, las autoridades británicas consideraban a los combatientes independentistas como rebeldes y traidores, y los sometieron a un trato de gran crueldad. A ello se sumó el carácter de guerra civil del conflicto, ya que la población de las colonias estaba dividida entre quienes apoyaban la independencia y quienes permanecían leales a la Corona. Además, ambos bandos recurrieron a alianzas con pueblos indígenas, que terminaron siendo víctimas de un racismo particularmente violento, expresado en masacres, campañas de limpieza étnica y, según sostienen algunos historiadores, al menos un episodio que hoy podría calificarse como genocidio.
Uno de los estudios más recientes sobre este tema es Memory Wars: Settlers and Natives Remember Washington's Sullivan Expedition of 1779 (2023), que analiza cómo los pueblos indígenas y los estadounidenses de ascendencia europea han recordado la expedición militar ordenada por George Washington contra la Confederación Haudenosaunee (iroquesa), una campaña que numerosos historiadores consideran un acto de genocidio.
El año pasado, el historiador Joshua Catalano, de la Universidad de Clemson (Carolina del Sur), publicó otra investigación centrada en la masacre de Gnadenhutten de 1782, en la que fuerzas independentistas estadounidenses ejecutaron a decenas de hombres, mujeres y niños indígenas. El estudio examina cómo la construcción de mitos y los posteriores encubrimientos facilitaron la apropiación de tierras en la frontera. En paralelo, investigaciones arqueológicas y etnográficas recientes han aportado nuevos datos sobre el poblado del siglo XVIII donde ocurrió la matanza.
Otras obras, entre ellas Relieve Us of This Burthen: American Prisoners of War in the Revolutionary South (2012) y The American Revolution on Long Island (2017), documentan nuevas evidencias sobre el trato que las autoridades británicas dieron a los prisioneros de guerra estadounidenses.
Algunos historiadores incluso comparan los barcos prisión, donde miles de cautivos fueron hacinados, sufrieron enfermedades y murieron de hambre, con los campos de concentración de épocas posteriores.

De hecho, casi el doble de estadounidenses murieron en esos barcos prisión —descritos por algunos historiadores como auténticos campos de exterminio— que en los propios campos de batalla.
Alrededor de 30.000 afroamericanos combatieron durante la Guerra de Independencia, repartidos entre ambos bandos. Sin embargo, las investigaciones indican que, en gran medida debido a prácticas de discriminación racial, su tasa de mortalidad fue aproximadamente cuatro veces superior a la de los soldados blancos.
Estudios publicados en 2022, 2023 y a comienzos de 2026 también aportaron nuevos indicios de que el ejército británico probablemente utilizó o llegó a considerar el uso de la viruela como arma biológica contra las fuerzas independentistas.
En los últimos años, además, varios museos han renovado la forma en que presentan los episodios más oscuros del conflicto. El Museo de la Revolución Americana, en Filadelfia, inaugurado en 2017, dedica parte de sus exhibiciones a las atrocidades cometidas durante la guerra. Por su parte, el Museo de la Revolución Americana en Yorktown, Virginia, reabrió sus puertas en 2016 con una propuesta que también aborda de manera crítica la brutalidad del conflicto.
Asimismo, el Monumento a los Mártires de los Barcos Prisión, en Nueva York, fue restaurado y modernizado a lo largo de la década de 2000, incorporando nuevas exposiciones que explican las condiciones extremas que soportaron los prisioneros.
En Londres, el Museo Británico también se sumó a las conmemoraciones por el 250.º aniversario con la exposición Declarando la Independencia: EE. UU. 250, abierta del 30 de junio al 29 de noviembre en la Sala 3. La muestra reúne tres objetos vinculados con los pueblos indígenas que participaron en la guerra:
- La Medalla de la Paz de Washington de 1777, entregada a un importante aliado indígena de George Washington y posteriormente confiscada por los británicos.
- Un cinturón wampum, elaborado con cuentas de concha y utilizado en la diplomacia del siglo XVIII entre dos naciones indígenas que más tarde sufrirían divisiones internas, traiciones y destrucción a manos tanto de los británicos como de los estadounidenses.
- Un hacha ceremonial con pipa incorporada, obsequiada por un aristócrata británico al líder mohawk Thayendanegea (Joseph Brant), aliado de la Corona británica que, con el tiempo, también se sintió traicionado por ella.

A partir de mediados de septiembre, la exposición incorporará además la única copia ceremonial conocida de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El documento, perteneciente a los Archivos de West Sussex, será cedido en préstamo al Museo Británico y se exhibirá por primera vez al público.
Una investigación de la profesora Danielle Allen, de la Universidad de Harvard, sostiene que el revolucionario estadounidense Thomas Paine entregó esta copia al duque de Richmond, un aristócrata británico simpatizante de la causa independentista, entre finales de 1787 y comienzos de 1788. Allen acaba de publicar en Estados Unidos el libro Radical Duke, dedicado a este hallazgo, cuya edición británica llegará a las librerías en agosto.
La copia ceremonial, impresa en pergamino y de tamaño completo, se conserva en un estado notablemente mejor que el ejemplar original de la Declaración de Independencia de 1776, resguardado en el Museo de los Archivos Nacionales de Washington D. C. Mientras que el deterioro del documento original hace que su texto sea hoy prácticamente ilegible, la versión que se exhibirá en Londres aún puede leerse con claridad.
Traducción de Leticia Zampedri






Bookmark popover
Removed from bookmarks