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Crece el consumo de drogas sintéticas en Cuba; jóvenes buscan ayuda en el Estado y la fe

“Juro por la vida de mis seres queridos que rechazaré durante 24 horas el consumo de los tóxicos que me esclavizan”, corearon al unísono varias decenas de jóvenes tomados de las manos días atrás en el Hospital Psiquiátrico de La Habana.

El consumo de drogas, un flagelo cotidiano en las grandes ciudades del mundo, era casi desconocido en Cuba hasta comienzos de esta década. Pero la crisis económica y la introducción de sustancias sintéticas al país —baratas y difíciles de detectar— produjo un giro dramático.

Tanto en La Habana como en las ciudades principales de la isla ya no es inusual ver jóvenes en los parques durmiendo, caminando con dificultad, a veces inconscientes o paralizados.

Según las autoridades, la droga más consumida es el “químico” —cannabinoides sintéticos mezclados con otras sustancias—, que cuesta unos 250 pesos cubanos la dosis (unos 50 centavos de dólar), menos que una bolsa de pan o una lata de refresco. También se la conoce como “papelito” porque es esparcida en hojas que luego se recortan en pequeñas piezas o dosis que se fuman en cigarrillos.

“Tiene muy fácil acceso. Es muy barato. Su costo es muy, muy poco y está en todos los lugares”, dijo a The Associated Press David Morales, de 25 años, quien se recupera tras haber pasado por centros de salud estatales y hacer terapias de rehabilitación en la iglesia bautista evangélica Alcance Victoria Cuba.

La magnitud del problema

El aumento del consumo fue advertido por el Ministerio de Salud y varias dependencias estatales que ya venían trabajando en el problema y que en julio del año pasado crearon un Observatorio de Drogas para reforzar el combate al narcotráfico.

“Sí, se ha producido un incremento”, reconoció en una entrevista con AP la doctora Tania Adriana Peón Valdés, jefa de Salud Mental y Adicciones de la Dirección General de Salud de La Habana. “Ha habido una mayor disponibilidad (de sustancias) y por tanto se ha incrementado el consumo”.

Aunque no se sabe la cantidad de consumidores que hay en la capital, la doctora ofreció como ejemplo del aumento las cifras de personas que han buscado ayuda o fueron registradas al ingresar a alguna guardia hospitalaria: en 2024 fueron 467, en 2025 la cifra subió a 886.

La isla tiene una política de tolerancia cero con las drogas y el narcotráfico se castiga hasta con la cadena perpetua.

Cuba no es un país productor o acopiador de drogas, según las autoridades, pero no escapa al consumo de estas sustancias.

Esporádicamente se reportan decomisos de bultos de cocaína que fueron abandonados por los traficantes en persecuciones y que llegan a la costa, llamados “recalos”. La droga también ingresa de contrabando entre mercancías importadas por la isla y, en menor medida, se han detectado plantaciones domésticas de marihuana.

“La principal afectación que hoy tiene Cuba está relacionada con las nuevas drogas psicoactivas o cannabinoides sintéticos que se generan principalmente desde los Estados Unidos”, aseguró a AP el coronel del Ministerio del Interior, Juan Carlos Poey Guerra.

Agregó que en el último año los laboratorios policiales detectaron 46 nuevas fórmulas sintéticas. Entre las sustancias mezcladas con los cannabinoides se encontró el anticonvulsivante carbamazepina, formol y fentanilo, entre otras. A su vez, entre 2024 y 2025 se frustraron 72 intentos de ingresar drogas al país desde 11 orígenes.

Desde 2016 existe un convenio de cooperación en materia de drogas con Estados Unidos firmado durante el histórico acercamiento de las administraciones de los expresidentes Raúl Castro y Barack Obama.

Sin embargo, este y otros acuerdos quedaron paralizados tras el primer mandato de Donald Trump, que redujo al mínimo los contactos con la isla y endureció las sanciones contra la nación caribeña.

El rol del Estado

Dado que la salud en Cuba es gratuita y estatal, los consultorios de familia de los barrios suelen ser los primeros en detectar los casos de consumo y tratan de canalizarlos. Pero si la condición de los pacientes es compleja, las autoridades sanitarias los derivan a internaciones más prolongadas.

La AP recorrió un pabellón del Hospital Psiquiátrico de La Habana con 40 plazas para varones y pudo hablar con los pacientes de entre 20 y 30 años que deben permanecer hasta 90 días allí para desintoxicarse y comenzar la rehabilitación.

Separado en cubículos con dos camas cada uno, adornados con fotos de familia de los jóvenes, el pabellón tiene además una pequeña área de lectura, un comedor y un área de recreación. Los propios pacientes —ataviados con camisetas blancas en las que se leía: “Contra las drogas se gana”— se encargan cada día del aseo.

“Estaba súper deprimido. Me veía en condiciones desagradables, por la calle, ya no podía más”, contó Daniel Fulleda Rodríguez, de 23 años, quien llegó al hospital a comienzos de enero y ahora siente que hay un futuro para él. “Tengo planes de casarme antes de que se acabe el año y empezar una familia. Hacer mi propio negocio”, agregó entusiasmado.

En el pabellón trabaja Gabriel Rodríguez Vela, de 30 años, quien antes de ser consejero —su puesto actual— fue un paciente. “Estoy dando lo que un día me dieron a mí, que es un mensaje de esperanza”.

Con la ayuda de la fe

Hasta hace algunos años el Estado -fuertemente centralizado- se encargaba del tratamiento de los consumidores de drogas, pero la magnitud del desafío abrió espacio a otros actores.

“Hay barrios que están infectados… He visto a los jóvenes consumiendo delante de mí. He visto a la gente comprando delante de mí”, dijo el pastor Abel Pérez Hernández de la iglesia Alcance Victoria Cuba. “Yo como pastor no estoy llamado a quedarme sentado”.

El templo atendió el año pasado a unos 50 jóvenes y a sus familias. Actualmente más de una docena asisten a sus sesiones de rehabilitación.

“En mi juventud hablar de droga era una cosa extraordinaria... El problema ha crecido tan rápido y en tan poco tiempo que, en cierta medida, ha rebasado las capacidades del país de enfrentar la problemática”, dijo Alejandro Morales, un ingeniero oceanógrafo de 57 años que acompaña a su hijo David a las reuniones en la iglesia.

En la misma sala estaba Vilma Arias Fernández, de 64 años, junto a su hija de 36 para recibir ayuda. Su otro hijo, de 26, también consumidor, se niega a dejar las drogas.

“Hay que orar mucho”, dijo la mujer. “No puede ser porque son jóvenes maravillosos... Mi hija una maestra maravillosa y mi hijo varón es graduado en mecánica automotriz. Yo misma no sé ni cómo cayeron en esto”, agregó.

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Andrea Rodríguez está en X como: https://x.com/ARodriguezAP

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