La curiosa razón por la que los huracanes reciben nombres humanos y algunos nunca vuelven a utilizarse
Los seres humanos siempre han dado nombre a lo que los rodea, pero la práctica de asignar nombres oficiales a huracanes, operaciones militares y emergencias sanitarias mundiales es relativamente moderna
A medida que avanza la temporada de huracanes, los ciclones tropicales del Pacífico reciben nombres de listas que comienzan con Amanda y Boris.
Los seres humanos siempre han dado nombres a lo que los rodea. Sin embargo, asignarlos de manera formal a huracanes, operaciones militares y emergencias sanitarias mundiales es una práctica relativamente moderna.
Desde el huracán Katrina hasta el covid-19 y campañas militares como la Operación Furia Épica, los nombres no solo permiten distinguir un acontecimiento de otro, sino que también pueden influir en la forma en que las personas los entienden y recuerdan.

“Mira a tu alrededor en casa. ¿Quién o qué tiene un nombre? Los miembros de tu familia, tus mascotas. Incluso puede que hayas dado un nombre a ciertos objetos importantes”, explicó Shannon Murphy, directora ejecutiva de la consultora de nombres Nameistry. “Si algo tiene un nombre, significa que tiene algún tipo de importancia”.
En el caso de las tormentas, además, asignar un nombre puede ser una cuestión de seguridad pública. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), los nombres permiten comunicar alertas con rapidez, mejorar la preparación y evitar confusiones cuando varias tormentas están activas al mismo tiempo. También facilitan su seguimiento por parte de científicos e historiadores.
Para ello, los organismos meteorológicos regionales utilizan listas alfabéticas definidas con anticipación. Algunos reutilizan las mismas listas cada varios años, mientras que otros incorporan nuevas cada año. En el Atlántico, se omiten las letras Q, U, X, Y y Z debido a la dificultad de encontrar suficientes nombres adecuados.

Estados Unidos utilizó durante años solo nombres femeninos para las tormentas tropicales, pero desde 1979 las listas alternan entre nombres de hombres y mujeres.
Además, los nombres de los huracanes más mortales o destructivos pueden retirarse de forma permanente. Así ocurrió con Katrina, que devastó la costa del golfo de México en 2005 y dejó casi 1.400 muertos; su nombre fue sustituido por Katia. Lo mismo sucedió con Sandy, que causó 182 muertes tras azotar el Caribe y la costa este de Estados Unidos en 2012 y fue reemplazado por Sara.
“Ha habido nombres difíciles de pronunciar”, explicó Robbie Berg, meteorólogo de coordinación de alertas del Centro Nacional de Huracanes. “Queremos que sean fáciles de decir”.
En cambio, las operaciones militares tienen una historia muy diferente en cuanto a la elección de sus nombres.

En un principio, los nombres en clave eran herramientas prácticas que servían para ocultar planes y distinguir una operación de otra. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro británico Winston Churchill reconoció que también podían tener un fuerte peso político y emocional.
“En la Segunda Guerra Mundial, nombres como Overlord, Torch o Husky eran nombres en clave utilizados para la planificación”, explicó Ruben Stewart, investigador principal de guerra terrestre del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.
En un memorando de 1943, Churchill advirtió que los nombres de las operaciones no debían sonar arrogantes ni frívolos. Sostuvo que los comandantes debían evitar términos que pudieran llevar a una madre o viuda en duelo a decir que su ser querido había muerto en una operación llamada “Bunnyhug” o “Ballyhoo”.
La advertencia dejó huella.

Con el tiempo, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos adoptaron nombres más evocadores compuestos por dos palabras, mientras que Reino Unido mantuvo en general los nombres en clave de una sola palabra. Por ejemplo, durante la Guerra del Golfo de 1991, la campaña recibió el nombre de Operación Tormenta del Desierto en Estados Unidos y Operación Granby en Reino Unido.
En algunos casos, la elección del nombre causó problemas, como ocurrió con la Operación Killer durante la Guerra de Corea, que provocó lo que Stewart describió como “evidentes problemas de relaciones públicas”. Décadas después, la invasión estadounidense de Panamá en 1989 recibió el nombre de Operación Causa Justa, una denominación “elegida de forma deliberada para transmitir legitimidad”, según el experto.
En años más recientes, los nombres de las operaciones militares y gubernamentales se volvieron cada vez más llamativos.

El conflicto de Estados Unidos con Irán, que comenzó en febrero, recibió el nombre de Operación Furia Épica, elegido por el presidente Donald Trump entre 20 opciones.
Por su parte, las campañas de control migratorio adoptaron nombres como Catahoula Crunch y Operación Dirtbag, mientras que el centro de detención de inmigrantes de Florida se hizo conocido como “Alcatraz de los Caimanes”.
“Un nombre puede transmitir un propósito, tranquilizar a la población, mantener la legitimidad de una coalición, disuadir a los adversarios y dar al personal militar una forma sencilla de identificar lo que hace”, explicó Stewart.
Sin embargo, una elección equivocada también puede tener consecuencias.
En un principio, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos llamaron Operación Justicia Infinita a la campaña que lanzaron después de los atentados del 11 de septiembre. Aun así, el nombre cambió poco después a Operación Libertad Duradera ante el temor de que pudiera ofender a los musulmanes, ya que, según la teología islámica, la justicia infinita pertenece a Dios.
Las autoridades de salud pública también aprendieron lecciones similares. Antes era común nombrar las enfermedades en referencia a lugares, animales o personas, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) ahora desaconseja esta práctica porque puede estigmatizar a países, comunidades o industrias.
“Existe un esfuerzo deliberado por dejar atrás términos como ‘gripe porcina’ o ‘gripe española’, lo que demuestra el poder que puede tener un nombre y las asociaciones que genera”, explicó Murphy. “Una vez que un nombre se instala, es difícil cambiarlo”.

Aún es difícil medir con precisión cuánto influye un nombre en el comportamiento de las personas. No obstante, a medida que los fenómenos meteorológicos extremos plantean mayores desafíos de comunicación, los investigadores consideran que entender la psicología detrás de los nombres podría cobrar mayor importancia.
“A medida que nuestro clima se vuelve más extremo, debemos pensar en mejores formas de comunicar los riesgos para evitar daños”, explicó Andrew Charlton-Perez, meteorólogo de la Universidad de Reading.
Reino Unido e Irlanda ya involucraron al público en este proceso: las personas pueden proponer nombres para futuras tormentas y tener así la oportunidad de bautizar un fenómeno meteorológico antes de que llegue a los titulares.
Traducción de Leticia Zampedri







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