La discreta desesperación de Anna Wintour: cómo la Met Gala se convirtió en vitrina de magnates tecnológicos
Mientras muchos critican a Anna Wintour por “vender” la Met Gala a Jeff Bezos y, con ello, debilitar su propia marca, Jessica Barrett analiza si esto representa una señal de que la exeditora de Vogue perdió el rumbo o si, por el contrario, se trata de una jugada estratégica
Cuando Anna Wintour llegue a la Met Gala de este año, el evento del “primer lunes de mayo” que se ha convertido en la joya de la corona de Condé Nast, la recibirán multitudes que corean, flashes cegadores, videos virales en TikTok y unos 450 invitados destacados, vestidos con piezas de alta costura valoradas en millones de dólares.
No por nada se la conoce como los Oscar de la moda: es una de las invitaciones más codiciadas del año, sobre todo desde que Wintour, de 76 años, asumió el control en 1995. En ese momento, se propuso transformar la gala benéfica del Costume Institute, un evento de la alta sociedad que se celebra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, en un espectáculo mediático global al que todos querían asistir. Además, se ganó fama por su rigor al definir la lista de invitados.

Más allá de la alfombra roja, sin embargo, el ambiente fue menos cordial. En los días previos al evento, aparecieron carteles en distintos puntos de la ciudad —en vagones de metro y farolas— que criticaban al presidente honorario, Jeff Bezos, actual director ejecutivo y exdirector general de Amazon, por los supuestos vínculos de la empresa con el ICE y por prácticas de explotación laboral. Firmados por el grupo británico Everyone Hates Elon, incluían mensajes como: “La Met Gala de Bezos: presentada por la empresa que impulsa al ICE” y “Boicot a la Met Gala de Bezos”.
Uno de los organizadores, que prefirió mantenerse en el anonimato, declaró a The Independent que el objetivo era exponer a Bezos por utilizar el evento para “lavar su imagen”. Además, señaló: “Disfruta de champán mientras sus decisiones afectan a personas en todo el mundo. En la práctica, está comprando favores”.
El grupo planea nuevas acciones para la noche del evento. Sin embargo, Bezos ya conoce este tipo de protestas: el verano pasado tuvo que modificar sus planes de boda a último momento, después de que desplegaran una pancarta gigante en la plaza de San Marcos, en Venecia, con el mensaje: “Si puedes alquilar Venecia para tu boda, puedes pagar más impuestos”.
En noviembre, el Museo Metropolitano de Arte anunció que la gala de este año sería “posible”, es decir, financiada, gracias a Jeff Bezos, el cuarto hombre más rico del mundo, y a su esposa, Lauren Sánchez Bezos. Ambos fueron designados patrocinadores principales, junto con otros colaboradores como la editorial de Vogue, Condé Nast y la casa de moda Saint Laurent.
¿Qué obtienen a cambio? La oportunidad de reforzar su imagen y consolidar su influencia en otra industria. Desde las investiduras presidenciales hasta el espacio, y desde la producción cinematográfica hasta la moda, este movimiento representa un paso más en la expansión de Bezos hacia distintos ámbitos de poder.
Todo esto ocurre, por supuesto, con el aval de Wintour. Tras forjar una relación cercana con la pareja y asistir a su boda junto a figuras como las Kardashian, Oprah Winfrey y Leonardo DiCaprio, también se comentó que ofreció consejos de estilo a Sánchez para el evento.

Wintour respondió a las críticas iniciales al insistir en que la esposa de Bezos sería un “activo valioso” para el museo y el evento, que este año contó con la copresidencia de Venus Williams, Beyoncé y Nicole Kidman. Poco después, Sánchez apareció en una portada digital de Vogue para la edición de junio, lo que generó nuevas críticas.
Desde entonces, la colaboración ha seguido alimentando cuestionamientos, algo que, según reportes, incomoda a Wintour. De hecho, un informe reciente sugirió que el evento se estaba convirtiendo en un “circo de multimillonarios”. En esa línea, el columnista de espectáculos Rob Shuter citó a una fuente interna que afirmó: “Pagabas [por el Met] porque Anna tenía peso... Ese tipo de poder se está desvaneciendo rápido”.
Por su parte, Amy Odell, autora de Anna: The Biography y creadora del boletín y pódcast Back Row, señaló que la búsqueda de financiamiento por parte de Wintour no debería sorprender. “Las empresas de moda no atraviesan su mejor momento. LVMH publicó resultados recientemente y, según recuerdo, cayeron cerca de un dos por ciento; el auge del lujo impulsado por la pandemia ya terminó”, explicó.
Además, agregó: “Anna acudió a Bezos y Sánchez, y ahora son los patrocinadores principales. Por lo general, una marca asume ese rol, así que recurrir a donantes individuales en lugar de a una empresa resulta significativo”.
En la misma línea, una fuente anónima del sector de la moda señaló: “Esto muestra que la industria está cambiando y necesita financiamiento con urgencia. Todos probamos distintas opciones para ver qué funciona”.

El tema de este año es “La moda es arte”, y se invita a los asistentes a “reflexionar sobre las múltiples maneras en que los diseñadores usan el cuerpo como un lienzo”. En ese contexto, cabe preguntarse si alguien aprovechará la ocasión para protestar contra el llamado “efecto Bezos”.
Se habla de posibles boicots y protestas esa noche. Sin embargo, entre los asistentes, según comentó una estilista a The Independent, es poco probable que haya gestos visibles: “No es un público osado. ¿Podemos esperar un pequeño broche en la solapa? Tal vez. Pero estos invitados saben de qué lado les conviene estar, y nadie quiere quedar fuera de la Gala, ni de acuerdos con Amazon Prime Studios ni de las páginas de Vogue”.
Aun así, como señala Odell, la propia Wintour no evita las alianzas controvertidas: “¿Recuerdas que le dedicó toda una gala a Karl Lagerfeld?”, comentó. “A lo largo de su carrera, se ha vinculado con figuras polémicas. He oído que quiere organizar una exposición sobre Galliano. Recauda fondos para el Partido Demócrata, pero tras la elección de Trump fue a visitarlo; hace lo que quiere”.
Aunque esa estrategia no la ha afectado hasta ahora, queda por ver qué impacto tendrá la Met Gala de este año. Además, el momento coincide con otra distracción relevante: el estreno de El diablo viste a la moda 2, que llega a los cines dos décadas después de la primera entrega, en un contexto donde el mundo editorial —Vogue y su equivalente ficticio, Runway— luce muy distinto.

La película aborda los desafíos que enfrentan las revistas en 2026, con Runway en plena lucha por sobrevivir en la era digital. En ese contexto, el respaldo de Wintour —incluso con su aparición en la portada de mayo de la edición estadounidense de Vogue, junto a Meryl Streep como Miranda Priestly, personaje inspirado en ella en el libro de 2003 de su exasistente Lauren Weisberger— muchos lo interpretaron como un giro “divertido” frente a su actitud habitual.
Sin embargo, dentro de la empresa la percepción fue distinta. Tanto este gesto como el acercamiento a Bezos se interpretaron como una falta de sensibilidad, sobre todo porque Condé Nast atraviesa una etapa de despidos. De hecho, la semana pasada el sindicato criticó una nueva ronda de recortes, en la que Glamour sufrió despidos “devastadores” que “amenazaron” su futuro. Además, el gremio cuestionó la fusión de Teen Vogue con Vogue a finales del año pasado.
Como señaló el crítico cultural James Wolcott en su columna en Air Mail, “¡Cómo han cambiado las cosas en el planeta Wintour!”. El poder de una revista de moda, que en la película original se resumía en la frase “Todos quieren ser como nosotros”, hoy ya no es el mismo. Según Wolcott, Prada 2 solo evidencia que “el mundo de la moda ha perdido gran parte de su relevancia, glamour, creatividad y tradición: su atractivo aspiracional”.
Por su parte, Odell sostuvo que a menudo se recuerda de forma equivocada la supuesta aversión de Wintour hacia la primera película. Según explicó, en realidad la tomó con humor e incluso asistió a una proyección vestida de Prada. No obstante, una exempleada de Vogue comentó a The Independent que su entusiasmo actual responde a otro factor: tras dejar su cargo de redactora jefa el verano pasado y nombrar a Chloe Malle como directora de contenido editorial, su postura refleja un cambio de época, en el que la promoción cinematográfica inmersiva se convirtió en un negocio rentable.
Odell también apuntó que, aunque aparecer en la portada de su propia revista pudo restarle algo de misterio, la decisión tenía lógica: Condé Nast no iba a permitir que esa portada con Meryl Streep terminara en manos de otra publicación.
“Que Anna apareciera en la portada fue sorprendente y, en cierta forma, contradice el halo de misterio que la rodeó durante su carrera, lo que ayudó a que Vogue resultara tan influyente”, afirmó Odell. “Pero si no lo hacía, ¿habrían cedido ese acceso y esa atención a otra revista?”. En general, la portada tuvo buena recepción, y un exintegrante del equipo la describió como “efectista, pero muy bien lograda”.
A medida que se acerca la Met Gala, el ambiente entre la élite de la moda refleja una “aceptación resignada” ante la forma en que los llamados “magnates tecnológicos” irrumpieron en la industria durante el último año.
Además de su acceso privilegiado al Met, Bezos ocupó la primera fila en el desfile de alta costura de Dior el mes pasado. En febrero, Mark Zuckerberg también se sentó en primera fila en el desfile de Raf Simons para Prada durante la Semana de la Moda de Milán, lo que muchos interpretaron como una señal de colaboración entre Meta y la casa de moda en el desarrollo de gafas inteligentes con inteligencia artificial. Un comentarista describió la escena con ironía: “Un típico aficionado a la tecnología en la foto escolar”.
Mientras tanto, Bryan Johnson, el multimillonario conocido por sus proyectos de biohacking, desfiló en París el mes pasado.
Así, si los magnates tecnológicos avanzan sobre el mundo de la moda, todo indica que Anna Wintour no solo tendrá un lugar en la mesa, sino que seguirá al frente.
Traducción de Leticia Zampedri






Bookmark popover
Removed from bookmarks