Los hombres tóxicos de ‘Love Is Blind’ muestran el impacto de la machosfera en las mujeres solteras
El programa muestra cómo hombres que se identifican con figuras como Andrew Tate reflejan la creciente influencia de la manosfera en las relaciones y revela cuánto se han normalizado estas actitudes, escribe Helen Coffey


Si al comienzo de esta temporada de Love Is Blind alguien me hubiera dicho que uno de los participantes masculinos se compararía voluntariamente con Andrew Tate frente a las cámaras, habría pensado que estaba delirando, como dicen ahora los jóvenes.
El reality de Netflix —en el que los participantes salen, se enamoran y se comprometen a través de una pared, sin verse— se volvió tan popular que ya llegó a su décima temporada en Estados Unidos. Además, el formato ya tiene versiones derivadas en Reino Unido, Brasil, Suecia, México, Japón, Argentina, Alemania y Medio Oriente.
Sin embargo, en este tipo de realities estructurados suele ocurrir un cambio con el paso del tiempo, tanto en el elenco como en el tono del programa. Cuando un formato nuevo se estrena, quienes participan no tienen expectativas claras sobre lo que sucederá ni saben si el programa será un éxito masivo o un fracaso que solo verá su familia. En ese momento, lo que se ve en pantalla suele ser una de las aproximaciones más auténticas al comportamiento humano que puede ofrecer un programa de televisión.
Pero, después de muchas temporadas, en Love Is Blind ocurrieron dos cosas. En primer lugar, al menos la mitad de los participantes ya no busca amor eterno, sino fama, y entra al programa para impulsar su carrera como influencer: lo que podría llamarse el efecto del narcisista autoseleccionado.
En segundo lugar, después de ver cómo ciertos participantes son vilipendiados en cada temporada, muchos concursantes se mantienen en guardia. Con razón, intentan presentarse como personas correctas y agradables, y procuran aparecer como la víctima o la parte perjudicada cada vez que surge un conflicto. Sin embargo, este nivel de cuidado con la imagen tiene un efecto inevitable: un formato que antes resultaba provocador se vuelve cada vez más insípido con el paso del tiempo, porque todos están demasiado preocupados por no quedar mal como para mostrar algo que no sea una máscara perfecta.
Por eso resultó tan sorprendente que, diez temporadas después, algunos hombres mostraran de forma tan descarada quiénes son en realidad, aparentemente sin temor a las consecuencias.
El ejemplo más claro fue Chris, un ejecutivo de cuentas de 33 años que hizo pareja con Jess, una médica de 38 años, inteligente y atractiva. Durante las citas en los llamados pods, como se conocen en el programa, él se mostró cálido y atento. La pareja se comprometió, viajó a México con otros finalistas para una escapada romántica previa a la boda y luego regresó a su estado natal, Ohio, para ver cómo funcionaba su relación en el “mundo real” antes de decidir si se casarían o no.

Parecían la imagen misma de una pareja enamorada, tanto antes como después de conocerse en persona. Si yo fuera de apostar, habría puesto dinero a que llegarían al altar sin problemas. Pero entonces, de la nada, fue como si se hubiera encendido un interruptor.
En una escena incómoda, Chris le dijo sin rodeos a Jess que estaba más acostumbrado a salir con mujeres que hacían “CrossFit y esas cosas” o “pilates todos los días”. Aun así, aseguró que estaba dispuesto a intentar que la relación funcionara, aunque pensaba que ella debía saber que la parte física no estaba funcionando para él.
Es una jugada sacada directamente del manual de hombres inseguros en todas partes. Tal vez pensó que, al insultar su físico, Jess se derrumbaría: que terminaría suplicando su aprobación o corriendo a renovar su membresía del gimnasio para salvar la relación. Pero se equivocó por completo.
Jess, una mujer con autoestima y seguridad en sí misma, respondió con una calma que muchos solo podrían soñar en medio de una ruptura. “Si mi cuerpo no te parece suficiente, no voy a suplicarte que me quieras”, respondió. “No estoy aquí para eso”.
Sin embargo, ese intercambio resultó ser apenas la punta del iceberg. Después, Chris abrió una cuenta de Instagram llena de seguidores falsos y fue a un club de striptease, donde incluso publicó fotos de la salida.
Días más tarde, el elenco se reunió en un encuentro obligatorio del programa. Allí, Chris empezó a decir en voz alta a cualquiera que quisiera escucharlo que Jess había sido “el peor sexo” de su vida, insultó su cuerpo, coqueteó con otras mujeres y, borracho, presumió que podría llevarlas al Four Seasons: “O sea, hospedarnos ahí. Eso quizá sea lujoso para la gente común”.
Pero no se limitó a insultar a las mujeres. También calificó de “sumiso” a uno de sus amigos del programa y dijo que su pareja necesitaba un “alfa” que tomara el control. Luego remató con una referencia al misógino más famoso de internet: “Al parecer, soy Andrew Tate”.
En ese momento, la persona detrás de la máscara salió a la luz: un ego frágil construido sobre inseguridades profundas y teorías de la cultura “red pill”, decidido a rebajar a las mujeres.
Lo aterrador es que opiniones que antes provocaban vergüenza ahora se exhiben con orgullo
El episodio de reunión, emitido el 12 de marzo en el Reino Unido, fue explosivo.
Pero lo más preocupante no es que existan hombres así —ya conocemos demasiado bien ese estereotipo—, sino que uno de ellos logró engañar a todos. No solo a su prometida, sino a todo el elenco, haciéndoles creer que era el típico “chico bueno”. Fue capaz de mentir durante horas de citas íntimas y convencer a una mujer inteligente y segura de sí misma de que era el amor de su vida.
¿Es de extrañar, entonces, que muchas mujeres se hayan vuelto cada vez más escépticas y desconfiadas cuando se trata de salir con alguien? Más aún en las aplicaciones de citas, donde algunos hombres pueden usar herramientas de IA para “chatfish”, es decir, fingir una conexión y una intimidad que en realidad no existen.
También resulta inquietante que Chris se sintiera tan cómodo mostrando este lado de su personalidad en televisión, como si las posibles consecuencias de revelarse como miembro de la manosfera no le preocuparan en absoluto.

Y no fue el único. Otros hombres también se mostraron sorprendentemente desinhibidos al expresar opiniones que antes quizá habrían preferido mantener en privado. Alex, entrenador de fútbol y operador bursátil, habló con orgullo de sus simpatías por el movimiento MAGA, le dijo a su prometida que no era su tipo, intentó coquetear con otra participante y parecía más interesado en las fluctuaciones de las criptomonedas que en su propia boda.
Devonta, por su parte, se mostró visiblemente incómodo cuando descubrió que su prometida, Brittany, no era blanca y pasó toda la relación sin decirle un solo cumplido. Y Mike le propuso matrimonio a una mujer que había sido clara sobre sus dudas respecto a la maternidad, solo para usar luego ese mismo motivo como excusa para no casarse con ella. Habría sido más honesto si hubiera puesto un anuncio buscando un “vientre ambulante”.
Todo esto sugiere que hemos entrado en una época en la que ciertas formas de masculinidad tóxica y actitudes problemáticas hacia las mujeres se han vuelto tan comunes que quienes las sostienen se sienten con la confianza de expresarlas abiertamente. No solo ante su círculo cercano, sino también ante el mundo entero a través de una plataforma global de streaming.
Lo más inquietante es que ideas que antes se consideraban vergonzosas ahora se exhiben con orgullo y se colocan en el centro del escenario.
El amor puede ser ciego, pero nunca había quedado tan claro que las mujeres deben entrar al mundo de las citas con los ojos bien abiertos. Y aun así, quién sabe qué puede esconderse detrás de la máscara del “chico bueno”…





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