Rituales, reliquias y magia oscura: por qué el corazón no siempre fue símbolo de amor
Michelle Spear analiza por qué al corazón, más que ningún otro órgano, se le atribuyó un simbolismo y un poder tan profundos

San Valentín es todo corazones: bombones con forma de corazón, tarjetas, globos e incluso pizza. Pero el corazón no siempre fue solo un símbolo de romanticismo.
A través de las culturas y los siglos, el corazón fue venerado como la sede del alma, una fuente de poder sobrenatural y un recipiente de identidad. Desde las creencias egipcias sobre el más allá hasta las reliquias medievales, pasando por los rituales nigrománticos y los modernos trasplantes de corazón, este órgano fue el centro tanto de la curiosidad científica como del misticismo más arraigado.
¿Por qué al corazón, más que a ningún otro órgano, se le atribuyó un simbolismo y un poder tan profundos? Mientras que la anatomía nos dice que es una bomba muscular controlada por impulsos eléctricos, la historia nos cuenta una historia más compleja: la de los rituales, las reliquias e incluso la magia negra.
El corazón humano es una bomba extraordinariamente eficaz, que late unas 100.000 veces al día y hace circular unos 7.500 litros de sangre. Lo acciona el nódulo sinoauricular, un conjunto de células marcapasos que generan espontáneamente impulsos eléctricos independientemente del cerebro.
Dado que este sistema eléctrico intrínseco no depende de la acción directa de los nervios, sino que se ve influido por ellos, el corazón puede seguir latiendo durante un breve periodo de tiempo incluso cuando está fuera del cuerpo, siempre que tenga un suministro adecuado de oxígeno y electrolitos. Esta extraña cualidad no hacía más que reforzar las supersticiones de que el corazón era algo más que un músculo y puede explicar por qué muchas culturas primitivas consideraban que el corazón poseía una fuerza vital propia.
Pero presentar el corazón como una simple bomba ignora influencias más amplias. El corazón funciona como un órgano endocrino, liberando hormonas que regulan la presión arterial, el equilibrio de líquidos y la salud cardiovascular.
La conexión entre el corazón y las “hormonas del amor”, como la oxitocina, va más allá de la metáfora, ya que las investigaciones sugieren que el corazón no solo responde a la oxitocina, sino que también puede desempeñar un papel en su liberación.

La oxitocina es producida principalmente en el cerebro por el hipotálamo y liberada por la glándula pituitaria e inunda el cuerpo durante los momentos de afecto, confianza y vinculación. Es el catalizador químico de las profundas conexiones emocionales que definen las relaciones humanas.
El corazón está dotado de receptores de oxitocina, y los estudios demuestran que la hormona favorece la vasodilatación (ensanchamiento de los vasos sanguíneos), lo que reduce la presión arterial y mejora la circulación. Además, la oxitocina puede proteger el corazón, ayudándolo a repararse y reduciendo la inflamación tras una lesión, como en el caso de un infarto.
Sin embargo, no siempre se comprendía la función del corazón. Los antiguos griegos creían que era la sede de la inteligencia, mientras que Aristóteles consideraba el cerebro un mero “fluido refrigerante” para el fuego divino del corazón.
Galeno, médico, cirujano y filósofo griego que vivió en la época romana, describió el corazón como el horno del cuerpo, mientras que el descubrimiento de la circulación por William Harvey en 1628 remodeló nuestra comprensión de este importante órgano. Aun así, su significado simbólico y místico nunca desapareció del todo.
La sede del alma
Los antiguos egipcios conservaban el corazón durante la momificación, pues creían que Anubis lo pesaría con la Pluma de la Verdad, la medida divina de la justicia. Irónicamente, el cerebro se descartó por ser totalmente inútil.
Un extracto del Libro de los Muertos, un antiguo texto funerario egipcio, dice: “¡Oh, corazón mío que tuve de mi madre! ¡Que recibí de mi madre! ¡Oh, corazón mío de mis diferentes edades! No te levantes como testigo contra mí. No te opongas a mí en el tribunal”.
Este hechizo pretende apaciguar el corazón y afirmar su dominio, asegurando que permanezca leal cuando se lo ponga a prueba.
La idea de que el corazón transportaba algo más que sangre persistió en el Renacimiento, y los eruditos debatían si era el verdadero lugar de la identidad.
“Si, en efecto, solo del corazón surgen la ira o la pasión, el miedo, el terror y la tristeza; si solo de él brotan la vergüenza, el deleite y la alegría, ¿para qué voy a decir más?”. Andreas de Laguna, médico español, escribió en 1535.

Aun hoy, los trasplantes de corazón suscitan dudas sobre si un corazón trasplantado lleva algo de su donante. Algunos receptores informan de cambios en la personalidad, los recuerdos o las preferencias alimentarias, lo que suscita especulaciones sobre la memoria celular. Aunque no existe una base científica definitiva, estos casos siguen generando intriga.
Corazón de las tinieblas
El poder del corazón no solo era venerado, sino temido. En la magia popular y la nigromancia, la gente creía que los corazones de los delincuentes ejecutados conservaban la energía de sus muertes violentas. Algunos pensaban que consumir, quemar o conservar un corazón podía otorgar conocimiento o fuerza.
Se dice que en Escocia e Inglaterra se hervían los corazones de los asesinos para evitar que sus fantasmas acecharan a los vivos. A veces, los corazones secos se molían para hacer pociones, mientras que en las tradiciones ocultistas se quemaban en rituales para desterrar espíritus o atar enemigos.
About the author
Michelle Spear es profesora de Anatomía en la Universidad de Bristol. Este artículo fue publicado originalmente por The Conversation y se reproduce bajo una licencia Creative Commons. Puedes leer el artículo original aquí.
Más inquietantes son los relatos de corazones de niños no bautizados en tradiciones de brujería. Algunas fuentes afirman que se utilizaban en maleficios, ungüentos voladores o pactos oscuros. Aunque probablemente fueron exageradas durante los juicios por brujería, estas historias reflejan una creencia muy arraigada en el corazón como conducto de poder.
El corazón fue un recipiente del alma, fuente de magia y punto de conflicto entre ciencia y superstición. Aunque la medicina moderna desmitificó gran parte de su función, su simbolismo sigue profundamente arraigado en la cultura humana.
Este Día de San Valentín, en el que intercambiamos corazones estilizados para celebrar el amor, podríamos detenernos a recordar que el poder del corazón fue un símbolo de vida, muerte y todo lo demás durante milenios.
Traducción de Olivia Gorsin




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