Si Drake todavía es capaz de producir temazos, ¿por qué decide ser tan perdedor?
Dos años después de su mediática derrota frente a Kendrick Lamar, la estrella canadiense regresó con nada menos que tres álbumes lanzados el mismo día. Sin embargo, al recorrer esta extensa y caótica colección de canciones, Roisin O’Connor termina frustrada por la constante capacidad del artista para convertirse en su propio peor enemigo


Ay, Drake. En lo que probablemente sea la “sorpresa” menos sorprendente del año, la estrella canadiense volvió a apostar por el exceso y lanzó no uno, sino tres discos al mismo tiempo: un total descomunal de 43 canciones que superan las dos horas y veinte minutos de duración.
Parece incapaz de contenerse. Desde hace años, uno de los grandes problemas de Drake es su falta de filtro a la hora de editar su música. Esa tendencia ya había pesado sobre álbumes como Scorpion (2018) y For All the Dogs (2023), ambos con más de 20 temas y con bastante material que muchos consideraron innecesario.
Ahora repite la fórmula con Iceman, promocionado con campañas tan extravagantes como un enorme bloque de hielo colocado en pleno centro de Toronto, junto a otros dos proyectos: Maid of Honour y Habibti.
¿La razón detrás de semejante despliegue? Sus tensiones con la discográfica Universal podrían explicar parte del movimiento.
El año pasado, Drake demandó a Universal Music Group (UMG) por el lanzamiento y promoción de ‘Not Like Us’, la canción de Kendrick Lamar, ganadora del Grammy, donde el rapero lo acusaba a él y a su entorno de ser “pedófilos declarados”.
Drake argumentó que UMG, sello que también trabaja con Lamar, permitió que se lo difamara al respaldar públicamente el tema. Sin embargo, la demanda fue desestimada después de que un juez concluyera que ninguna persona razonable podía interpretar literalmente esa acusación dentro del contexto de una batalla de rap.
Tras el fallo, UMG aseguró que esperaba seguir colaborando con Drake, aunque la relación entre ambas partes parecía lejos de atravesar su mejor momento. El músico, de hecho, apeló la decisión judicial el mes pasado.
Ahora, repartidas entre los tres discos, Drake prácticamente deja en claro que quiere desprenderse de un contrato que, según trascendió en 2022, estaría valuado en unos 400 millones de dólares.
En ‘Make Them Pay’, de Iceman, rapea: “Estoy mejor independiente, deberían dejarme ir / Porque solo quiero ser libre”. Más adelante, en ‘Janice STFU’, insiste: “Juro que mi discográfica tiene que liberarme”. Además, en ‘B’s on the Table’, junto a 21 Savage, asegura que está “peleando contra el sistema, no contra otro rapero”, una aparente respuesta a quienes dentro del hip-hop se burlaron de él por demandar a Universal.
En medio de todo eso, al menos resulta llamativo escucharlo admitir en ‘Make Them Know’ que ya está muy lejos del artista introspectivo, vulnerable e incluso divertido que alguna vez mostró en discos como Thank Me Later (2010), Nothing Was the Same (2013) o More Life (2017).
“¿Qué pasó con el Drake inocente?”, se pregunta repetidamente en la canción. “No creo que vuelva a aparecer”.
El momento tiene algo de triste, sobre todo cuando en ‘High Fives’ resume su propio desgaste emocional: “Soy tan amado y tan odiado / Tan conflictuado, tan cansado”. Sin embargo, aunque gran parte de los discos están dedicados a atacar falsos amigos, traiciones y a quienes se alinearon con Kendrick Lamar durante la disputa de 2024, Drake vuelve a demostrar que muchas veces su peor enemigo es él mismo.
Iceman arranca con fuerza, pero rápidamente termina desmoronándose entre cambios de ritmo erráticos, abuso de autotune, misoginia y una repetición constante de viejos resentimientos. Y eso resulta especialmente frustrante porque, entre el caos, aparecen algunos de sus mejores momentos en años. El tema de apertura, ‘Make Them Cry’, es filoso, autoconsciente y realmente sólido. Pero termina opacado por canciones mucho menos inspiradas.
‘What Did I Miss’ y ‘2 Hard 4 the Radio’, por ejemplo, resultan exageradas y pretenciosas. En esta última, Drake parece rechazar su costado pop mientras intenta justificar el tono tóxico de For All the Dogs: “Sí, soy el señor estrella pop, así son las cosas / Ahora soy demasiado duro para la maldita radio”.

Vale la pena volver a ‘Make Them Cry’, porque ahí aparece una grieta poco habitual en la armadura de diamantes de Drake: un breve regreso a la vulnerabilidad que muchos fans llevan años reclamándole.
En la canción admite que la pelea con Kendrick Lamar realmente lo afectó. “Solo puedo pensar en la montaña que tengo que escalar y en cómo hablan de mi música como si fuera Twin Peaks / Lo de Dot en 2024 fue algo enorme”, rapea. También revela que su padre tiene cáncer —“estamos peleando etapa por etapa”— y reconoce la ansiedad que le provoca acercarse a los 40 años.
El problema es que, después de esos cinco minutos sorprendentemente honestos, el disco vuelve a caer rápidamente en los mismos vicios de siempre: ostentación de dinero, autos, propiedades y ataques a enemigos que probablemente ya siguieron adelante hace tiempo.
En comparación, Maid of Honour resulta mucho más fresco y entretenido. Hay sketches divertidos, melodías pegajosas, samples ingeniosos y colaboraciones mejor aprovechadas.
‘Amazing Shape’, junto a Popcaan, reutiliza ‘Who I Am’, el clásico de 1998 de Beenie Man. Mientras tanto, en ‘Which One’, con el británico Central Cee, Drake recupera el acento jamaiquino que tantas acusaciones de apropiación cultural le generó a lo largo de los años, dentro de una canción cargada de referencias a Rihanna y las Spice Girls.
En ‘BBW’ canta con una voz baja y seductora antes de que entren sintetizadores claramente inspirados en Daft Punk. Y ‘Stuck’, con toda su estética ochentera, parece un homenaje descarado a Michael Jackson, uno de sus grandes ídolos.
Por otro lado, Habibti aparece como el proyecto más confuso del trío. El disco abre con ‘Rusty Intro’, una extraña versión autotuneada de ‘Auld Lang Syne’, mientras Drake se pregunta qué pensarán sus exparejas sobre él.
A partir de ahí, el álbum se siente como una descarga caótica de pensamientos sin procesar. Canciones como ‘Slap the City’ mezclan contradicciones y reproches sexuales incómodos, mientras que ‘Classic’ cae en un tono directamente inquietante.
Y ahí aparece la mayor frustración: entre los tres discos parece haber material suficiente para construir un gran álbum. El problema es que Drake sigue sin saber cuándo detenerse.
Traducción de Leticia Zampedri





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