Putin pide conversaciones de paz: por qué algunos creen que es el momento de aprovechar su debilidad
Putin muestra señales de inquietud y Trump necesita una victoria política. Para Ucrania y sus aliados, este podría ser el momento de debilitar al ejército ruso y frenar los intentos de Moscú por anexar más territorio, escribe el editor de asuntos internacionales Sam Kiley
Rusia está perdiendo la guerra contra Ucrania. La prueba, sostiene Sam Kiley, es el propio Vladimir Putin, quien ha hecho un llamado urgente para retomar las conversaciones de paz mientras las refinerías de petróleo rusas arden y los puentes que conectan con los territorios ocupados son alcanzados por misiles ucranianos.
Según el análisis, el presidente ruso atraviesa un momento delicado: varios aeropuertos han tenido que suspender operaciones, la cadena logística de sus fuerzas armadas muestra señales de desgaste y el respaldo interno a la guerra que él mismo inició sigue disminuyendo, pese a los esfuerzos de los medios estatales por mantener el apoyo público.
Al mismo tiempo, figuras cercanas al Kremlin han expresado su frustración porque consideran que el supuesto entendimiento alcanzado entre Donald Trump y Putin durante la cumbre de Anchorage del año pasado —que, según ellos, habría reconocido el control ruso sobre el 20 % del territorio ucraniano— ya no cuenta con el respaldo del mandatario estadounidense, quien ahora se prepara para reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
Trump suele apostar por quien percibe como el ganador. Hasta ahora, argumenta Kiley, ese apoyo se ha inclinado hacia Rusia, el país que lanzó una invasión a gran escala contra una nación democrática europea en febrero de 2022.
Quizá este sea el momento para que Mark Rutte le haga ver al presidente número 47 de Estados Unidos que los aliados de la OTAN están cumpliendo con su parte en el apoyo a Ucrania, incluso sin una participación militar directa de Washington más allá del intercambio de inteligencia.
Bastaría con recordarle las propias palabras de Vladimir Putin, quien a principios de esta semana afirmó que los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera rusa y otros objetivos logísticos buscan “desestabilizar a la sociedad”. Y, por lo visto, el mandatario ruso cree que esa estrategia está dando resultados.
“Rusia, como hemos dicho en repetidas ocasiones, está dispuesta a entablar negociaciones de paz con Ucrania”, declaró el lunes, en un mensaje que puede interpretarse como un intento de volver al escenario en el que los aliados occidentales pensaban que Kiev estaba perdiendo la guerra y que era necesario alcanzar algún tipo de acuerdo con Moscú.
“Estamos dispuestos a avanzar sobre la base de los acuerdos alcanzados en Estambul, acuerdos que, vale la pena recordarlo, fueron propuestos por la delegación ucraniana”, añadió.
En aquel momento, una parte del establishment británico —incluidos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y oficiales en activo de las Fuerzas Armadas— sostenía que Ucrania debía buscar la paz cuanto antes. Según el análisis de The Independent, esa evaluación era equivocada entonces y vuelve a serlo ahora.
Otra señal de ello son las reiteradas quejas de funcionarios del Kremlin, que consideran que Donald Trump ya no muestra el mismo entusiasmo por Rusia que, según ellos, exhibió durante buena parte de los últimos 18 meses. En ese período, el mandatario suspendió la ayuda militar a Kiev y afirmó que Estados Unidos había destinado 300.000 millones de dólares al conflicto, una cifra que supera las estimaciones más aceptadas, que rondan los 120.000 millones. A ello se suman los reiterados ataques verbales y las presiones dirigidas contra el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
Esta semana, los aliados de Estados Unidos ofrecieron una reinterpretación, con ecos de la propaganda soviética, de los resultados de la cumbre de Anchorage, un encuentro que muchos habían visto hasta ahora como una concesión a Moscú.
Sin embargo, el panorama cambió. Ucrania ganó impulso gracias a su dominio del mar Negro y obligó a Rusia a considerar restricciones a las exportaciones de diésel después de que varias de sus refinerías fueron alcanzadas por misiles de largo alcance. Ante este escenario, los portavoces del Kremlin reaccionaron con evidente molestia.
La atención de Donald Trump se desvió hacia el conflicto con Irán, un contexto que también favoreció la imagen de Ucrania después de que Kiev ofreció sistemas de defensa antidrones a los aliados de Washington en el Golfo.
Según este análisis, Trump salió debilitado de su estrategia en Medio Oriente y ahora podría buscar una victoria política más sencilla. El Kremlin es consciente de ello y considera que esta situación representa una oportunidad para el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
El asesor presidencial ruso Yuri Ushakov afirmó el domingo que solo una de las partes seguía comprometida con el supuesto acuerdo alcanzado en Anchorage, según el cual Moscú obtendría la anexión de parte del territorio ucraniano a cambio de la paz.
"La otra parte, tal como están las cosas, no pudo cumplir con sus compromisos", declaró, en referencia a Estados Unidos y no a Ucrania.
El martes, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, fue más allá y sugirió que la cumbre de Anchorage pudo ser "una maniobra de Estados Unidos para ganar tiempo y rearmar al régimen de Kiev".
De acuerdo con Interfax, el viceministro Serguéi Riabkov también acusó a Washington de alejarse de los "acuerdos fundamentales" alcanzados en Alaska.
"También observamos que la postura de Washington se acerca cada vez más a las políticas antirrusas más radicales impulsadas por sus aliados europeos más cercanos, en particular el Reino Unido y Francia", declaró Riabkov, citado por la agencia estatal RIA Novosti, tras la reunión entre Zelenski y Trump durante la cumbre del G7 de la semana pasada.
Crimea, anexada de forma ilegal por Rusia en 2014 y ocupada desde entonces, fue uno de los territorios más golpeados por la campaña aérea ucraniana.
Mijaíl Razvozháyev, gobernador de Sebastopol designado por Moscú y responsable de la ciudad que alberga la Flota rusa del Mar Negro, anunció esta semana una serie de "medidas temporales obligatorias", entre ellas la suspensión del transporte público a partir de las 22:00 horas y el cierre de grandes comercios y cafeterías desde las 20:00.
La escasez de combustible comenzó así a afectar uno de los activos estratégicos más importantes que Rusia mantiene en territorio ucraniano.
El Reino Unido y sus aliados europeos buscaron durante meses la forma de ampliar sus capacidades de defensa sin poner en riesgo sus finanzas públicas.
El exsecretario de Defensa británico, John Healey, y su viceministro, Al Carns, contribuyeron a la caída del gobierno de Keir Starmer al renunciar con el argumento de que el presupuesto destinado a Defensa era insuficiente.
En Moscú, la crisis política en el número 10 de Downing Street se interpretó como una victoria para los esfuerzos del Kremlin por desestabilizar a sus adversarios.
Tras la dimisión de Starmer, Kirill Dmitriev, principal enviado ruso ante Estados Unidos, escribió en X: "Lo logramos juntos al exponer el belicismo de Starmer y sus políticas equivocadas en materia de inmigración, delincuencia, energía y economía. No protegió a Gran Bretaña y estaba destruyendo la civilización occidental".
Rusia ya libra una guerra híbrida contra el Reino Unido y otros aliados de Kiev. Según este análisis, intentó sabotear el apoyo a Ucrania mediante atentados, incendios provocados y otras operaciones tanto en Europa como en territorio británico.
En el ámbito digital, sostiene el autor, Moscú se convirtió en una de las principales fuentes de campañas de desinformación destinadas a debilitar a los gobiernos occidentales, alimentar el extremismo de ultraderecha y difundir afirmaciones falsas, como la idea de que Londres es una ciudad dominada por la violencia, cuando las cifras oficiales muestran que los delitos violentos están en su nivel más bajo en décadas.
Al mismo tiempo, Rusia obligó a Occidente a aumentar el gasto en defensa, una carga que muchos países apenas pueden asumir para hacer frente a una amenaza procedente de una economía relativamente pequeña, pero que, pese al impacto de la guerra y las sanciones sobre su sector petrolero, sigue representando un desafío estratégico.
Sin embargo, el autor plantea una alternativa: reforzar el éxito militar de Ucrania y ayudar a Kiev no solo a contener el frente, sino también a desmantelar la infraestructura logística rusa hasta provocar el colapso de sus líneas de abastecimiento.
De hecho, sostiene que Ucrania podría alcanzar ese objetivo gracias a la intensa campaña de ataques de alcance medio que mantiene contra posiciones ubicadas en territorio ocupado por Rusia.
Un ejército ruso derrotado representaría, además, una amenaza para el propio poder del Kremlin. Putin, conocedor de la historia de su país, sabe que las derrotas militares desencadenaron profundas transformaciones políticas, como ocurrió tras la Primera Guerra Mundial, cuando el descontento dentro de las fuerzas armadas contribuyó a la caída del zar.
Rusia es una federación integrada por numerosas repúblicas y regiones gobernadas desde Moscú. Según el análisis, territorios como Ingusetia, Daguestán, Tartaristán, Baskortostán, Sajá, Tuvá y Buriatia podrían ver en un colapso militar una oportunidad para desafiar el control del poder central, especialmente porque son esas regiones las que aportan una gran parte de los soldados que combaten en Ucrania y que, según el autor, sufren decenas de miles de bajas cada mes.
Desde esta perspectiva, en lugar de aceptar una negociación basada en la neutralidad permanente de Ucrania, la limitación de sus capacidades militares o la cesión de territorio, los aliados de Kiev, con el respaldo de Estados Unidos, podrían aprovechar el momento para reforzar su apoyo e intentar reducir la influencia del Kremlin sobre la seguridad europea.
Traducción de Leticia Zampedri







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