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Para los migrantes en Oriente Medio, el riesgo de la guerra con Irán se suma a la crisis en casa

Solo había visto a su hijo de 6 años una vez. Unos pocos días juntos en una vida que, por lo demás, transcurrió separada.

Durante 15 años, Mohammad Abdullah Al Mamun trabajó en Arabia Saudí, enviando dinero a su familia en una de las zonas más pobres de Bangladesh. Este año había planeado regresar, construir una casa más grande con sus ahorros y pasar tiempo con el niño al que apenas conocía.

Luego, un misil impactó el 8 de marzo en el campamento de trabajadores donde vivía. Sufrió quemaduras graves y más tarde murió. Fue uno de los más de dos docenas de trabajadores extranjeros que murieron en todo Oriente Medio después de que Estados Unidos e Israel iniciaran una guerra con Irán en febrero.

Decenas de millones de trabajadores extranjeros han ayudado a construir las economías modernas de los estados árabes del Golfo, impulsadas por el petróleo, aunque muchos no han compartido plenamente su prosperidad. Ahora enfrontan un dilema aún más agudo: seguir trabajando en Oriente Medio, donde los salarios son mucho más altos, con la esperanza de que se mantenga un frágil alto el fuego; o regresar a países ya pobres, donde los precios se han disparado por el conflicto.

La decisión de Mamun se tomó por él. Llegó a casa en un ataúd a principios de este mes.

“No sabemos qué haremos después”, dijo su viuda, Sadia Islam Sarmin.

Millones trabajan con poca protección

Los trabajadores migrantes constituyen la mayoría de la población en muchos estados árabes del Golfo. Occidentales, árabes e indios dominan los negocios y las finanzas, mientras que obreros de países pobres de Asia y África se dejan la piel durante largas jornadas bajo temperaturas abrasadoras en instalaciones petroleras y obras de construcción, a menudo con pocas protecciones.

La Coalición por la Justicia Laboral para los Migrantes en el Golfo, un grupo de defensa, afirma que pocos tuvieron acceso a refugios antibombas y que muchos quedaron varados por el conflicto. Señala que los ataques mataron al menos a 24 trabajadores extranjeros en el golfo Pérsico y a cuatro en Israel, mientras Irán y grupos armados aliados lanzaban oleadas de misiles y ataques con drones. Su recuento incluye a ocho marinos muertos en el mar.

“Es una situación muy precaria para los trabajadores migrantes”, afirmó Udaya Wagle, quien estudia trabajo y migración en la Northern Arizona University.

Se anunció un alto el fuego a principios de abril, pero las negociaciones para poner fin a la guerra se han estancado repetidamente. Irán ha bloqueado de facto el estrecho de Ormuz, una vía marítima clave para el petróleo y el gas mundiales, y dice que solo lo reabrirá si termina la guerra y Estados Unidos levanta su bloqueo.

El consiguiente aumento del precio del gas, los fertilizantes y otros bienes ha golpeado con especial dureza a los países asiáticos.

Las remesas procedentes del golfo Pérsico suponen alrededor del 1% del producto interno bruto de India; entre el 3% y el 5% del PIB en Bangladesh, Pakistán y Sri Lanka; y casi el 10% en Nepal. Ahora son más vitales que nunca, ya que los ingresos de los hogares están bajo presión y los gobiernos buscan divisas para comprar petróleo y gas.

Las economías del Golfo Pérsico también enfrontan un panorama sombrío, con exportaciones bloqueadas e instalaciones energéticas clave que necesitan reparaciones tras los ataques con misiles. Los combates podrían reanudarse, ya que Irán rechaza las exigencias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Los trabajadores de bajos salarios son los más vulnerables

La familia de Mamun se despertó el 9 de marzo con llamadas telefónicas que decían que el hombre, de 35 años, había resultado herido. Un video grabado por otro trabajador lo mostraba sentado a la intemperie, gravemente quemado y sangrando, pidiendo ayuda a gritos.

“Nunca imaginó que lo herirían. Que un misil le caería encima”, relató Maruf Hasain, su hermano menor.

Trabajadores como Mamun son los más vulnerables porque realizan los trabajos “más sucios, peligrosos y difíciles”, explicó Shariful Islam Hasan, de la organización bangladesí de desarrollo BRAC.

En Qatar, un trabajador bangladesí de una fábrica, de 27 años, hacía turnos de 12 horas mientras los misiles volaban sobre su cabeza. La metralla de un ataque cayó cerca de sus alojamientos. Cuando sonaban las alarmas, contó, los trabajadores iban a una sala designada.

Gana menos de 400 dólares al mes y envía dos tercios a casa. “No tenemos otra opción que seguir trabajando”, sostuvo bajo condición de anonimato por temor a enfurecer a las autoridades.

Qatar aprobó varias reformas en la antesala de la Copa del Mundo de 2022, incluida la eliminación parcial de un sistema que ataba a los trabajadores a sus empleadores. Pero los activistas dicen que los abusos siguen siendo generalizados y que los trabajadores tienen pocas vías para buscar justicia.

Ahmed al-Aliyli, taxista en Qatar, no ha enviado dinero a su familia en Egipto desde hace dos meses. Antes ganaba hasta 3.000 dólares al mes, pero sus ingresos se han desplomado a un tercio de esa cifra, ya que la guerra ha alterado los desplazamientos. “Somos el daño colateral de esta guerra”, señaló.

Una desaceleración en sectores clave como el inmobiliario y la construcción afectará directamente a los trabajadores migrantes, indicó Hasan, de BRAC. Los trabajadores de Bangladesh y Pakistán son especialmente vulnerables, ya que a menudo están empleados de manera informal y sin contratos fijos, añadió.

Pese a las reformas en algunos países, los permisos de trabajo también suelen estar vinculados a un solo empleador y, en algunos casos, los trabajadores quedan prácticamente varados, según la coalición laboral. Advirtió que algunos empleadores podrían usar el conflicto para retener salarios, negar permisos o ejecutar despidos arbitrarios.

Para muchos, volver a casa no es una opción

Cuando comenzó la guerra, la madre de Mamun, Shahida Khatun, le pidió que regresara a casa.

Había estado ahorrando desde noviembre. En su última llamada a casa, prometió a su hermano menor y a sus hermanas que pagaría sus estudios, que construiría una casa más grande para sus padres y que regresaría para quedarse definitivamente esta primavera.

Ahora, su familia lucha por recuperar sus salarios y recomponer una vida sin él.

“El dolor de perder a un hijo. No hay palabras para describir la agonía”, dijo Khatun.

Para muchos trabajadores, volver a casa significaría renunciar a un ingreso estable y a salarios mucho más altos.

Marlene Flores, una trabajadora filipina en Qatar, contó que sentía el temblor cada vez que se interceptaba un misil. Pero el sueldo libre de impuestos y el seguro médico hacían que se sintiera más segura —en cierto modo— que en Filipinas, que ha declarado una “emergencia energética nacional”.

“No me resulta fácil decirlo”, admitió, “pero de verdad me quedaría aquí”.

Israel también tiene una gran población de trabajadores extranjeros. El cuidador filipino Jeremiah Supan siguió atendiendo a los dos ancianos a su cargo pese a las alertas de misiles casi diarias, a veces saliendo corriendo a buscar comida o medicinas pese al peligro. Se pregunta si su propia familia podría sobrevivir si regresa a Filipinas.

“Sé que, en un abrir y cerrar de ojos, uno puede morir”, admitió. “¿Pero a qué vida vamos a volver?”.

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Gomez informó desde Manila, Filipinas. Los periodistas de The Associated Press Al Emrun Garjon en Dhaka, Bangladesh; Sam Magdy en El Cairo; y Eileen Ng desde Kuala Lumpur, Malasia, contribuyeron a este reportaje.

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